El auge del chaleco 'Cayetano'

Esta prenda acolchada desata filias y fobias a partes iguales. «Ahora bien, es práctico», coinciden los diseñadores

Gerardo Elorriaga
GERARDO ELORRIAGA

El mundo se llevó las manos a la cabeza cuando el año pasado Pablo Iglesias posó en las escalinatas del Palacio de la Moncloa enfundado en una chaqueta que escondía lo que parecía nada menos que un chaleco acolchado. Algunos gurús de la opinión aseguraron que el uso de esta prenda probaba el giro de 180º emprendido por el antiguo hombre de la izquierda y su definitiva conversión en un burgués de toda la vida. En realidad, se trataba de una falsa alarma, ya que no era más que un apéndice de la americana y el ex vicepresidente segundo no había abjurado de sus postulados.

La conclusión parece exagerada, pero lo cierto es que no existe en la actualidad un artículo de vestir tan ideologizado. Al menos, desde el centro al sur de la península. Lo llaman 'Cayetano', el 'plumas pijo' o 'fachaleco', según sus detractores más acérrimos. «Se ha convertido en un emblema de la derecha», según Pedro Mansilla, sociólogo, periodista y crítico de moda, para quien la ostentación con la que se porta responde a la necesidad de llamar la atención. «Implica ya cierta seña de identidad, sobre todo entre gente de cierta edad, algo así como lo que sucede con el abrigo de piel en Italia».

Su expansión ya no se relaciona con las bajas temperaturas. No hace falta que se formen carámbanos en el suelo para que el chaleco salga del armario. Según este experto, el templado clima meridional favorece que se emplee a la manera de un abrigo sin mangas. Lo han lucido Juan Manuel Moreno Bonilla, presidente de Andalucía, el ubicuo Bertín Osborne, pero también –¡oh sorpresa!– Gabriel Rufián, la imagen más visible de Esquerra Republicana. «Nadie puede negar su funcionalidad», conviene.

Pero vayamos al principio de los tiempos, cuando esta prenda textil de origen sintético carecía de adherencias políticas. Su creación se remonta a los años cuarenta del pasado siglo y surgió en Estados Unidos para atender necesidades en el ámbito de los deportes de invierno. «Aísla más que la lana», apuntan los expertos. Además, la inclusión de costuras impedía que se formaran bolsas y uniformizó la cobertura. De las pistas de nieve pasó a la campiña inglesa. Los aristócratas británicos lo llevaban para la caza del zorro, ya bien entrado el otoño. Tal vez, este empleo le ha otorgado esa condición clasista que ha acompañado al chaleco acolchado.

La estigmatización no es justa, en opinión del reputado sastre Bere Casillas, autor del blog de moda 'eleganciadospuntocero.com', quien reconoce su carácter práctico. «En Madrid se ha impuesto en el mundo de los negocios», indica. Su uso evita el del abrigo que, a fin de cuentas, en los meses de entretiempo pasa más horas en el brazo o colgado en el perchero que puesto. Además, su precio más que asequible contradice ese carácter elitista.

Dos centímetros de más

Útil, sí, pero ¿elegante? Los expertos le niegan el valor estético. «Aumenta el volumen uno o dos centímetros», advierte Mansilla, que lo desaconseja si la persona que lo lleva no es alta ni delgada y tampoco quiere parecer voluminosa. Para Casillas, su confortabilidad y versatilidad no se discuten. «Te cubre solamente el torso, lo que confiere mucha comodidad porque libera los brazos, y combina sin dificultad debajo de una chaqueta. Pero, inevitablemente, deforma. En Andalucía se suele usar sin traje, sobre una camisa, mientras que en el norte, con un clima más frío y húmedo, creo que se precisa de algo más contundente». Algunos patrones incluyen cuellos altos, una versión que para el experto «ya resulta tremenda». Antes lo solían llevar personas mayores de 40 años, pero ya no. El chaleco ha conquistado todos los armarios. «Se ha extendido a los junior del ámbito de la empresa y lo podemos encontrar en las grandes consultoras y en los bancos». Y en cuanto a los colores, triunfan el marrón, el verde y el azul marino.

Al margen de los acolchados, ¿qué otra opción tenemos para resguardarnos del frío sin parecer el muñeco de Michelin? Para Casillas, la mejor elección es un chaleco de lana, no de punto, y se decanta por aquellos decorados con cuadros grandes de tartán. «Yo lo llevaría con una camisa Oxford y unos vaqueros para aportarle al look un toque de distinción». Esta propuesta desprende cierto encanto 'hipster' y es posible que nadie le atribuya connotaciones políticas. El diseñador jienense Moisés Nieto, uno de los valores emergentes de la moda española, no muestra remilgos al respecto. «Es una prenda ideal para el invierno: ligera, económica y abriga mucho», justifica. Nieto se decanta por chalecos de colores neutros para llevar por debajo del abrigo y la gabardina. En cuanto al volumen, el creador sugiere la búsqueda de modelos ultraligeros. «La lana abriga igual, pero pesa más», advierte. A pesar de las connotaciones ideológicas que se le atribuyen a esta prenda, Nieto lo tiene muy claro. «Yo los uso y me da igual».

Una historia sin mangas

El chaleco procede de la 'chupa', pero no de aquella con vocación motera, sino de otra más antigua, una prenda militar que utilizaban los soldados en el siglo XVIII. Se colocaba entre la camisa y la casaca y pretendía impedir que las estocadas enemigas penetraran con hondura. No es la única versión, ya que hay más variantes de prendas sin mangas que han sido habituales a lo largo de la historia, como las sobrevestes y corpiños.

Su expresión moderna, más refinada, se remonta a la corte inglesa de Carlos II, un rey asociado a la instauración de los actuales códigos de vestimenta. La aristocracia de la época demandaba piezas confeccionadas con telas lujosas y bordadas. Tras la Revolución Industrial, la clase empresarial lo divulgó en una expresión más corta de longitud, sobria y con los botones inferiores desabrochados. En las últimas décadas del XX, el chaleco también se incorporó a la moda femenina. La ligereza explica su éxito.

La evolución estilística los ha vuelto más entallados para estilizar la figura y han adquirido más protagonismo dentro del 'outfit' al cambiar los tonos neutros por otros más originales y recurrir a cuadrados y estampados. Su uso también se ha diversificado. Durante mucho tiempo ha sido un elemento circunscrito al campo ceremonial, pero ya ha alcanzado la vida ordinaria y se lleva al margen del traje.