Finca donde Tomás Gimeno asesinó a sus dos hijas, según el auto judicial. / efe

Un plan para generar el mayor dolor en la madre de Olivia y Anna

El auto judicial revela que Tomás Gimeno mató de forma premeditada a sus hijas en la finca y engañó su expareja haciéndole creer que se fugaba con ellas

CANARIAS7 Las Palmas de Gran Canaria

Tomás Gimeno tenía claro lo que buscaba: el mayor dolor posible en su expareja, Beatriz. Y para conseguirlo planificó un plan que pasaba por asesinar a sus dos hijas, Olivia y Anna, y evitar que los cuerpos fueran localizados, haciendo creer además que se había fugado con ellas fuera de Canarias y que jamás volvería. Así queda recogido en el auto del Juzgado de Primera Instancia e Instrucción número 3 de Güímar, que se inhibe en favor del Juzgado de Violencia sobre la Mujer de Santa Cruz número 1. Porque esta historia solo se entiende como paradigma de la violencia machista, con el añadido de la decisión premeditada de utilizar a los niños para castigar a la madre (violencia vicaria) y el deseo de que la incertibumbre sobre el paradero de las menores derivase en agonía de por vida.

La jueza de Güímar, Priscila Espinosa, lo relata con claridad apabullante: «Tomás había planificado los atroces actos que presuntamente cometió el día 27 de abril de 2021», todo ello como un «plan preconcebido» que «tenía como fin provocar a su expareja el mayor dolor que pudo imaginar, a la que de forma deliberada quiso colocar en la incertidumbre acerca de la suerte o destino que habían sufrido en sus manos Olivia y Anna, pues, tras advertirla de forma reiterada que no le volvería a ver ni a él ni a sus hijas, dando a entender que se fugaría con ellas a un paradero desconocido, ideó el modo en que entendió que sus cuerpos sin vida nunca serían localizados, arrojándolas al mar dentro de bolsas lastradas y amarradas a un ancla, en un lugar expresamente buscado lejos de la costa y que sabía profundo, donde los fondos marinos no podrían ser investigados».

Una vez hallado el cadáver de Olivia y con la casi absoluta certeza de que su hermana Anna también está en el fondo del mar, la jueza levantó el secreto del sumario y define lo ocurrido como dos presuntos delitos agravados de homicidio y uno contra la integridad moral en el ámbito de la violencia de género, lo que supone la necesidad de dejar sin efecto la orden internacional de detención previamente dictada por delito de sustracción de menores para acordar otra orden internacional de detención» por los citados delitos ahora considerados. Pese a todo, la investigación se centra en que Tomás se quitó la vida tirándose al mar tras lanzar los cuerpos de sus hijas.

Tomás Gimeno dispensó un trato «vejatorio» a Beatriz desde que terminó su relación, con insultos casi a diario

Trato vejatorio y denigrante

Para que no haya dudas al respecto, el auto judicial sirve también para dejar claro que este cruel episodio vino precedidos de otros de violencia machista. La convivencia entre Tomás y Beatriz acabó hace un año y, pese a no existir resolución judicial, las niñas quedaron bajo la custodia «de hecho» de la madre. «Desde entonces», escribe la jueza a tenor de los testimonios recabados, «Tomás mantuvo de forma constante hacia Beatriz un trato vejatorio y denigrante, dirigiéndole a diario comentarios descalificativos, ofensivos y ultrajantes, en particular enfocados a menospreciarla por haber rehecho su vida con una nueva pareja, manifestando además, de forma reiterada, que no toleraba que (esa nueva pareja) compartiera momentos con sus hijas».

Con esos precedentes, ¿qué pasó el 27 de abril, el día que desaparecieron las niñas con su padre? El auto es claro: las mató en su finca, las envolvió en toallas, las metió en bolsas, las llevó a la barca y las tiró al mar. Supuestamente después él hizo lo mismo.

A pesar del acoso al que sometía a Beatriz, esta accedía a que Tomás pasara tiempo con sus hijas. Es lo que ocurrió ese 27 de abril, cuando acuerdan que él las recoja a las 17.00, con el compromiso de devolverlas en el domicilio materno a las 21.00. Y así a las 17.00 Tomás se lleva a Anna, la menor, y se dirige en el coche hasta el centro educativo en el que se encontraba Olivia. Allí se encuentra con la directora de ese colegio, que es su pareja, y le entrega un estuche sellado con cinta de embalar, pidiéndole que no lo abra hasta las 23.00 horas. Cuando él se marcha con las dos niñas, ella lo abre y encuentra un fajo de dinero por importe de 6.200 euros y una carta de despedida.

