Thibaut Courtois salva una ocasión de gol frente a Mohamed Salah. / afp

Análisis

La ley de Courtois vence al caos en París

El portero belga consumó con una actuación antológica el último milagro de una Champions tan increíble que hasta la final comenzó con más de media hora de retraso por el colapso que provocaron miles de hinchas del Liverpool sin entrada

Ignacio Tylko
IGNACIO TYLKO Madrid

Si algo ha demostrado esta Champions de los milagros o de las grandiosas lecciones competitivas y de calidad del Real Madrid, según el reflejo de los colores con los que se mire, es que el deporte rey es el más enfrentado a la tecnología, a la razón, al sentido común y hasta la seguridad. En tiempos de 'big data', mapas de calor, algoritmos e inteligencia artificial, se monitoriza todo y se minimiza la incertidumbre en la toma de decisiones, pero al final casi siempre son los detalles los que marcan la diferencia. Hasta el punto de que esta final se retrasó 37 minutos por graves problemas de seguridad en los accesos de los hinchas del Liverpool, 40.000 de ellos desplazados sin entrada.

A la hora prevista, una marea roja invadía los aledaños del estadio. Dentro, grandes huecos en la zona 'red'. Un desastre organizativo, un serio inconveniente para los profesionales y una muestra más de que casi nada es controlable en el fútbol. De vergüenza la actitud de los ingleses por sus tentativas de avalancha, superada la policía francesa y la seguridad del estadio y de nuevo en entredicho la UEFA que preside el esloveno Aleksander Ceferin. Muy accidentada esta edición de la mayor competición de clubes del fútbol, en solfa ya desde ese sorteo de octavos de final que tuvo que repetirse por un lío con las bolas. Increíble también que el autobús del Liverpool sufriera un atasco en el desplazamiento al Stade de France y que el césped, plantado el pasado otoño en Olot (Girona), se instalase en el estadio parisino entre el martes y el miércoles. Tal y como se quejó Jürgen Klopp en la víspera, pasto algo irregular, no el mejor para un juego rápido.

La modernidad sirve para concluir si un fichaje o una baja convienen, elegir un once tipo, diseñar entrenamientos, tácticas y estrategias, e incluso generar un sinfín de noticias basadas en el aburrido periodismo de datos, pero los designios del fútbol, y de lo que le rodea, siguen siendo inescrutables. Del mismo modo que el VAR supone una ayuda enorme para los árbitros y evita escándalos históricos, pero al final las resoluciones quedan a expensas de la interpretación de cada juez. Se comprobó en el gol anulado a Karim Benzema al filo del descanso por fuera de juego, pese a que el balón venía de Fabinho, un contrario. ¿Interferencia? ¿Rebote? Nadie entiende nada.

No hay máquina, programa o sistema, en fin, capaz de prever los hitos coronados por el equipo de Carlo Ancelotti ante el PSG, el Chelsea y el Manchester City. Si ya los manidos porcentajes de posesión chocan una y otra vez con los resultados y agudizan las diferencias de estilos entre los entrenadores, qué decir de esos números absurdos que consideran un tiro a puerta un pase a las manos del portero y, en cambio, no contabilizan una ocasión manifesta porque el balón sale fuera. Si aún estuviera entre nosotros, el sabio Luis Aragonés se seguiría llevando las manos a la cabeza cada vez que se hablase de asistencias, al más puro estilo del baloncesto, y no de pases de gol. O de los ataques en estático. Un puro contrasentido.

El reflejo del alma

El fútbol es tan imprevisible, y por eso tan grande, que se pelea con las leyes de la lógica. Si fuera por los fríos números, el Madrid hubiera sido goleado en octavos por el PSG de Kylian Mbappé. Pero se impusieron el poder de la mente, la figura agigantada de Courtois, la pegada colosal de Benzema, la cagalera de los adversarios al ver la meta cerca en el Bernabéu y, por qué negarlo, la flor bien regada de Ancelotti. Así hasta la gran cita de París, la final más repetida de la historia. Un duelo entre dos clubes de rancio abolengo alejados de jeques y emires, dos equipos unidos por su mística y el fetichismo de la Copa de Europa.

En la previa, la sonrisa de Carlo Ancelotti era el reflejo del alma; su voz, la de la experiencia. Klopp, en cambio, reflejaba tensión. Carletto se echó una siestecita de una hora, pero su equipo llegó antes al Stade de France. El ejército 'red' se retrasó, víctima de la improvisación y el tráfico parisino. En el calentamiento, Thiago no se sintió bien, pero asumió el riesgo de jugar. Tras media hora larga de incertidumbre por la bronca en los exteriores, por fin se desataron las hostilidades. Los 'reds' imponen un ritmo de vértigo, pero Courtois sostiene al Madrid. Evita dos remates de Salah y Mané con marchamo de gol. El belga, primera clave. El campeón español quiere más calma, más control, un partido largo. En su primera llegada, marca Benzema tras un error defensivo, pero el gol no sube al marcador. Segundo momento determinante de la final. El tercero, al cuarto de hora de la segunda mitad. El tiro de Valverde se convierte en centro y Vinicius no perdona. Era la segunda aproximación del Madrid. Tocaba resistir. Momento Thibaut, feliz «en el lado bueno de la historia». «Los rivales saben que cuando el Madrid llega a una final, la gana». Ya son ocho finales jugadas y ganadas desde la séptima. La Decimocuarta sí tuvo su lógica, la del Real Madrid.