Mente ‘ecocriminal’

23/06/2020

¿Qué tipo de persona corta el cuerno a un rinoceronte, quema un bosque...? Un informe ahonda en sus ‘motivos’

Matar ruiseñores, que solo cantan y no hacen daño, es un acto malvado». Es una frase que la escritora Harper Lee puso en boca de Atticus Finch, el admirable abogado defensor protagonista de la novela ‘Matar a un ruiseñor’ y que sirve para introducir el tema de este reportaje, qué hay detrás de los crímenes cometidos contra el medio ambiente, ¿maldad, deseo de enriquecerse, venganzas, errores...? Cada año, con la llegada del calor, los informativos hablan de incendios forestales; en las últimas dos décadas se ha quemado un cuarto de la superficie de España; quizá por ello este tipo de delito medioambiental figura entre los más condenables para la población en nuestro país. Se sabe que más de la mitad son provocados, aunque pocas veces se localice al culpable. Y cada año el espectador desde su sofá se pregunta lo mismo ante la visión de árboles carbonizados, quizá lamentando la pérdida de vidas humanas, por no hablar de la de animales achicharrados, asfixiados: ¿Qué tipo de persona se echa al monte para quemarlo? ¿Cómo puede hacer algo así? Es difícil entender a un pirómano o a quien prende el fuego como venganza, como también comprender al que es capaz de matar a un rinoceronte para cortarle el cuerno, aunque este sea un caso claro de motivación económica; por un kilo, que se usará para remedios o pociones afrodisiacas, se llegan a pagar más de 50.000 euros.

Pero el dinero no es la única explicación. Lo aclara Jorge F. Orueta, uno de los responsables de la ONG ecologista SEO/BirdLife y coautor del gran ‘Estudio sobre el origen y las motivaciones de la criminalidad ambiental’: «La demanda de cuernos de rinoceronte o de escamas de pangolín es muy conocida por el público general. Pero pocos saben que los buitres en África están siendo diezmados por la superstición de pensar que sus cerebros otorgan clarividencia y, además, son víctimas de los furtivos, que matan a rinocerontes y elefantes y envenenan sus cadáveres y, por tanto, a los buitres, para que no los delaten con su vuelo».

Un macroestudio de Seo/Birdlife detecta el origen y los motivos de los delitos cometidos contra el medio ambiente

Hay muchas motivaciones para delinquir contra el medio ambiente, como las tradiciones, o el elitismo que lleva a exhibir trofeos de caza de animales protegidos, a consumir productos de especies amenazadas como el caviar de esturión, a poseer marfil o mascotas exóticas, pues ello supone una elevada capacidad adquisitiva. También la disconformidad con las leyes, como en las liberaciones de animales de granjas peleteras, la caza ilegal en espacios protegidos o el provocar fuegos como crítica a una normativa... Además están la corrupción, las guerras... El delito medioambiental es complejo al entremezclar varias motivaciones.

Delito ‘masculino’

El macroestudio recopila 350 referencias de publicaciones científicas o informes técnicos, además de analizar 250 sentencias judiciales de España y Portugal en las dos últimas décadas. También presenta los resultados de una encuesta a 1.300 ciudadanos de ambos países para saber la percepción que la sociedad tiene de estos atentados contra ecosistemas, flora y fauna.

Los autores del informe hablaron con expertos investigadores (Policía, guardas forestales...), que en su mayoría coincidieron en señalar como muy importante la elaboración de perfiles de estas personas que incluyan datos biográficos y de estilo de vida, aspectos psicosociales del comportamiento y motivos. Todo para llegar a comprenderlos con el objetivo de capturarlos o prevenir estas conductas. Por ejemplo, en delitos contra la fauna –que en el 71% de los casos se cometen contra aves–, de las sentencias se extrae que son prácticamente en su totalidad cometidos por hombres con una media de 42 años.

En los crímenes contra la fauna, casi la totalidad de los delitos son cometidos por hombres, de 42 años de media

Si hablamos de caza ilegal tenemos a un «hombre de entre 46 y 55 años, nivel sociocultural medio bajo, que conoce la ley pero no la considera legítima, puede mostrarse desafiante y no se considera culpable». Si nos referimos a la venta ilegal de especies protegidas, el perfil cambia: «hombre de entre 36 y 45 años, nivel sociocultural medio, con conocimiento de la ley pero la considera ilegítima. Puede mostrarse extrovertido y desafiante». Y en el otro lado tendríamos a la persona que le compra esas especies: «Hombre de 40 a 60 años, nivel sociocultural alto, políticamente de derechas, que trabaja como comerciante de antigüedades, empresario, hostelero o es coleccionista. Se muestra confuso pero tiende a conocer la ley». En general, el perfil del delincuente ambiental es muy diferente al de otro tipo de crímenes: «Les cuesta distinguir el límite de la legalidad y cuando son conscientes no están de acuerdo».

Maldad o falta de conciencia

En cuanto a los incendios forestales intencionados, de la mayoría, un 34%, no se tienen datos, pero entre los que se conoce la autoría, un 26,8% se produce por «campesinos que quieren eliminar matorral y residuos agrícolas», le siguen «pastores y ganaderos para regenerar pastos» (18,3%), pirómanos (5,9%), vándalos (3,6%), cazadores para facilitar la caza (2%), personas que buscan venganza (1,2%), y quienes quieren ahuyentar a lobos, jabalíes (1,1%)...

El estudio concluye que las infracciones medioambientales «no siempre se perciben como censurables», por ejemplo, cuando los turistas pagan por fotografiarse con chimpancés. Existen conductas que se consideran «graves si afectan a terceros o al bien común, si se observa ‘maldad’ o falta de concienciación ambiental; pero otras que no se califican de reprensibles, aun estando igualmente prohibidas. Aquí está la idea de que las personas son más importantes que los animales y de que nadie ha resultado dañado, incluso en transgresiones como disparar a rapaces protegidas. «En ocasiones, la sociedad prefiere hablar de ‘accidentes’ o ‘errores humanos’, lo que es una muestra de la falta de reproche social».

El culmen de estos crímenes sería el asesinato de defensores ambientales –como los que luchan contra la tala del Amazonas–, lacra que en 2018 y, según la ONG FrontLine Defenders, acabó con la vida de 247 personas, el 77% de los 321 defensores de derechos humanos en general muertos violentamente. Es decir, más de las tres cuartas partes fueron asesinados para evitar que siguieran protegiendo el medio ambiente. Pobres ruiseñores.

Datos

90%:

de españoles y portugueses consideran los delitos medioambientales tan graves como el resto. El 62% de españoles y el 87% de portugueses creen que cometer estos crímenes es «injustificable».

Incendios forestales:

En dos décadas se ha quemado un cuarto de la superficie de España. Es la cuestión ambiental que más preocupa a los españoles y el delito en este ámbito que más condenan. Más de la mitad son provocados, pero son contados los casos en que se halla al culpable.

100%:

reconoce la gravedad de matar un lince pero no de matar a una lagartija protegida. Más del 80% sabe que quemar bosques es delito pero ni la mitad conoce que lo es liberar especies exóticas en la naturaleza.

Los autores

son hombres mayoritariamente, y lo hacen por motivaciones económicas, de creencias, tradición, por estar disconformes con las leyes o por apoyar a conflictos armados. Y las causas apuntan a una falta de sensibilidad y de comprensión del impacto real de sus actos.

70%:

de los expertos consultados cree que contar con perfiles de estos delincuentes es muy importante: datos biográficos y del estilo de vida, aspectos psicosociales del comportamiento y motivos para delinquir.