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Un activista medioambiental llama a la movilización de los jóvenes por el clima. REUTERS
Los Polos ya no dejan frío a nadie

Los Polos ya no dejan frío a nadie

Desequilibrio energético. El calentamiento global devora los casquetes de hielo, que funcionan como el regulador térmico del planeta, afectando a las corrientes oceánicas y atmosféricas, y subiendo el nivel de los mares

sergio garcía

Domingo, 24 de octubre 2021, 00:04

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La escena remite a las grandes exploraciones de comienzos del siglo pasado, la bandera del Hespérides gualdrapeando ante los embates del viento y el arrebol en el cielo que precede al ocaso en según qué épocas del año. Carlota Escutia recuerda la primera vez que estuvo en la isla del Rey Jorge -latitud 62° 14' S, longitud 58° 48' W-, en el archipiélago de las Shetland del Sur, realizando labores de geóloga marina. También el color gris y el hielo omnipresentes. Ahora el verde ha empezado a colonizar el paisaje y el horizonte está punteado de témpanos que se desgajan del continente cada vez con mayor frecuencia. Incluso en el agua se distinguen salpas, una especie propia de aguas más cálidas que ahora se ha adentrado en el continente al que dicen 'helado'.

El calentamiento global está acelerando el derretimiento de los casquetes polares, una circunstancia que está afectando a la vida animal y vegetal, pero también a las corrientes atmosféricas, a las oceánicas y, en consecuencia, al nivel de los mares, explica Escutia, científica senior del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra IACT-CSIC, que advierte sobre una dinámica climática que está repercutiendo en todo el planeta, desde los fiordos de Islandia hasta el desierto del Sahara, causando lluvias torrenciales en lugares tradicionalmente áridos o sequías donde era habitual ver llover.

Peligrosa escalada

«El cambio climático es principalmente resultado de un desequilibrio energético en la Tierra a consecuencia de las concentraciones cada vez mayores de gases de efecto invernadero derivados de la actividad humana», señala Robert W. Corell, uno de los 30 expertos participantes en el estudio '¿Hacia dónde va el Ártico?' publicado por la Fundación BBVA. El informe no deja lugar a dudas sobre lo dramático de la emergencia climática: si bien las temperaturas medias de la superficie global han aumentado 1º C desde 1880, las dos terceras partes de ese incremento se han producido desde 1975, a una tasa de hasta 0,20º por década.

En el Polo, ese aumento triplica la media mundial, lo que se traduce en un aporte extraordinario de agua dulce al océano y un efecto inmediato en las corrientes y por extensión en los fenómenos meteorológicos. Los resultados son devastadores. Según la NASA, el hielo marino del Ártico está disminuyendo un 13,2% cada diez años (toma como arranque de la serie el año 1950), lo que se traduce en una pérdida permanente del 80% de su volumen.

Siendo grave la situación en el Ártico, Carlota Escutia centra las alertas en el lado opuesto, el Antártico, y las consecuencias de alterar las corrientes de los océanos, el mayor colector de energía solar de la Tierra. El hielo del Ártico ya ocupaba un espacio debido a su naturaleza marina (el 89% de un iceberg está sumergido) y no ha producido un aumento del nivel del mar exagerado. El casquete sur, sin embargo, se asienta en parte sobre tierras emergidas y en parte sobre el mar, lo que le hace especialmente vulnerable no sólo al calentamiento atmosférico, sino también al de las corrientes que llegan del norte.

«Los dos polos -advierte la científica- están perdiendo superficie y eso es grave porque son los grandes espejos reflectores que mantienen la Tierra a una temperatura que garantice la vida». Estudios recientes que analizan la desaparición de hielo antártico alertan en este sentido de que la masa perdida de 1979 a 1990 era de 40 gigatones al año, mientras que en la actualidad se sitúa en torno a 252.