Seguidamente, Tomás lleva a Anna a casa de sus padres y traslada a Olivia a clase de tenis. Mientras la niña de seis años se instruye con la raqueta, él se acerca hasta la marina de Santa Cruz de Tenerife, donde se encuentra su lancha y prueba que el motor funciona perfectamente. Sale del puerto, recoge a Olivia y vuelve a casa de los abuelos paternos, donde se queda hasta las 19.26 horas. Se marcha entonces a su casa, en Igueste. A las 19.50 Beatriz recibe un SMS de Tomás con un audio con la voz de Olivia diciéndole que su padre le pedía que fueran a buscar «los cuadros de Tata y que metiera el coche». A la pregunta de a qué hora, la respuesta es que a las 21.00. Y «presuntamente», dice el auto judicial, «en dicha finca Tomás dio muerte a sus hijas, envolviéndolas en toallas, introduciéndolas en bolsas de basura y estas en bolsas de deporte, que colocó en el Audi A3».

Con los cadáveres en el coche, vuelve a casa de sus padres, donde a las 21.13 para y, a escondidas, deja su perro en la vivienda, así como dos tarjetas de crédito y dos juegos de llave de su otro coche, un Alfa Romeo que en la madrugada de ese día había dejado estacionado y tapado con una funda en la finca donde trabajaba, en Arona. Pasadas las 21.00, Beatriz llega a la finca de Candelaria, aparca su vehículo en la puerta, no ve el de Tomás, coge los cuadros y llama a su expareja. Este, con las niñas ya asesinadas, le contesta que iba a cenar algo con las menores y que le dejaría a Anna en su domicilio de Radazul.

A las 21.27, Tomás ya está en el puerto, donde, en tres viajes, lleva a la embarcación «distintos objetos, entre los que estaban las bolsas de deporte, en cuyo interior presuntamente se encontraban los cuerpos de sus hijas Olivia y Anna». A las 21.40 zarpa con los cadáveres a bordo.

Hace creer que se fuga

A partir de ahí, y en ese plan preconcebido para generar un dolor infinito e interminable, Tomás hace y recibe varias llamadas y en todas ellas sus palabras tienen un denominador común: hacer creer que se fuga. Luego comete su otra parte del plan: tirar los cadáveres al océano, con lastre en las bolsas y atados al ancla, para que fuera imposible dar con ellos.

Habla con su expareja, a la que dice que ya está fuera de la isla con las niñas, e incluso le dice eso mismo al agente de la Guardia Civil que se pone al teléfono cuando Beatriz lo llama desde el puesto de la Benemérita en el que se presentó para denunciar que Tomás no había devuelto a las niñas.

Hacia las 22.30 horas, en una zona alejada de la costa y a sabiendas de la gran profundidad existente, Tomás tira las bolsas con los cuerpos de Olivia y Anna. Pero no acaba ahí el relato ni la acumulación de maldades por su parte. Porque llama a Beatriz y le dice que él no puede permitir que sus hijas crezcan sin él. A las 22.44 el teléfono se queda sin batería y Tomás regresa a puerto, en cuya bocana agentes de la Guardia Civil que están en una embarcación de Salvamento le advierten de que está incumpliendo el toque de queda nocturno vigente, por lo que le instan a atracan en puerto y una vez allí le comunican que se tramitaría una propuesta de sanción. Tomás traslada a los agentes que pasará la noche en la barca, que tiene un pequeño camarote, y aquellos vuelven a zarpar.

Es entonces cuando Tomás se acerca a la garita del vigilante de seguridad del puerto y le pregunta si tiene un cargador de móvil. Como no hay ninguno compatible con su teléfono, se va a una gasolinera, donde compra un cargador y un paquete de cigarrillos, y vuelve a la garita del vigilante para cargar el teléfono. Tras preguntar a este si sabía donde podía haber ido la embarcación de Salvamento, y después de acudir de nuevo a su coche, Tomás salió a las 00.27. Ya no se le volvió a ver.

¿Para qué quería cargar el móvil? Para hacer varias llamadas insistiendo en que se marchaba y dando a entender que las niñas seguían vivas. Contactó con su ex, con su pareja y con un amigo al que le dijo que le regalaba varias pertenencias.

Después se da por hecho que se tiró al mar, posiblemente lastrado por el cinturón de buceo, para acabar con su vida. Pero antes cumplió su plan: causar dolor, el mayor posible y para siempre.