Kroos, Casemiro y Modric, un trío de pentacampeones de Europa. / Anne-Christine Poujoulat (Afp)

Análisis

La infinita hegemonía del Real Madrid en Europa

La decimocuarta Champions de los blancos agranda la leyenda del rey del continente en su competición predilecta

Óscar Bellot
ÓSCAR BELLOT Madrid

El Real Madrid se sienta en el trono continental cuatro años después. La decimocuarta 'orejona', alzada tras dar cuenta en París del Liverpool, el mismo rival que sucumbió a la insaciable voracidad de los blancos en el Olímpico de Kiev, agiganta la leyenda del club de Chamartín y agranda la brecha del rey de Europa en su competición predilecta.

Ya sea en blanco y negro o en color, la hegemonía del Real Madrid en el torneo estrella de clubes resulta incontestable. Su gobernanza comenzó en los albores de la competición con la inigualada cadena de cinco Copas de Europa consecutivas. Tuvo una coda con la Sexta, amarrada por el equipo 'ye-yé' a mediados de los sesenta, y resucitó 32 años después en Ámsterdam con aquel gol de Pedja Mijatovic que le sacó de una larguísima travesía del desierto, desató la locura en las calles de la capital española con una recepción apoteósica a los héroes que domaron a la Juventus y volvió a dar todo el sentido del mundo a aquel entrañable anuncio de vehículos todoterreno que hiciera furor en los años noventa: «¿Y el Madrid, qué? Otra vez campeón de Europa, ¿no?».

Era el comienzo del segundo ciclo regio de la entidad de Concha Espina, que se prolongaría con dos entorchados más en el espacio de cuatro años. Pero lo mejor estaba por venir. Más de una década después del voleón con el que Zinedine Zidane rindió Hampden Park, caía la ansiada Décima, que sirvió como preludio de otra hazaña insólita: la serie de tres Champions sin freno que abrochó con el artífice de la Novena a los mandos y la celebérrima 'BBC' como bandera. Todo apuntaba a que la última de esas conquistas iba a ser el canto del cisne de una generación dorada. Pero la tropa comandada por Benzema ha vuelto a demostrar que tiene más vidas que un gato, elevándose a la estratosfera.

A una distancia sideral del irreductible monarca del continente se sitúan Milan (7), Liverpool y Bayern de Múnich (6), inmediatos aunque lejanísimos perseguidores de un club que raya la perfección en el momento decisivo: 14 asaltos victoriosos en 17 intentos. El Real Madrid no juega finales, las gana.

De Di Stéfano a Benzema

Esa extraordinaria fiabilidad encabeza el libreto que legaron Di Stéfano y Gento, estandartes de las cinco primeras escaladas a la cima. Stade de Reims, Fiorentina, Milan, Stade de Reims de nuevo y Eintracht de Fráncfort, en la que los más viejos del lugar consideran la mejor final de la historia, fueron claudicando de forma sucesiva ante el garrote de los blancos, impulsados también por los Kopa, Rial, Puskas y compañía. El Benfica de Eusébio y el Inter de Luis Suárez y Sandro Mazzola se interpusieron en su camino en el Olímpico de Ámsterdam y el Prater de Viena, respectivamente, aunque los Pirri, Amancio, Serena y un largo etcétera le devolvieron a la cumbre batiendo al Partizán en Bruselas. Ahí seguía el incombustible Gento, cordón umbilical entre el Madrid de Di Stéfano y el de los 'ye-yés'.

Llegó entonces una larguísima sequía. El Ajax de Cruyff y el Bayern de Beckenbauer tomaron el relevo como superpotencias, mientras el equipo de Chamartín languidecía en Europa. Los años ochenta consagraron el miedo escénico, pero el principal telón de fondo de aquellas épicas remontadas fue la Copa de la UEFA. El valle de lágrimas en la Copa de Europa atrapó al 'Madrid de los García' y al de la Quinta del Buitre.

Los abuelos relataban a sus nietos el vetusto dominio del club de sus amores. De no ser por esas imágenes en blanco y negro y la polvorienta hemeroteca, a muchos les habría parecido un cuento chino. Mas las aguas volvieron a su cauce en Ámsterdam. El equipo de Jupp Heynckes, que venía de un curso mortecino, dejó con la miel en los labios a una Juventus que se movía al dictado de Zidane y sepultó los fantasmas que atenazaban al Real Madrid.

Liberado de esos demonios, dos años después el Real Madrid dio cuenta del Valencia en la primera final de la Champions íntegramente española con goles de Morientes, McManaman y Raúl que resolvieron el encuentro celebrado en el Stade de France. Y repitió de nuevo en 2002 superando al Bayer Leverkusen en Glasgow con una pillería de Raúl y la pieza de museo de Zidane.

La 'maldición de octavos' segó las esperanzas blancas durante seis años seguidos. José Mourinho rompió el maleficio, mas el polémico preparador de Setúbal se estrelló por tres veces contra el muro de las semifinales. Con Carlo Ancelotti se abrieron de nuevo las puertas del cielo para el Real Madrid, que derrotó al Atlético en Lisboa en una final de infarto. Y su aventajado alumno Zidane estableció una dinastía rindiendo sin resuello a los colchoneros en Milán, a la Juventus en Cardiff y al Liverpool en Kiev a lomos de un Cristiano descomunal. El luso aguó la fiesta en la capital ucraniana y su marcha convirtió en terreno yermo los sucesivos asaltos a la Decimocuarta. Hasta que Benzema y Courtois volvieron a frotar la lámpara.