«Me siento cómodo con el frío», asegura Gaizka. / G. Aseguinolaza

«Soy empresario por imperativo y aventurero por necesidad»

Gaizka Aseguinolaza cruzó el desierto de Atacama, participó en la Camel Trophy, escaló el Aconcagua y hasta recibió clases de supervivencia de los Navy Seals

JON GARAY

Conversar con Gaizka Aseguinolaza es hacerlo con el prototipo de aventurero. No es que busque el riesgo por adicción a la adrenalina. No. Es una necesidad mucho más profunda, vital, se diría. «Necesito sentir el frío, la soledad», dice convencido este hostelero vasco residente en Plentzia. «Soy empresario por imperativo y aventurero por necesidad», añade. A sus 47 años y con dos hijos, ha cruzado el desierto de Atacama, en Chile; ha participado en la mítica Camel Trophy; ha escalado el Aconcagua, y hasta ha recibido clases de supervivencia de los Navy Seals. Pero, sobre todo, ama el frío extremo de Alaska y Finlandia. La comodidad no va con él. Y estar todo el día pendiente del teléfono móvil, tampoco. Pasará las vacaciones en una cabaña. Por supuesto, sin cobertura.

¿Qué se le ha perdido por Alaska?

– Hace muchos años oí hablar de Juan Carlos Nájera, un pionero en España de la aventuras en bici. Él hizo la carrera por Alaska siguiendo el itinerario de las pruebas con trineos. Me fui a explorar el mar Báltico y ví que la nieve era mi medio. Lo siguiente fue una carrera de 150 kilómetros en Finlandia. Me presenté con una BH de 500 euros y un portafloreros de un 'chino'. El organizador no quería dejarme salir. Estuve 27 horas sin parar. Y encima disfruté. Me di cuenta de que esto es lo que más me gusta del mundo.

– Y entonces llegó la gran aventura...

– Sí. Me apunté el año pasado a la carrera, de más de 1.000 kilómetros, pero el organizador quebró. Aun así, decidí hacerla por mi cuenta. Contacté con un italiano y la hicimos juntos. Fue la mejor experiencia de mi vida. Te sientes vivo al mil por mil.

Salir del saco, un drama

– ¿Cómo se sobrevive a noches a -28 grados?

– Se pasa frío, sí (risas). Cierras los ojos y quieres que pase rápido. Me metía en el saco con toda la ropa: plumífero, gorro, botas.... El problema es el sudor, la humedad. Es un frío que impresiona, lo sientes dentro del cuerpo. Lo peor es al salir. Es dramático: tiemblas, no puedes quitarlo...

– ¿Qué tal con los lobos?

– No los ves, pero están ahí. Lo que más impresiona son las huellas. No son como un perro salvaje. Tienen un tamaño que no te puedes imaginar.

– Y llegó el coronavirus...

– El cierre de fronteras me pilló en Finlandia, terminando una travesía de 125 kilómetros sobre el Lago Inari. Llegamos al aeropuerto treinta minutos antes de que saliera el último vuelo. Conseguimos llegar a Barcelona. Íbamos con toda la ropa puesta, como exploradores polares, y después de seis días sin ducharnos. Alquilamos una furgoneta y viajamos de noche, cuando Cataluña y el País Vasco ya estaban cerradas.

– De calor ni hablamos.

– Me agobia más. Me siento más cómodo con el frío. En otra vida he debido de ser un perro husky o esquimal.