La iglesia cubana, aquella sátira canaria en plena dictadura

Un grupo de jóvenes canarios abanderó en los años 50 una serie de iniciativas con las que se reía del catolicismo. Todo ello en un ambiente «oscurantista y de opresión», cuenta Emilio Díaz Miranda, uno de sus fundadores.

Ni bailes, ni asambleas, ni grupos de hombres y mujeres en la calle. En este ambiente marcado por los dogmas de la religión católica y de opresión surgió en los años 50 en Canarias un movimiento con el que un grupo de jóvenes se burlaba de todos los preceptos impuestos y que adoptó el nombre de la Iglesia Cubana. Los muchachos se reunían en la que la que hoy se llama la Plaza de las Ranas, en Las Palmas de Gran Canaria, y allí discutían, reflexionaban y sobre todo ponían humor a aquellos años de pocas libertades y derechos.

Emilio Díaz Miranda, uno de los precursores del movimiento y que en 1970 fue preso político, explica que el obispo de esa época en Canarias, Antonio Pildain y Zapiain, no permitía los bailes ni fiestas populares e incluso cerró las puertas de la iglesia en una visita que hizo a la isla Francisco Franco ya que se oponía a que se celebrara un baile de recepción. En ese contexto, las gamberradas de estos jóvenes consistían en reírse de este puritanismo. Cuenta que él y sus compañeros llegaron a «poner sostenes a las estatuas de unas diosas que había en el Puente de Piedra» que comunicaba los barrios de Triana y Vegueta, en Las Palmas de Gran Canaria, y que los viernes, como no se podía comer carne, era justo lo que pedían en los bares. «Era una manera de provocar y de manifestarnos en contra de las normas que imponían, porque había leyes escritas y otras no escritas», subraya.

El nombre de Iglesia Cubana viene de «cuba de vino» y también por la dictadura de Batista, en Cuba, «que era muy corrupta, y nosotros también éramos una iglesia corrupta, en el sentido religioso, claro» Frente al «clericalfascismo imperante» se reúnen, discuten, leen y combaten la mojigatería sexual impuesta por el obispo.

Díaz Miranda, que además destacó por ser un reconocido nadador olímpico de la época, recuerda que escribió unos evangelios apócrifos (los no reconocidos como verdaderos) y que este movimiento también llegó a celebrar el festival de la canción atea. «La idea era desenmascarar las mentiras» y todo lo hacían «en plan cachondeo», pero en un contexto histórico y político en el que quien no comulgara con las ideas del régimen era perseguido.

De la Iglesia Cubana, anterior a Canarias Libre (movimiento que se forjó en torno al abogado Fernando Sagaseta) salieron nombres como el compositor Luis Hernández Crespo (profesos de Filosofía y padre de la Iglesia Cubana) Juan José Falcón Sanabria, Matías Díaz (conservador del Museo del Prado), Manuel Bello, Luis Alsó, Arturo Cantero o Augusto Hidalgo, padre del actual alcalde de la ciudad.

Para un joven como él, educado en colegios católicos y de familia religiosa, hasta donde él sabía hasta ese momento (muchos años después descubrió que su bisabuelo había sido jefe de la masonería), llegar hasta el punto de no creer en la Iglesia fue gracias a los libros. «Una vez le pregunté al cura por la Inquisición y me dijo que eran mentiras de los rojos y los masones; entonces, como mi padre era socio del Club Náutico, decidí ir a la biblioteca y consultar la enciclopedia Espasa, donde descubrí lo que de verdad significó».

La influencia de la religión era tal que, para conseguir su título de maestro, Díaz Miranda cuenta que necesitaba un certificado de buena conducta, certificados penales que probaran que no había estado en la cárcel, otro de adhesión al movimiento y otro de buena conducta moral religiosa. Sostiene que el hecho de ser nadador olímpico y que sus entrenadores lo apreciaran tanto, unido a que el cura le firmó un escrito en el que admitió «buena conducta moral» sin añadir el matiz de religiosa, ya que nunca iba a la iglesia, le permitieron obtener la titulación. «Gracias a que fue en 1969 porque un año después ya estaba preso», explica.

Empezó estudiando Ingeniería Industrial, pero lo dejó porque no era lo suyo. No obstante, de aquellos tiempos en esa facultad recuerda que los estudiantes publicaban un periódico. Ahí comenzaron sus problemas con la policía. Uno de los artículos que escribió versaba sobre el movimiento nazi y otro no lo firmó al considerar que no era tan polémico y lo dedicó a Unamuno, cuyas obras se encontraban entre las prohibidas por la Iglesia. El joven desconocía en ese momento que el obispo odiaba a este escritor y que llegó a dedicarle un artículo en el que lo catalogaba de «maestro de herejes» mientras que él, en el periódico universitario, lo calificó de «maestro de la juventud española», sin saber de la existencia de este artículo de Pildain y Zapiain. Este hecho supuso la queja de la Iglesia y que todos los escritores del periódico fueran interrogados para dar con el autor, aunque siempre mantuvieron que fue anónimo.