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Estado en que quedó la bombona de oxígeno de uno de los rescatadores tras el incendio. L. P.
Los primeros bomberos en el edificio en llamas: «Compañeros, hasta aquí llegamos. No entréis a por nosotros»

Los primeros bomberos en el edificio en llamas: «Compañeros, hasta aquí llegamos. No entréis a por nosotros»

Se despidieron del resto de su unidad al encontrarse rodeados de humo en el incendio del inmueble de Valencia, aunque un rescate agónico concluyó con sus dos vidas salvadas

Álex Serrano

Valencia

Sábado, 24 de febrero 2024, 21:14

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El mensaje, fracturado por la estática, hiela la sangre a todos los bomberos del Ayuntamiento de Valencia. Son poco después de las 18:00 horas del jueves. Las dos torres de viviendas de la finca siniestrada de la calle Maestro Rodrigo, en el barrio del Campanar, se han convertido en una tea que tiñe la tarde de naranja y pavor y dos bomberos se despiden por radio: «Compañeros, hasta aquí llegamos. No entréis a por nosotros». Son los dos primeros que habían entrado. Con tranquilidad, casi con paz, se despiden del resto del cuerpo porque están seguros de que van a morir. Un cabo asume la responsabilidad y, pese a la orden de salir del edificio, entra en la torre junto a otro compañero. El resultado es un rescate agónico que termina con dos vidas salvadas.

Jueves, poco después de las 17:30 horas. La primera dotación de bomberos del parque de Campanar llega al incendio. Están cerca así que en pocos minutos arriban a los bajos de las torres. Sobre ellos, a decenas de metros de altura, se desata un infierno. Cualquiera habría echado a correr, como hacen muchos vecinos. Es comprensible. Ellos no. Es su trabajo. Así que suben al infierno. Puerta por puerta comprueban si había vecinos. Son los primeros que se cruzan muchos de los residentes que bajan por las escaleras, siguiendo las recomendaciones: si el fuego está encima de usted, busque las escaleras. Si está debajo, enciérrese en casa, que es exactamente lo que estos dos profesionales tendrán que hacer más tarde.

Porque lo que ellos no sabían, ni el mando que estaba en la calle, es que el fuego había roto en fachada en ese punto. Todos los bomberos consultados coinciden en el comportamiento atípico, rebelde, de las llamas, provocado por el material inflamable, todavía por identificar, de la fachada, lo que hizo que el fuego fuera de fuera a dentro. Los bomberos que están dentro piensan que están en una zona segura, porque en un incendio si un sector no ha ardido es difícil que lo haga, pero desconocen que por las planchas de aluminio del exterior trepa la muerte.

En un momento dado, dos de los bomberos, experimentadísimos y «que las han visto de todos los colores», según las fuentes consultadas, se encuentran en medio de una noche asfixiante y abrasadora. En la penumbra, el humo y el fuego del exterior elevan la temperatura hasta cerca de los 120 grados. Se han quedado sin oxígeno porque las botellas que llevan apenas tienen aire para 15 minutos. Bajar no es una opción: están sumergidos en una nube densa, «que casi se puede tocar con la mano», que es el humo de un incendio. Si intentan bajar por las escaleras, no darán más que unos pocos pasos antes de caer fulminados.

No tenían escapatoria

Los bomberos rompen la puerta de una de las viviendas y buscan refugio en su interior. No ha ardido, así que ahí pueden estar seguros. La intención es salir al balcón y pedir rescate, pero se encuentran con que la fachada está tomada por el fuego y que, instantes más tarde, el humo y las llamas entran en la vivienda. Ellos informan de lo que están viviendo por radio. En un momento dado ven que no tienen escapatoria. Ahí, en la penumbra, dentro de una densa niebla de alquitrán, uno de ellos habla por radio. El mensaje hiela la sangre de quien lo escucha.

En la penumbra, dentro de una densa niebla de alquitrán, uno de ellos habla por radio. El mensaje hiela la sangre de quien lo escucha

Los mandos saben que están muertos. Ya han dado la orden de salir. Pero un cabo asume la responsabilidad. «Yo me hago cargo», explican que dice, y él junto a un compañero se adentran en el coloso en llamas. Como saben dónde tienen que ir, llegan rápidamente. En la oscuridad encuentran al primero de los bomberos, pero no ven al otro. El tiempo se acaba. De casualidad, la gruesa bota de uno de ellos da con un cuerpo que está en el suelo. Es el compañero que faltaba, que estaba tumbado en el suelo.

Había perdido la conciencia hacía mucho tiempo. Se había refugiado tras una puerta en posición fetal para intentar respirar. En caso de humo en la vivienda, estos bomberos hicieron lo que marca el manual: cuerpo a tierra, a la búsqueda del aire frío y respirable que flota más cerca del suelo, porque el aire caliente y el humo pesan menos y se concentran contra el techo.

Ambos son rescatados. Otros dos compañeros han tenido que escapar del incendio de forma poco ortodoxa, descolgándose de balcón a balcón, una maniobra peligrosísima que está prohibida pero que fue la única opción que encontraron. Uno de estos bomberos tuvo que salir saltando al colchón de seguridad tras descolgarse por la fachada, en el lado del edificio que aún no ardía.

Para los bomberos consultados, fue una tarde aciaga. «No nos podremos quitar esa tarde de la mente en mucho, mucho tiempo», cuentan. Rescataron a más de un centenar de personas, entre ellas estos dos bomberos, uno de los cuales ha pasado dos días en la UCI debido a la gran cantidad de humo inhalado. No se temía por su vida y ya ha pasado a planta. Rescataron a más de un centenar de personas, pero de la mente del cuerpo no se borran las nueve personas que perdieron la vida. Obvian que el número, sin ellos, habría sido mucho más elevado.

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