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Leticia Rodríguez de la Fuente. JEOSM
«Me he pasado toda la vida buscándome»

Leticia Rodríguez de la Fuente

Floricultora
«Me he pasado toda la vida buscándome»

Pionera en España del cultivo de flores orgánicas, ha encontrado en su granja «la paz que me daba la enfermedad, solo entonces era capaz de parar»

Domingo, 4 de junio 2023, 00:53

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Mientras que su padre, Félix Rodríguez de la Fuente, pasó su vida buscando todo tipo de especies animales por el mundo, ella ha pasado la suya buscándose a sí misma. Al fin, y tras años de ir trasplantándose de una actividad a otra, Leticia se ha encontrado en su granja de Brihuega («el descanso del guerrero, tú, yo ya de aquí no me muevo»). Allí ha echado raíces y se ha convertido en pionera del cultivo de flores orgánicas en España, tarea que inició al no poder conseguir en el mercado industrial las flores que necesitaba para trabajar el estilo silvestre y desestructurado que había aprendido en Inglaterra. Cuenta su experiencia en el libro 'Tocar tierra' (Espasa). Al terminar su lectura, te dan ganas de dejarlo todo y dedicarte a cultivar peonías.

-Tiene que ser una maravilla tomarse el vermú del domingo en su jardín.

-Soy más de gintonic con un poquito de menta antes de cenar. En verano me tomo un bloody Mary a la una, porque a esa hora ya hace tanto calor que no se puede trabajar, así que termino de currar, me lo tomo, me tiro a la alberca y me siento como los ángeles.

-Cuenta que, tras comprar la finca, estuvo viviendo un año sin luz ni agua. ¿La han llamado ya de 'Supervivientes'?

-[Sonora carcajada]. Yo sería una gran superviviente, aunque nunca iría a ese programa. Había pedido un crédito para comprar el terreno y ponerlo en marcha, pero allí no llega la electricidad y no tenía dinero para pagar las placas, así que me iluminaba con velas por la noche y cogía agua del río con cubos. Estaba tan emocionada con mi proyecto que eso eran cosas colaterales que no tenían tanta importancia.

-Usted ya era una superviviente, puesto que superó un cáncer de ovario muy agresivo siendo joven. En su libro afirma que la enfermedad ha sido «una sabia amiga». Explíqueme eso.

-Pues mira, la enfermedad me daba la paz que yo no encontraba cuando estaba sana, aunque parezca paradójico. A mí me agotaba la vida, mi manera de estar en el mundo era bastante patológica porque yo era de esas personas que sienten que vivir es una obligación, que, si yo no vivía, la vida se paraba. Entonces era un estar en constante movimiento, haciendo cosas todo el día, esta realidad psicológica de «tengo que, tengo que». Era incapaz de parar, solo paraba cuando enfermaba, y ahí descubrí que tenía paz y que estaba encantada. Me di cuenta de que eso no era normal, hasta que entendí que, cuando necesitaba un poco de paz interior, mi cuerpo tenía sus resortes para enfermar. La gente me decía «Tú estás loca». De hecho, yo he estado a punto de morirme varias veces. La historia es poder vivir sana sintiéndome como me siento cuando estoy enferma, y eso es lo que me ha dado la tierra.

-¿Ha estado a punto de morir varias veces?

-Sí. He tenido enfermedades muy serias y una detrás de otra, pero siempre me curaba porque me lo tomaba todo y no me enfrentaba a ellas, sino que las recibía con los brazos abiertos.

-La tierra le ha dado lo que ha estado buscando.

-Pero sin buscarlo: me ha cogido por sorpresa completamente. Yo creo que, si lo hubiese sabido y lo hubiese hecho conscientemente como terapia, no hubiera funcionado, pero, como me cogió por sorpresa, me ha colocado en un lugar en el que estoy muy bien. Estoy tranquila, en paz.

-Pasados los cincuenta nos merecemos un poco de tranquilidad.

-Mi vida ha sido siempre súper intensa. Yo creía que estaba buscando otra cosa, pero lo que buscaba era a mí. Yo no paraba, no paraba, estaba inquieta, y eso me ha llevado a una vida un poco disparatada, no en plan drogas ni nada de eso, sino de inquietud, de estar metida en negocios y movidas que no tenían nada que ver conmigo, y al final dices «pero ¿qué hago yo haciendo esto?». En el fondo es que me buscaba.

El olor de su padre

-Su padre murió cuando tenía diez años. ¿Qué recuerda de él?

-Su olor, cómo nos olía, nos tocaba, nos abrazaba, su presencia, su amor. Era una persona muy física, las manos muy firmes, ¿sabes? Era un tío que estaba siempre viajando, pero, sin embargo, el poco tiempo que paraba en casa estaba muy presente. Nunca lo he sentido como un padre ausente.

-Ha sido pionera en desarrollar una granja ecológica de flores en España. ¿La cultura floral está todavía un poco verde?

-Bueno, cada vez está mejor. Hace años, cuando abrí mi puesto de flores en el mercado de Antón Martín, los trabajos florales eran muy clasicorros. En ese momento no había cultura de comprar flores más que para los entierros, los bautizos y algún cumpleaños que otro, pero ese hábito de tener flores para ti en tu casa, para disfrutar de ellas, aquí no existía. También es verdad que las flores son caras porque cuesta mucho el cultivo, la logística, la distribución. Pero creo que está cambiando el modo de vida de los españoles, de habitar los espacios, la forma de vivir el hogar, y eso trae nuevos hábitos, como el de poner unas flores en casa.

-Me encantan las plantas, pero se me dan muy mal. Dígame una que no se me muera.

-Pues mira, un cactus [carcajada]. Con tal de que no lo riegues, no te lo cargas.

-Pero hay que tener mano.

-Sí, absolutamente cierto. Hay que tener mano con las plantas, pero yo no sé dónde está ese misterio.

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