Javier Marías. / I. Gil

Lejos de premios y actos oficiales

Renunció a cualquier galardón o remuneración con dinero público y emprendió no pocas polémicas con colegas y periodistas

CÉSAR COCA

Su absoluta independencia de lo público llevó a Javier Marías a renunciar a cualquier premio que fuera otorgado por algún organismo de la Administración. No fue un mero anuncio con una función propagandística:_cuando el jurado del Nacional de Narrativa le concedió el galardón en 2012, lo rechazó. «Siempre he dicho que nunca recibiría un premio institucional (...)_He rechazado toda remuneración que procediera del erario público». Y eso lo llevó a no pronunciar conferencias ni cursos en universidades ni en otros centros oficiales y desde luego a ser descartado para galardones en los que hubiese sido un gran favorito, como el Cervantes.

Ese insólito alejamiento de lo público –más insólito aún en un sector siempre demandante de ayudas– lo llevó a no acudir tampoco a invitaciones a almuerzos con políticos («lo normal es que estén amabilísimos y luego es más difícil la crítica», decía) o a visitas a la Moncloa. «Cuando un presidente de Gobierno llama a intelectuales, la mayor parte de las veces es para hacer ver que escucha y probablemente para ponérselos a modo de condecoración. Y yo no estoy para hacer de medalla de nadie», dijo en una entrevista concedida a este periódico.

Esa feroz independencia le llevó también a despedirse de la editorial Anagrama y su fundador/director, Jorge Herralde –que había sido quien lo lanzó a la fama– con un portazo no sin antes acusar al sello de estar formado por «ignorantes mercachifles». El divorcio fue complejo y el novelista tardó mucho tiempo en recuperar los derechos de las novelas que había publicado ese sello.

Pero el litigio más sonado fue contra el productor Elías Querejeta y su hija, la directora Gracia Querejeta, a cuenta de la adaptación al cine de la novela 'Todas las almas', que transcurre en Oxford y fue llevada a la pantalla con el título 'El último viaje de Robert Rylands'. Estrenada en 1996, la película desfiguraba tanto la novela, a juicio de su autor, que pidió que se retirara toda mención a él y al libro en los créditos. El proceso judicial terminó con el Supremo dándole la razón diez años más tarde, tras pasar por todas las instancias judiciales intermedias.

Aunque estaba alejado de las redes sociales (la página web a su nombre y la cuenta de twitter no las llevaba él;_de hecho ni siquiera tenía ordenador y escribía sus novelas a máquina), no fue ajeno a un buen puñado de polémicas en las que sacaba ese carácter justiciero con el que se definía a sí mismo. Arremetió contra Cela cuando este acaparaba ya todos los premios mayores y menores de la literatura universal. Lo hizo también contra Juan Manuel de Prada, a quien acusó nada veladamente de copiar párrafos enteros de uno de sus libros para incluirlos en 'La tempestad', la obra con la que el autor baracaldés ganó el Planeta en 1997.

Y_fue contra Antonio Burgos a raíz de que este escribiera un artículo burlándose del padre de Antonio Muñoz Molina por lo –a su juicio– mal que llevaba el traje en el ceremonia de ingreso de su hijo en la Real Academia. Marías, que confesó no ser amigo del novelista de Úbeda, destrozó literalmente al columnista. Luego, ya en tiempos de las redes sociales, la derecha más radical y la izquierda más rancia arremetían con frecuencia contra él. No le importaba, por supuesto. Como ha señalado el también escritor José Antonio Montano, la suya era «una lucidez feliz» o «el viejo placer de ser un aguafiestas».