Familiares esperando en la puerta del servicio de Urgencias del Hospital Insular. / Juan Carlos Alonso

«Si no te llamamos es que tu madre está bien»

Familiares de pacientes de Urgencias del Insular se quejan de la falta de información, de que no haya una sala de espera y de la prohibición de visitas. El hospital apunta a motivos de seguridad por el elevado número de ingresos

Odra Rodríguez Santana
ODRA RODRÍGUEZ SANTANA Las Palmas de Gran Canaria

La cara más amarga del protocolo postcovid aún persiste en Urgencias. Tendría que estar superado, como así ha sido en el resto de las áreas hospitalarias, pero en este servicio tan delicado aún no ha sido posible.

Familias enteras hacen guardia a diario a las puertas de estos servicios, sentados en el suelo, en el escalón de la acera o apoyadas en la barandilla más próxima al servicio con la «esperanza» de recibir alguna información sobre el estado de salud de su ser querido ingresado y que, en muchas ocasiones, «no llega o, en el peor de los casos, procede de una llamada de teléfono que augura una mala noticia», relatan.

« Si no te llamamos es que tu madre está bien», le dijeron a Mateo (nombre ficticio para salvaguardar el anonimato) la madrugada del pasado jueves mientras gestionaba su ingreso en el servicio de Urgencias del Hospital Insular.

Este estricto control en el área sur hospitalaria dejó «desarbolado y desamparado» al hijo de Magda, quien se vio obligado a esperar «dos días hasta que los profesionales tuvieron a bien y buscaron un hueco» para llamarle e informarle del parte médico, cuenta. Mientras tanto, solo recibía una escueta explicación que no pasó de un: «Está bien, no se preocupen», recuerda.

«En muchas ocasiones la información no llega, y en el peor de los casos recibes una llamada de teléfono que augura una mala noticia»

«Es inhumano para nosotros y para los enfermos», señala este joven, que en cinco días solo ha visto a su madre 60 minutos y al que ayer volvieron a negar la visita por la covid. «Hay brotes y debemos extremar la seguridad de los pacientes» , le dijo textualmente una enfermera a Mateo. «Ahora mismo lo único que nos queda es esperar a que suba a planta y desconozco cuándo va a ser. Me comentaron que está difícil conseguir una cama libre», agrega Mateo.

Juan Carlos Alonso

La espera en Urgencias por una plaza en hospitalización conlleva que su progenitora permanezca en «una camilla en el pasillo del servicio«, lo que preocupa aún más a los familiares. »Me duele pensar que lo esté pasando mal o que se sienta muy sola«, confiesa su hijo, quien no tiene duda de la profesionalidad del equipo sanitario pero, a quien sí le asaltan constantemente las imágenes del colapso asistencial que sufre habitualmente este servicio. «Me da pavor que le ocurra algo y que nadie esté con ella», añade.

Interrumpidas las visitas

El acompañamiento sigue sin estar permitido, las visitas -siempre y cuando las condiciones asistenciales en el servicio las permita- son de 30 minutos al día y los familiares no han recuperado las salas de espera, que se mantienen cerradas por la pandemia de coronavirus, denuncian los afectados.

La dirección gerencia argumenta que se ha optado por esta medida debido a que estos momentos hay un elevado número de ingresos -la séptima ola de la pandemia de covid se está recrudeciendo en Canarias- dentro del citado servicio. «Por motivos de seguridad para el paciente se interrumpen puntualmente las visitas», sentencia en respuesta a este periódico.

Hay enfermos que necesitan «compañía para que el día se les haga más grato» pero, sobre todo, que requieren de ayuda para «moverse, caminar o comer». « Mucha gente está sufriendo». Así de tajante es Marcela (también nombre ficticio), quien hace hincapié en que la primera vez que su madre estuvo ingresada aún estaba vigente la prohibición de las visitas.

Los ingresados en Urgencias necesitan «compañía para que el día se les haga más grato» pero, sobre todo, requieren de ayuda para «moverse, caminar o comer»

Dos meses estuvo en una camilla en los pasillos de Urgencias. «Quince días pasaron sin que pudiéramos verla y pendientes de una llamada de pocos minutos en la que la información fue muy escueta». « Fue un gran disgusto verla tan desmejorada física y emocionalmente cuando nos permitieron a mí y dos hermanas visitarla, no acompañarla», una vez que subió a la planta de hospitalización, remarca la afectada.

«Es un sin vivir». «Hay mucha gente sufriendo». «Ya deberíamos estar de vueltas con la covid, haber aprendido algo y solucionado el tema de los cuidados y visitas a enfermos», critican Mateo y Marcela. «Entiendo que la situación requiera ciertas medidas, pero a mí quién me garantiza que lo cumplan los trabajadores fuera del trabajo. Entonces por qué no nos dejan entrar», reflexionan.

La siguiente ocasión en que la progenitora de Marcela estuvo ingresada fue a finales del mes pasado. La situación no mejoró mucho. Su madre sufre ingresos recurrentes. La desinformación y la negativa volvió a ser la tónica. «Si el hospital quisiera podría buscar la manera de que fuera posible el acompañamiento de los pacientes mayores, pero parece que nada cambia en este sistema sanitario», concluye.