Escutia no tiene una bola de cristal para adivinar el futuro, pero afirma rotunda que «hay inercias en el sistema que conducen a cambios que ya son irreversibles». Dicho de otro modo, hielos que no se recuperarán nunca aunque seamos capaces de lograr ese 0 de emisiones netas de CO2 en el año 2050. «Lo que sí es verdad es que si somos capaces de implementar los compromisos alcanzados, algunos de esos procesos se detendrán y otros lo harán más tarde, aunque sea a menor ritmo, mitigando escenarios tan desastrosos como el que planteamos».

Evacuado de su casa tras una tormenta tropical en New Jersey.
Evacuado de su casa tras una tormenta tropical en New Jersey. AFP

Nuevas rutas comerciales

El viaje emprendido tiene consecuencias en el medio ambiente, pero también en la geopolítica. En agosto de 2017, el metanero Christophe de Margerie, de la naviera Sovcomflot, completó un viaje entre Noruega y Corea del Sur navegando la costa norte de Rusia y sin ayuda de buques rompehielos. Lo hizo en 19 días, el 30% más rápido que si hubiese utilizado la ruta habitual del Canal de Suez. Un tiempo récord. De mantenerse el ritmo actual de deshielo, expertos como Jordi Torrent, del Puerto de Barcelona, calculan que ese paso permanecerá abierto dos meses al año para 2030 y hasta 90 días una década después.

Este escenario tiene enormes implicaciones económicas y está llevando a los países a diseñar infraestructuras que permitan dar salida a recursos cuya explotación resultaba hasta ahora mucho más compleja, señala el libro de la Fundación BBVA. Yacimientos de paladio, níquel, platino, diamantes o zinc, y eso sin contar los depósitos de hidrocarburos -petróleo y gas- cuyo extracción las nuevas políticas medioambientales se proponen proscribir.

Pero el calentamiento global no sólo derrite los polos, también devora los glaciares de zonas de montaña. Lo sabe muy bien Jesús Revuelto, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología. La nuestra es una cordillera donde la desaparición de estas grandes masas de hielo se viene constatando desde los años 80, «vinculada al incremento de temperaturas porque las precipitaciones de nieve se siguen produciendo». En la última década, añade, «los glaciares del Pirineo se han reducido en un 20%: el del Aneto ha perdido 8 metros de espesor, 7 el de Monte Perdido... Hay casos donde esas pérdidas han alcanzado los 20 metros. Eso es un edificio de seis plantas, imagínese el impacto».

España, contra el carbón y por las renovables

España acude a la cita de Glasgow bajo el paraguas de la Unión Europea, consciente como recordaba esta semana la ministra Teresa Ribera de que nos enfrentamos a una situación «dramática». Y lo hace apenas unos meses después de aprobarse la Ley de Cambio Climático y Transición Energética, el primero de cuyos títulos, sin embargo, ha defraudado a muchos. Mientras los Acuerdos de París concluyeron recortar las emisiones de efecto invernadero un 45% para 2030, un compromiso que la UE se propone elevar incluso hasta el 55%, el texto emanado del Congreso habla de reducir «un 23% las emisiones del conjunto de la economía española», lo que en este escenario se antoja insuficiente, por mucho que el objetivo final sea la descarbonización en 2050.

Para lograrlo, España se propone una cada vez mayor penetración de las energías renovables, cambios de calado en la industria eléctrica y revisar los criterios de eficiencia. Esto lleva aparejado, como ya adelantó Ribera en la precumbre de Milán celebrada primeros de octubre, un abandono definitivo del carbón y una apuesta por la movilidad sin emisiones (el 25% de los gases de efecto invernadero de nuestro país tienen su origen en el transporte).

Ribera, que ha defendido la necesidad de que la COP26 dé una respuesta política tanto a los objetivos de mitigación del cambio climático como a la necesidad de financiar políticas de adaptación a la nueva realidad en países sin recursos, considera irrenunciable reforzar los mecanismos que permitan a los países responder a los desastres provocados por el cambio climático, al tiempo que se arbitran medidas para fomentar la resiliencia y lograr sociedades mejor preparadas.

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