«Ojalá los problemas sociales se arreglasen con libros»

El escritor Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) protagonizó con Patria (2016) uno de los mayores fenómenos literarios de las últimas décadas en España, pero este éxito mayúsculo de crítica y ventas no le ha cambiado. «Sigo siendo el mismo tipo inseguro y defectuoso. Lo mío no se arregla con un éxito editorial», responde en un cuestionario remitido por internet este autor donostiarra, que ha participado en el segundo Festival Hispanoamericano de Escritores, que hasta ayer se desarrolló en la localidad palmera de Los Llanos de Aridane.

Victoriano Suárez Álamo
VICTORIANO SUÁREZ ÁLAMO

Responde sin ambages cuando se le cuestiona sobre la fórmula que ha empleado para digerir el éxito de Patria. «El fracaso, con el que estoy suficientemente familiarizado, es más instructivo. Al menos invita a examinarse en busca de posibles errores y fallos que luego uno acaso pueda subsanar. El éxito, en cambio, lo induce a uno a la peligrosa convicción de haber acertado y no necesitar, en consecuencia, reordenar los hilos de su conciencia. Las ventajas del éxito son fundamentalmente materiales, lo que tampoco es desdeñable», explica.

«Ojalá los problemas sociales se solucionasen con libros», subraya cuando se le pregunta si esa ficción ha ayudado a la normalización de la sociedad vasca tras el fenómeno de la banda terrorista ETA. «Mi novela lo que ha hecho es suscitar un debate razonado en la sociedad vasca y eso ya es bastante», añade.

Su último libro hasta la fecha es Autorretrato sin mí, publicado en 2018. «No abrigo el recuerdo de haberme atorado en ninguno de los textos que componen ese libro, escrito poco a poco en el cursos de unos cuantos años», confiesa en torno a ese volumen con tintes autobiográficos.

Aramburu se aleja de esa estirpe de escritores que considera su tarea como una lucha titánica y extenuante contra el folio en blanco. «Yo no sufro escribiendo. Tampoco es que vaya de orgasmo en orgasmo durante la tarea. Digamos que la escritura continuada me proporciona equilibrio vital, además de esporádicas satisfacciones», comenta este escritor que desde hace años fijó su residencia en la ciudad alemana de Hannover.

Todo lo que plasma sobre el papel, puntualiza, «está pensado para que algún día llegue a las manos de un destinatario».

«Ya sólo el respeto a las normas gramaticales y ortográficas revela que uno escribe textos susceptibles de ser descifrados por los lectores. Si no, ¿para qué respetar la convención de los signos acordados? Otra cosa es que la densidad confidencial de un texto me lleve en un momento dado a privarle de difusión», añade Aramburu.

Ni en Alemania ni en España, antes, dice que fue un asiduo de los círculos literarios. «No los evito, simplemente la vida me lleva normalmente por otros callejones. De ello se deduce que no estoy al corriente de lo que otros piensan acerca de los referidos circuitos», señala el autor de títulos como Ávidas pretensiones (2014) o Fuegos con limón (1996), entre otros.

Cuestionado sobre cómo cala la lectura entre los jóvenes, se muestra esperanzado. «He trabajado durante 24 años con jóvenes. Yo no los condenaría tan rápidamente. Algunos leen bastante y casi todos viajan más que las personas de mi generación, saben más idiomas, no necesitan tanto como los mayores de la lectura de libros para componerse una compresión razonable del mundo. Yo he leído mucho y he olvidado mucho, y ninguna de mis copiosas lecturas me libraría, por ejemplo, de la capacidad de un buen informático para engañarme», aclara el autor de la Trilogía de Antíbula.