Los coches ya circulan entre maquinaria sobre las coladas a las faldas del volcán de Cumbre Vieja. / cober/ gerardo ojeda

Levantar cabeza entre el duelo y las coladas

A nueve meses del fin de la erupción, las heridas del volcán de Cumbre Vieja siguen abiertas y queda mucho por rehacer

Carmen Delia Aranda
CARMEN DELIA ARANDA Las Palmas de Gran Canaria

Tal día como hoy hace un año, las entrañas de La Palma comenzaron a removerse. A las 3.18 horas de aquel sábado 11 de septiembre la tierra empezó a temblar y se inició el breve parto del volcán de Cumbre Vieja, un enjambre sísmico que contabilizó 25.000 pequeños terremotos en solo ocho días.

El más fuerte y superficial de ellos, de 4.2 de magnitud, se produjo sobre las 11 de la mañana del 19 de septiembre en Jedey. Ese era el punto donde se pensaba que la tierra se iba a rajar.

El semáforo de riesgo volcánico seguía amarillo, pero todo indicaba que la erupción era cosa de días. De hecho, esa misma mañana se inició el desalojo de las personas con movilidad reducida y de los animales de granja de aquella zona. Sin embargo, solo unas horas después, a las 15.12, hora local, el magma a presión se abrió paso más al norte, cerca de la pista de Cabeza de Vaca, para sorpresa de los científicos y agentes de seguridad que rondaban las proximidades del Monumento de la Virgen de Fátima.

A pocos metros de la capilla ahora hay una caseta de madera cerrando el paso a la carretera de San Nicolás. Se trata de uno de los puestos de vigilancia habilitados para disuadir a los curiosos de adentrarse en las faldas del cono volcánico. «Les informamos de qué pasó, cómo ocurrió, de los riesgos que entraña por los gases y el calor, de cómo lo hemos sentido y qué nos ha supuesto», comenta la vigilante. Todo lo que cuenta lo ha vivido. Su casa, situada a unos centenares de metros, sigue de pie, pero el peso de la ceniza hundió el tejado. A ella, como a gran parte de los habitantes del Valle de Aridane, el volcán le ha obligado a rehacer su vida.

La erupción terminó hace nueve meses, pero la recuperación de esta parte de la isla y de sus habitantes aún está comenzando. Quedan alrededor de 2.000 personas desalojadas; unas perdieron sus hogares, otras, unas 1.500, están a la espera de que cese la emisión de gases nocivos para volver a sus casas.

La parte más visible de este proceso de recuperación es la maquinaria pesada que salpica la superficie de las coladas. Este enjambre de martillos hidráulicos y excavadoras se esparce por la carretera que conecta La Laguna y Las Norias, por donde ya transitan los vehículos; por la incipiente carretera de la costa y la pista que atraviesa una de las dos fajanas creadas por el volcán, la más próxima a La Bombilla, construida para dejar paso a una tubería de riego.

El ruido de las máquinas asoma por otros lugares, porque también se están abriendo pistas de acceso para llegar a casas aisladas por la lava.

Las altas temperaturas, que en algunos puntos del borde de la carretera superan los 300 grados centígrados, dificultan los trabajos. Cuando las obras se topan con grietas que conectan con canales que aún conservan la lava incandescente en su interior, las máquinas se paran para dejar que se enfríen y para refrescar la zona de trabajo. De hecho, estas temperaturas impiden el uso del asfalto, que se reemplaza por un pavimento hecho con una mezcla ceniza, cal y salmuera.

Destrucción a medias

En La Laguna, con la mitad del casco destruido por la lava, aún se siente el olor a quemado y la vida cotidiana transcurre frente a la destrucción. Edificios invadidos por las coladas se mantienen en pie a duras penas junto a otros ilesos.

Algunas personas viven en casas literalmente sitiadas por la lava a las que acceden atravesando las propiedades de sus vecinos. Otras, ven las que fueron sus viviendas con las paredes rajadas y los techos hundidos y piden entrar en ellas por última vez acompañados de los bomberos para salvar unos pocos objetos antes de que las demuelan. «No quiero ni mirarla», dice una de las vecina cuya vivienda tiene la estructura afectada.

