«Soy muy pasional y eso es un arma de doble filo»

10/06/2018

La soprano grancanaria Davinia Rodríguez da vida a Liú, en Turandot, dentro de la 51ª temporada operística de la capital grancanaria.

- Su carrera internacional se ha disparado en los tres últimos años...

- Sí. Estoy realizando sueños y estoy muy contenta. El repertorio se ha afianzado y la voz responde mejor que nunca. Se trata de una búsqueda constante. Mi instrumento no se puede tocar ni se puede ver. Siempre depende de cómo te encuentres y de su propia naturaleza. Incluso, en algunas cuerdas vocales se experimenta una cierta evolución. La técnica está para conseguir hacerlo todo verdad y encontrar el camino adecuado.

- Los profesionales de su sector suelen repetir que la clave de una carrera está en saber qué cantar, cuándo cantarlo y qué no cantar jamás...

- Todos los grandes repiten que las carreras se construyen con el no. Hay que saber decir que no a determinados papeles y hay que saber jugar con los tiempos. Algunos colegas alternan contratos, cantan en otros sitios durante los huecos de los ensayos de producciones diferentes. Eso es peligroso. Una o dos veces te puede salir bien, pero si lo haces constantemente, te acaba pasando factura. La voz es uno de los instrumentos más delicados que existe y hay que cuidarla mucho. La vida cotidiana lo determina. Coger un simple resfriado es un problema.

- ¿Qué repertorio sabe a estas alturas de su carrera que no es el adecuado para usted?

- Desde luego, el que hacía en un principio. Nunca estaba contenta con los resultados que obtenía. Tras un tiempo cantando, me notaba cansada. Hoy en día, puedo cantar muchas horas y siempre me encuentro bien y feliz. No me canso. Siento que funcionan las cosas, no solo vocalmente conmigo, sino también a través de la respuesta de los teatros, donde me vuelven a llamar, y del público y la crítica.

- ¿Qué motivó ese cambio en su repertorio?

- Fue por casualidad, como muchas cosas en mi vida. En el año 2011 me quedo embarazada. Diez días después de dar a luz tenía que estar en Tokio cantando tres conciertos con la Filarmónica de allí. Durante mi embarazo, que estuve genial, cantaba día sí, día no. Así hasta el día del parto. Durante ese periodo, notaba que, de forma natural, la voz se expandía. Se asentaba y salía todo muy natural. Unos años antes, en una audición, Plácido Domingo me dijo que en mi voz había algo más. En aquellos años, 2006, yo cantaba un repertorio ligero. Me decía que empezara a cambiar. Tenía ciertos miedos, como es natural en un cantante joven. El cambio finalmente vino por una necesidad y no por un capricho. El embarazo fue lo que asentó mi voz.

- Un cambio físico, entonces.

- Sí, sí. Se agrandó y por suerte no perdí los sobreagudos, por lo que tengo una extensión muy grande. Eso me lleva a poder interpretar diferentes roles.

- ¿Es habitual que la maternidad genere entre los profesionales líricos esos cambios?

- Conozco a compañeras a las que también les ha sucedido y también a otras a las que no. Cada cuerpo es diferente. Quizás en mi caso influyó que cantara durante todo el embarazo día sí y día no. Por eso encontré mi verdadero instrumento sin forzar. Fue el destino.

- ¿A día de hoy, en qué momento se encuentra su carrera?

- Estoy en un momento muy dulce. Disfruto cada cosa que hago como si fuera la primera y la última. Cada peldaño que subo aumenta la responsabilidad. Tengo claro que cada teatro es importante. El público es el que cuenta y debo a estar en forma y dar lo mejor de mí cada vez que canto y doy vida a un personaje.

- En la temporada de ópera de la capital grancanaria da vida a Liù, en Turandot. ¿Cómo será?

- La que suelo interpretar se plasma en lo que siempre se ha escrito. Es cierto que la directora de escena quiere darle una mayor intensidad. De todas formas, suelo acometer el personaje así, porque soy muy temperamental. Apuesta por una Liù más mujer, que reivindica el papel que la mujer está asumiendo hoy en el mundo. Es una Liù enamorada, que siendo casi una niña se enamora porque Calaf le regaló una sonrisa, hasta tal punto que es capaz de dar su vida por este amor. En medio hay mucha psicología. Llegar a tomar una decisión tan extrema viene determinada por mucho dolor, fuerza y valentía. Es valiente porque se atreve, siendo mujer, a hablarle directamente a Calaf y mirarle a los ojos, algo impensable en aquella época en China. A la par es débil en cuanto al amor.

- ¿Escénicamente es muy atractivo este rol?

