Domingo Contreras, en el cementerio de Sad Hill de la película 'El bueno, el feo y el malo'.

El párroco de Sad Hill

El sacerdote burgalés Domingo Contreras participó en el rodaje de la escena del célebre camposanto de la película 'El bueno, el feo y el malo', en las inmediaciones de Silos

TXEMA RODRÍGUEZ

El caso es que Domingo Contreras iba para torero o para cura. Y como de crío vio un día el NoDo que daba cuenta del triste destino de Manolete tomó el camino de la sotana, muchos años antes de llegar al seminario. Era el pequeño de cinco chicos, hijos de un padre que compaginaba el trabajo de administrativo con los de organista, sacristán y director de la banda de música de Salas de los Infantes. De modo que siempre anduvo entre curas y partituras. Todos los hermanos tocan algún instrumento y él, que empezó con el piano, acabó sacando notas a una humilde armónica, su amiga fiel durante más de medio siglo. Y ahí está, sentado sobre su tumba en el cementerio de Sad Hill, tocando unos compases compuestos por Ennio Morricone para la película 'El Bueno, el Feo y el Malo'.

Hay miles de sepulturas en este valle, cubiertas por las hermosas flores del brezo, pero no hay muertos bajo los túmulos de toscas cruces de madera. Hace años un grupo de amigos decidió desenterrar este camposanto imaginario en el que Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef protagonizaron un duelo a muerte triangular para lograr los 200.000 dólares ocultos en una de las fosas.

El momento cumbre del western más popular de la historia del cine tuvo lugar en Silos. En 1966, cuando Domingo tenía 19 años y era un estudiante despistado. Habían llegado «los del cine». Y aquello cambió la vida de toda la comarca, al menos por un tiempo. Todo comenzó así: «Mi hermano me dijo que andaban buscando músicos y habían puesto un anuncio en el bar. Como no tenía otra cosa que hacer, me apunté y me cogieron enseguida. Fui con uno que tocaba el tambor pero como estaba gordo le dijeron que no, que la escena era en un campo de concentración y se supone que tenías que tener pinta de pasar hambre».

Subimos por un altozano de Carazo, que llaman la Majada de las Merinas. Allí tuvo Domingo su momento de gloria cinematográfica, tocando la armónica en el campo de Betterville, donde Sergio Leone mandó construir fosos, empalizadas y un fuerte. El grupo de músicos toca para que no se escuche la tremenda paliza que el cabo Wallace propina a Tuco. La banda amortigua los gritos de la tortura. Todavía se pueden ver los fosos y pequeños restos de las construcciones, aunque el cura revive cada instante con expresión de crío. Se sabe diálogos enteros y cuando llega al lugar donde se rodaron las escenas los reproduce haciendo diferentes voces. Conoce cada árbol, cada señal. Y a veces dice «mecagüen».

En aquella locura (se puede ver en un magnífico documental titulado 'Desenterrando Sad Hill'), puestos en la España de aquellos años, la llegada del cine marcó la historia de una generación de vecinos de varios pueblos. A los extras les pagaban trescientas pesetas al día, que era mucho. Aunque Domingo se llevó más porque el que llevaba la voz cantante entre los músicos resultó ser un avispado negociador. «Nos pidió que le siguiéramos el juego, y se fue al que mandaba y le dijo que teníamos que cobrar más, que éramos profesionales y él tocando en una sala de fiestas se sacaba dos mil pesetas en una noche. Y el otro que decía que no, que era mucho… Nos hizo una señal e hicimos como que nos íbamos y al final nos dieron eso». Se ríe con ganas, porque obtuvieron el doble.

El primer día de rodaje de la escena Leone comenzó a discutir con el director de fotografía y el operador y se les fue la mañana con las broncas. «Aprovechamos para estar con el Clint Eastwood y como nos tocó volver… pues otras dos mil. Yo, que era un estudiante muerto de hambre, que te daban diez pesetas para que te compraras una pasta el domingo». Con el dinero se pagó la matrícula del curso y se compró una enciclopedia Espasa-Calpe.

Una voladura costosa

Lo imaginario y lo real confluyen en estos paisajes. Nos detenemos en la entrada de un tosco camino pasado Hortigüela, en el valle del río Arlanza. El sacerdote recuerda aquel paisaje despoblado que ahora se presenta cubierto por imponentes árboles bien alimentados. Aquí se hizo un puente de más de cien metros, la frontera cinematográfica, nordistas a un lado y confederados al otro. Su voladura es la escena más espectacular y hubo que repetirla tres veces. La primera porque quedó pobre y Leone quería algo grandioso, la segunda porque las 400 toneladas de TNT colocadas explotaron antes de tiempo. El director había cedido a un coronel del Ejército español (que colaboró activamente en todos los trabajos de construcción de decorados) el privilegio de dar la señal y este se precipitó. El puente saltó por los aires y las cámaras no grabaron nada. Domingo señala los lugares, ocultos por la vegetación. Sería complicado ahora reconstruir ese momento y transformar la ensoñación en algo tangible.

Seguimos el camino en silencio. El párroco se sabe cada curva sombreada por las sabinas, los riscos de los que brotan buitres. En realidad cada lugar de esta provincia, porque ya ha perdido la cuenta de los pueblos en los que ha sido cura. Lleva más de medio siglo saliendo dos minutos en el cine y también ejerciendo una vocación que nunca fue a menos. El pasado domingo dio misa en cinco pueblos. También anduvo unos años por Ecuador. «Además de la cosa religiosa, es muy importante la vida que haces en el pueblo; tienes que meterte en el ajo, en el día a día, ayudar a la gente», dice. Y que también hay que saber manejarse, «porque coger muchas amistades en los sitios pequeños puede ser peligroso, te condiciona, porque siempre hay envidias».

Conserva la mirada inocente de un crío. Se lamenta del abandono del monasterio de San Pedro de Arlanza, que en la película era la misión de San Antonio. Hay una hermosa ermita en lo alto de la loma, la de San Pelayo, que también aparece en algunos fotogramas. Se mueve por la montaña con agilidad de experto senderista. Y acaricia la armónica en su bolsillo. Hay un bar de un pueblo cercano al que nunca la lleva porque el dueño está empeñado en comprársela. Todos conocen a Domingo y saben de su buen carácter. Paramos a beber agua, no como «Lee Van Cleef y todos esos, que se tomaban el whisky por un tubo». Le pregunto si es bueno echando sermones. Cree que sí, «me los preparo porque me gusta saber a dónde quiero ir a parar».