Unas y otras se reúnen sobre la lava con los responsables de las obras de la carretera que parte de La Laguna, rodeada ahora por la maquinaria pesada, además de por la lava. Hablan sobre la apertura de accesos a los edificios que sobrevivieron y de los planes de demolición para los que sucumbieron.

La alcaldesa de Los Llanos de Aridane, Noelia García, no duda en sumarse al encuentro para escuchar las peticiones vecinales.

« El Paso se llevó el volcán, Tazacorte se llevó las fajanas y Los Llanos, la desgracia», dice la alcaldesa empeñada en intentar ofrecer un horizonte a quienes han visto sus vidas quebradas por el curso de las coladas.

La misión es difícil. El duelo colectivo aún se palpa en el ambiente y la incertidumbre continúa, sobre todo en las personas desalojadas de Puerto Naos y La Bombilla que no saben cuándo podrán volver a sus casas. «Me preguntan: ¿hay algo que se pueda hacer para parar los gases? No, solo puedes hacer algo para manejar el riesgo», dice García.

Lo cierto es que pasados nueve meses del fin de la erupción, no hay indicios de que la emisión de dióxido de carbono esté descendiendo en estos núcleos costeros. El aire era 'normal' allí hasta noviembre. En ese momento, aparecieron nuevos salideros de lava al sur del cono y comenzaron a detectarse en La Bombilla y Puerto Naos concentraciones altas de dióxido de carbono incompatibles con la vida. Desde entonces, el Instituto Volcanológico de Canarias, el Instituto Geológico Nacional y el Grupo de Reserva y Seguridad de la Guardia Civil miden con asiduidad la emisión de gases, detectando concentraciones letales de C02 incluso al aire libre.

Quizá los desalojados por los gases volcánicos son actualmente los afectados más crispados. Les cuesta entender qué ocurre, por ello, los científicos van a explicarles sin intermediarios por qué no pueden volver a sus casas.

Y es que no todos los damnificados viven igual este duelo posteruptivo. «Hay quien ya ha superado esa etapa de duelo y están empezando con su nueva vida y trabajando a destajo. Hay personas que están empezando a salir de ese proceso de duelo y hay personas que ahora, pasado un año, miran con perspectiva y son conscientes de lo que han perdido», sostiene la alcaldesa.

«No podemos seguir como antes y el futuro tampoco está claro. Hay que vivir el día a día. Si piensas en el pasado y en el futuro, te mueres de pena», cuenta María Eugenia Jiménez, una afectada de Puerto Naos que procura no lamentarse. «Sería egoísta por mi parte. Al fin y al cabo, mi casa sigue allí aunque no sé cuándo podré volver», explica la voluntaria que vende recuerdos del volcán de Tajogaite en una tienda improvisada en la entrada a la iglesia de Tajuya para recaudar fondos para los afectados.

Entre los souvenirs solidarios, una camiseta recuerda los nombres de los núcleos que se tragó la lava; Alcalá, El Pastelero, Los Campitos, Las Vinagreras, Todoque, La Laguna, El Pampillo, La Costa, Los Guirres, Cabrejas, El Charcón y Las Hoyas. Lugares inexistentes que siguen figurando en los mapas de los turistas que visitan la isla, que en las últimas semanas ha registrado una ocupación del 91%.

Encontrar alojamiento para pasar unos días en La Palma es difícil. Con las 4.000 camas de Puerto Naos bloqueadas y las viviendas vacacionales desaparecidas bajo las coladas o empleadas en realojar a afectados, la oferta alojativa se ha reducido casi en un tercio.

La erupción también ha puesto en jaque al motor económico de La Palma; el plátano. Las coladas sepultaron el 20% del suelo productivo de la isla, borraron 228 hectáreas de plataneras y afectaron muchas plantaciones que no pudieron regarse o quedaron atrapadas por la lava.

Hace un año de la erupción, pero en el Valle de Aridane todo está comenzando ahora.