- Sí y también musicalmente. Liú es uno de los personajes más queridos por el propio Puccini. Quizás por esa niña que se suicidó en su propia vida. La música es sublime. La primera aria es todo celestial. Es como un rezo. La segunda es en la que demuestra su valentía. Dentro de lo sublime, lo tiene todo.

- ¿Vocalmente es muy exigente?

- En la lírica, todo es difícil y exigente para el cantante. Depende de cómo lo hayas afrontado técnicamente con anterioridad. Por suerte, lo he afrontado ya en distintas ocasiones. Lo he trabajado con mucho detenimiento. Cada vez que abro la partitura descubro cosas nuevas, por mucho que lo haya interpretado muchas veces antes.

- ¿Qué Amigos Canarios de la Ópera (ACO) se ha encontrado?

- Una familia estupenda. Parece que estuve ayer por última vez, cuando han pasado muchos años.

- ¿Cuándo fue?

- En el 2010. Estoy feliz de encontrarme de nuevo dentro de esta gran familia, que es un reflejo de los canarios, que siempre abrimos nuestro corazón a los demás.

- ¿Le atrajo especialmente que Ulises Jaén [director artístico de ACO] le contactase para dar vida a Liú?

- Sí. Obviamente, me gustaría volver en breve cantando papeles principales. Pero esto ha sido ya un gran paso. ¡Volver a cantar en mi tierra! [suspira emocionada] Ante el público que más amo.

- Pero eso puede ser un arma de doble filo. Las ganas de volver y la autoexigencia que se dispara por cantar ante los suyos...

- Entre el público estarán los que mejor me conocen y me han visto crecer... Me gusta volver también porque todo el mundo se puede permitir viajar para verme cantar en directo en el extranjero.

- Este Turandot podría ser la primera de futuras colaboraciones con ACO...

- Ojalá [risas]. Hay que entender que es difícil, porque somos muchos cantantes y ACO está trayendo a la isla a los mejores del mundo. Eso no es nada fácil y lo están consiguiendo. Se merecen un gran aplauso.

- Mencionó antes a Plácido Domingo. Una figura clave en su carrera.

- El destino siempre ha sido importante en mi vida, como te dije antes. Audicioné en Viena para hacer I Due Foscari. Me cogieron y ya con el contrato en mano, el año anterior de hacerse esa producción fui a Verona, para ver la final de Operalia. Allí me encontré con Plácido Domingo, al que no veía desde el 2006, cuando ya me dijo que tenía que estudiar otros roles. Nada más verme me reconoció y me dijo: «¡La guache!, ¿cómo estás?». Le dije que nos veríamos en Viena, cantando juntos y se quedó asombrado, porque recordaba mi voz como muy chiquita. Allí coincidí con James Conlon, otra pieza fundamental en mi carrera. Me preparé como una hormiguita y este director ya se quedó asombrado en los primeros ensayos. Plácido se incorporaba más tarde, pero Conlon ya le había advertido de lo que se iba a encontrar. En el primer ensayo con orquesta ya se quedó entusiasmado, ya que me dijo que nunca había visto una evolución así en el instrumento vocal. También les sorprendió mi evolución como intérprete, ya que el rol de Lucrezia Contarini es muy exigente en ese apartado. Ahí nació la química con Plácido y comenzó a proponerme futuros montajes. Él y su mujer son mucho de ayudar a los jóvenes. No sé cómo son capaces de hacerlo, con todo lo que llevan sobre los hombres. Es digno de admiración y lo hace aún más grande si cabe. Me ha acompañado en los más grandes momentos de mi vida profesional. Imagínate, ¡una niña de Moya verse sobre el escenario de la mano de Plácido Domingo! Es algo tremendo [risas]. Es algo muy soñado, porque a mí que nadie me corte las alas a la hora de soñar. Lo que el público ve es la punta del iceberg. Detrás hay mucho. Mucho esfuerzo, mucho estudio, ser madre y viajar con tu hija por todo el mundo... Compaginarlo con los ensayos y las representaciones no es fácil. Pero no me quejo. Para mí, que los personajes crezcan durante los ensayos ya es un placer. Las horas se me pasan muy rápido y es que considero el canto casi como una terapia.

- Pero eso necesita mucha planificación y disciplina, ¿no?

- Llevarlo todo bajo rueda no es fácil. Implica mucho sacrificio. Pero haber sido madre me compensa. Ahora, llegas a casa y desconectas. Antes no salías de la espiral. Tengo a la niña y me pongo a jugar con ella, le hago cosquillas, cantamos... Rescato la niña que llevo dentro y así recargo las pilas. Me ayuda además a dormir bien, porque me deja exhausta. Si duermo bien, todo es mucho más fácil [risas].

- ¿Qué aspecto considera que le diferencia del resto como artista?

