La casa más bonita está en Fayagua

Pedro Cabrera Hernández es el propietario y constructor de la casa de Fayagua, que ganó el premio de embellecimiento Fuerteventura te queremos... bonita!!, en la modalidad de Entornos Biosfera. Nieto de maestro pedrero, la restauración que duró 20 años le sirvió para aprender el oficio.

CATALINA GARCÍA | PUERTO DEL ROSARIO

Pedro Cabrera tardó 20 años en restaurar su casa de Fayagua y se nota en cada rincón, desde la piedra elegida, las baldosas del suelo elaboradas por el mismo y las tejas antiguas, hasta las plantas, una simple mesa, el baúl convertido en mueble del baño o la destiladera cargada de culantrillo. Tanta dedicación ha merecido el premio de embellecimiento Fuerteventura te queremos.. bonita!!!, en la modalidad de Entornos Biosfera, que convoca el Cabildo de Fuerteventura.

En el reparto de la herencia familiar, le tocó a Cabrera Hernández una habitación con los muros que apenas se mantenían en pie, un horno y un corral, «todo en ruinas», en Fayagua, en el municipio de Pájara. Desistió de contratar a un albañil o una constructora para restaurar la vivienda antigua que inicialmente su padre Juan Cabrera compró a Pinito Acosta, para -al golpito y con ayuda del progenitor- levantarla en piedra tardara y lo que tardara. Y se demoró 20 años porque Pedro (Pájara, 1966) lo hacía en sus ratos libres y con el afán de iniciarse en el oficio de maestro pedrero.

Su padre Juan Cabrera, mariante en Las Salinas cuando la mar del norte lo permitía y agricultor el resto del año, aprendió los secretos de la cantería con su progenitor, también llamado Pedro Cabrera. «Mi abuelo trabajó en la construcción de la presa de las Peñitas, en Vega de Río Palmas, a donde iba y venía caminando todos los días desde Fayagua».

paredes de 60 centímetros. Por eso, la piedra es la base fundamental de la casa galardonada que empezó siendo solo una habitación para asaderos de fin de semana a ir creciendo hasta convertirse en el actual hogar de Pedro que se extiende sobre unos 200 metros cuadrados y que consta del dormitorio, dos salones, cocina, baño, garaje y dos patios. En la mayoría de las habitaciones, aprovechó el grosor de 60 centímetros de las paredes para construir alacenas empotradas.

El propietario tiene recuerdos de cada detalle y apenas puede destacar un lugar más que otro, aunque reconoce que uno de los rincones más bonitos de la casa es el patio techado con la destiladera antigua rescatada del vertedero y el piso con baldosas elaboradas por el mismo a base de amasar cemento, tierra y picón; o el baño donde luce un baúl antiguo reconvertido en mueble.