Pervive una tradición ancestral

Una trashumancia entre cenizas

14/10/2019

El pastor Miguel Moreno y sus 260 ovejas volvieron este año a recorrer el camino que separan los altos de Gáldar de Timagada, en Tejeda, aunque en esta ocasión, sus animales tuvieron que trashumar por terrenos carbonizados por las llamas. Esta tradición sigue viva en la isla gracias a Miguel y su amplio grupo de amigos.

El arte de la trashumancia en Gran Canaria sigue vivo porque aún algunos enamorados del pastoreo se enfundan el cachorro, cogen un palo y se aventuran a cruzar media isla para que sus ganados pasen el invierno en los altos de la isla. Gente como Pepe el de Pavón, Airam de San Lorenzo, Maximiano de Saucillo, Felipe Mendoza de Cueva Sosa, Félix de Moya, Domingo Moreno o su hermano Miguel, que es el protagonista de esta historia, mantienen un ritual que corre peligro de perderse, aunque en la actualidad sigue conservando esa magia especial heredada de nuestros antepasados.

Este año, Miguel Moreno desafió a la catástrofe en forma de incendios forestales que arrasó gran parte de nuestro monte verde y se aventuró a cruzar junto a su ganado de ovejas y carneros los 40 kilómetros que separan Los Silos en Hoya Pineda (Gáldar) de Timagada en Tejeda. «Aunque este año la cosa tiene truco porque yo tendré que ir en coche ya que estoy con la cadera fastidiada y apenas puedo caminar hasta que me decida a operarme», exclamó sonriente Miguel cuando llegó al punto de inicio. Allí, en los altos de Gáldar, se citó con su grupo de acompañantes entre los que se encontraban Heriberto Gil, Ismael García, un jinete a los lomos de su yegua Alabama y Carlos Moreno, un enamorado del pastoreo y que, con 16 años, vivía su primera trashumancia.

«Es que el animal suelto es salud, naturaleza y hasta la leche sabe diferente a la que sale de ovejas criadas en granjas», comentaba Miguel mientras llevaba el ganado a un puñado de plátanos que les cedió el Ayuntamiento de Gáldar para que pudiesen comer: «Y gracias a eso porque este año con el incendio no hay pasto para el rebaño, por lo que el concejal y el alcalde nos echó una mano», narraba este ganadero de 68 años que mantiene la tradición familiar trashumante inculcada por su tatarabuelo.

Arrancaron al alba del viernes desde Los Silos para llegar a la Cueva del Camello en Fagagesto, para el sábado emprender rumbo a la cumbre atravesando cenizas y pinos ennegrecidos: «La verdad es que es una lástima caminar por estas veredas que todos los años están preciosas y llenas de verde y ahora mira... todas negras», resumía Ismael García, el jefe de la expedición a la que se sumaron familiares y amigos de Miguel Moreno. La recompensa a tal esfuerzo llegó en Timagada y, tras el invierno, se traducirá en leche de calidad para los mejores quesos de la isla.

Una trashumancia entre cenizas
Un peregrinaje que tiene el relevo garantizado.

Miguel Moreno lleva toda una vida llevando de trashumancia a su ganado desde Gáldar a la cumbre pero su legado está a salvo porque cuenta con «un puñado de amigos y familiares que me acompañan y a los que le gusta estar con los animales», destaca. Es «que gracias a gente como Heriberto o Ismael me es más fácil porque quieras o no los años van pasando y a uno cada vez le cuesta más subir los montes hasta llegar al hotel», como llama él cariñosamente a las tierras en Timagada donde guarda el rebaño hasta que vuelva a llevarlo a finales de noviembre hasta los árboles de Palomino, en los altos de Gáldar y luego a su lugar de origen en Los Silos donde parirán corderos y serán ordeñadas.

Ese relevo generacional, al menos en el caso de Miguel, está garantizado con jóvenes como Carlos Moreno, que a sus 16 años vivió su primera trashumancia cumpliendo un sueño que perseguía desde hacía mucho tiempo. De padres agricultores, Carlos es un enamorado de los animales y desde muy pequeño siempre tuvo ovejas en su casa de Gáldar. «Tenía un puño de ovejas, diez o doce, para entretenerme y hace unos meses las quité porque empecé con las clases del Bachiller y me quitaban tiempo para estudiar», contaba mientras subía con el rebaño por los senderos de los pinos de Gáldar rumbo a la Cruz de Tejeda.

Una trashumancia entre cenizas

A los amigos de Carlos les «parece curioso cuando venían a mi casa a hacer trabajos y ven las ovejas y sobre todo si es la primera vez. Les resulta extraño, pero al final todos se acostumbran y hasta le cogen cariño a los animales».

Hay más jóvenes de su edad a los que les gusta cuidar de rebaños como Jorge en Lo Silos «aunque él al igual que yo también las quitó por los estudios».

Pero si algo tiene claro Carlos es que «desde que termine Bachiller vuelvo a tener mis ovejas. Según tenga mi nota de EBAU para entrar en la carrera, vuelvo a poner ovejas del golpe», exclama. Él reconoce que se siente «extraño» cuando llega a su casa y «no las veo. Estaba acostumbrado a que, según entraba y miraba abajo, estaban todas allí y les echaba un puñito de comida y las soltaba. Ahora que no están es un poco raro», afirma.

Aunque quiere estudiar medicina, reconoce que las ovejas son «su vida». «Piensa que la agricultura y la ganadería es de donde venimos y a día de hoy si no hubiesen agricultores y ganaderos moriríamos. Hoy en día nadie sabe plantar una papa».

Una trashumancia entre cenizas
Hasta el invierno.

Gran Canaria es la isla que aún mantiene viva y con fuerza la tradición de la trashumancia. Numerosos pastores continúan realizando traslados de su ganado desde zonas bajas hasta lo más alto el busca de pasto y que sus animales se reproduzcan de cara al invierno. La mayoría son pastores de ovejas del norte de la isla que mudan sus rebaños hasta medianías y cumbres. «Somos todavía un buen puñado de pastores los que trashumamos. La oveja es un animal noble e inteligente y además tiene un buen olfato, por lo que va comiendo por el camino todo lo que le hace bien y eso se nota luego en la leche», comentó Miguel Moreno. Enclaves como los de Lomo del Palo, Montaña Gorda y la zona alta de Fagagesto son los puntos de salida de estos rebaños hacia el centro. En la época de los aborígenes, cuando la ganadería era vital para la supervivencia de la población, ya se realizaban estas trashumancias que se siguieron llevando a cabo después de la conquista. Para Miguel, la trashumancia es «importantísima porque luego en Tejeda cuidamos el ganado, le damos agua y comida». Dijo que si hay buen tiempo, sus ovejas daban 150 litros de leche al día.

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