- La pasión que pongo en lo que hago. Es una característica mía para todo. Soy muy pasional, para lo bueno y para lo malo. Es un arma de doble filo. Lo doy todo y más y soy súper exigente conmigo misma. Me enfado conmigo cuando las cosas no salen como yo quería o como me piden que salga.

- ¿Ha tenido algún referente concreto en el que mirarse?

- Tengo una nube en la que englobo a todos los grandes artistas, no solo cantantes. Si todos han alcanzado a realizar sus sueños, por qué no lo voy a hacer yo. No tengo a alguien en concreto, sino la suma de muchos. Me dicen mucho, sin tenerla como referente y sabiendo que está muy lejos, que ven cosas de Maria Callas en mí. Lo veo como algo positivo, pero ya quisiera yo hacer un cuarto de lo que ella hizo en la historia de la lírica. Imagino que será por el temperamento vocal que tengo, porque ella rompió los esquemas y disparó la dramaturgia sobre el escenario.

- ¿El sello personal está por encima de la técnica?

- Va todo junto. Cuando montas un rol, te apoyas primero en la técnica. Así logras cantar de una forma sana y según lo que tienes en la garganta. Luego viene que se escuche de una manera natural. Lo tercero es interpretar y dar vida al personaje. Cuentas con la voz lo que pasa.

- ¿Es complicado no perder la perspectiva y mantener los pies en el suelo?

- Como en todo. La mayor herencia que me dejaron mis padres fue ser siempre Davinia. Que mantuviese mi esencia siempre, sin tener en cuenta con quién o dónde estuviese. Si pierdes eso, no tienes nada.

- Pero es fácil perderlo, los halagos, las buenas críticas...

- Siempre están la parte buena y la parte mala. Tienes que saber compensar y no dejarse salpicar por todo eso. Cuando acaba la representación, todos nos vamos a casa y seguimos con nuestra vida. Agradezco siempre las críticas, incluso cuando no son buenas, porque ayudan para aprender. Como artista, sobre el escenario, te lo tienes que creer. Tienes que ser la más grande. Incluso, es necesario que te autoengañes y tienes que sacar adelante la producción, a pesar de que ésta no vaya bien. Sobre el escenario no soy Davinia. Soy la artista. En cuanto me quito los trapos en el camerino... vuelvo a ser Davinia. Incluso a la hora de encontrarme con el público que te pueda esperar a la salida del teatro.

- Entonces, cuando finalice Turandot, por la puerta del teatro Pérez Galdós saldrá Davinia Rodríguez, la de Moya...

- Por supuesto, es la mayor herencia que me dejaron mis padres. Además, con mi hija, que participa a sus seis años en la función.

- ¿Qué retos tiene por delante?

- Cada función es un reto. El primero es esta Liù con ACO. El 12 de julio tengo un concierto importante con la Sinfónica de Tenerife en esa isla. Allí interpretaré algunos futuros roles. Después voy a Parma, para interpretar mi amada Lady Macbteth. Se trata de la experiencia más brutal que he tenido sobre el escenario. Es mi personaje preferido. Tanto cantarlo como interpretarlo.

- ¿Escenarios pendientes?

- Doy la misma importancia a todos. Pero es cierto que siempre aspiras a los más grandes, la Scala, el Metropolitan de Nueva York, San Francisco... Sueño con pisarlos algún día. Mientras tanto, sigo estudiando y aprendiendo.

- A nivel profesional, ¿la lírica es tan complicada como parece desde fuera?

- Hay de todo. Te encuentras con personas fantásticas y otras que actúan de forma mafiosa. Eso sucede en todo. Predomina el buen hacer y el mirar por el arte.

- ¿Predomina el machismo?

- Para nada. Estamos en una época en la que están surgiendo muchas directoras de orquesta mujeres y responsables de teatros. Estamos, más o menos, a la par.

- ¡Quién le iba a decir a aquella niña que cantaba en Moya que iba a llegar a vivir todo esto!

- A veces pienso que vivo una vida que no es mía. Que es un sueño. Recuerdo ir a buscar la leche a las vacas con mi abuelo con la misma ilusión con la que hoy afronto un rol operístico.

- ¿Recuerda cuándo cambió todo?

- ¡Claro que sí! Cantaba folclore y de todo, incluso hasta en las verbenas del pueblo. Un compañero me dijo que había unas pruebas en el Conservatorio. Entré cantando el bolero El día que me quieras. ¡Imagínate! No sabía nada de ópera. Tras dos años, un compañero me alertó sobre unas pruebas en Madrid para entrar en el Reina Sofía, con Teresa Berganza. Me preparó Leopoldo Rojas y entré con mi amigo, tras unas audiciones durísimas. Me vi, de repente, de la mano de Teresa Berganza, que como mujer es aún más grande que como artista.