Así se rastrea al covid sin geolocalización

30/06/2020

Esta semana la Secretaría de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial ha comenzado el piloto de la aplicación de rastreo del coronavirus en España.

Lo ha hecho en la isla de La Gomera, un entorno reducido, controlado y limpio del virus. Una zona idónea para realizar una prueba de estrés a un software que ha de ser clave para conseguir controlar los contagios en todo el país.

Esta app no viene a sustituir a la labor que realizan ya los rastreadores, sino que servirá como herramienta principal para averiguar de una forma más fácil y con mayor precisión con qué personas ha estado en contacto un infectado de cocoronavirus, evitando así cientos de llamadas.

La aplicación, denominada como Radar covid, empezará con los simulacros de contagios y seguimiento el 6 de julio en San Sebastián de La Gomera, donde espera tener 3.000 instalaciones para tener un falso brote de 300 contagiados. Con ellos, se hará un positivo inicial; después tres oleadas seguidas; y un seguimiento diario de los indicadores recabados que permitirá detectar hitos relevantes.

Uno de los apartados clave es la colaboración ciudadana, ya que su uso es voluntario y de su acogida dependerá en gran parte el éxito o el fracaso de la prueba. Es por ello que se ha comenzado por una intensa campaña de comunicación, para dar a conocer qué es la app y cómo funciona, eliminando así preocupaciones de los ciudadanos relativas a uso y privacidad.

Cómo funciona

La aplicación está construida bajo la API (el software para crear aplicaciones) que Google y Apple presentaron de forma conjunta a finales de abril. Está basado en el concepto de rastreo de contactos que se usa habitualmente en las epidemias, o contact tracing: una búsqueda de quién ha estado en contacto con el infectado para comprobar después en el centro médico si también lo está o no.

Aprovechando que el bluetooth de los smartphones actuales emiten siempre una señal para marcar que están presentes en una zona, se asigna un código anónimo a cada uno de los teléfonos que tienen la aplicación instalada. De este modo, la app juega con los teléfonos como si fueran imanes: se reconocen entre sí cuando están cerca.

Tanto nuestro teléfono como los teléfonos que lo rodean trabajarán en segundo plano para intercambiar identificaciones a través de bluetooth sin necesidad de tener la aplicación abierta. En la app se ha establecido un determinado tiempo y distancia entre los teléfonos para que, cuando se superen, se sepa que los dueños de los móviles han estado en contacto.

El código que va asignado a cada teléfono es completamente anónimo: no se comparte información personal. La generación del mismo es aleatoria y se cambia cada catorce días. De manera diaria nuestro móvil se descargará una lista de claves pertenecientes a usuarios contagiados o que puedan tener síntomas. Si las claves concuerdan, el móvil podrá avisarnos y decirnos cómo proceder.

Lo que finalmente se consigue es amplificar los datos de los rastreadores ya que se podría conocer con qué personas hemos compartido asiento en un autobús aunque no hayamos cruzado una palabra con ellos.

Quién tiene los datos

La privacidad es uno de los puntos que más hacen dudar a los ciudadanos. Tanto que durante los meses que ha tardado en llegar la aplicación se han distribuido bulos que apuntaban en este sentido. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Está basado en el protocolo DP3T, un sistema que almacena la información directamente en el smartphone del usuario con lo que no se envían a servidores. «El cifrado y almacenamiento de información se realiza en todo momento en el propio dispositivo, salvo en caso de contagio, que se envía el conjunto de identificadores aleatorios que identifican al dispositivo», explica el Centro Criptológico Nacional.

«Ni Google, Apple ni otros usuarios pueden ver su identidad. Todas las coincidencias de notificaciones de exposición ocurren en su dispositivo. El sistema no comparte su identidad con otros usuarios, Apple o Google. Las autoridades de salud pública pueden solicitarle información adicional, como un número de teléfono, para contactarlo con orientación adicional», explican las tecnológicas.

De hecho, solo las autoridades de salud pública pueden usar este sistema. Al diseñar este sistema tanto Google como Apple decidieron que «el acceso a la tecnología se otorgará solo a las aplicaciones de las autoridades de salud pública. Sus aplicaciones deben cumplir criterios específicos sobre privacidad, seguridad y uso de datos», ni ellas mismas tienen acceso a ellos.

Sin geolocalización

Una de las grandes preocupaciones de los usuarios con la aplicación es la posible geolocalización del usuario, un supuesto que nunca va a darse pero que se ha visto alimentado por varios bulos que han recorrido WhatsApp durante los meses de confinamiento. La aplicación no va a conocer nunca donde estamos pues no usa el GPS de nuestro teléfono ya que la única señal que emplea es el bluetooth. Además, al usar el protocolo DP3T tenemos una doble verificación de que nuestros datos no van a ser compartidos. Nadie va a saber dónde hemos estado.

Voluntario

Otro de los argumentos en contra de la aplicación es sobre si el Gobierno iba a hacer obligatorio el uso de este sistema. Aunque se espera una buena respuesta ciudadana, el uso de la misma es completamente voluntario aunque sí se animará desde instituciones regionales y nacionales la adopción de la misma ya que es un sistema que aporta prevención y seguridad. El usuario puede decidir si recibe notificaciones de exposición aunque tenga la app instalada y si quiere participar o dar permisos para que se ejecute en su móvil.