Tufia, mar, riscos, rocas y arena negra

26/08/2018

La princesa Abenohara se bañaba en sus aguas en compañía de sus doncellas. Siglos después, este rincón de Gran Canaria sigue siendo digno de la realeza, un extraño paraíso en el que el salvajismo de su paisaje convive con la sencillez y la grandeza de sus gentes.

Blanca E. oliver / telde

Esos ricachones que pasean en sus yates de 30 metros de eslora por los puertos de postín. Esas señoronas que caminan con su yorkshire con kiriki en una mano y desgastando unos manolos que cuestan un riñón...o los dos. Esos frikis con trajes de 3.000 eurazos y billeteras infinitas, que lucen su Rolex al volante del Lamborghini. Esos que gastan perras como si no hubiera un mañana, veraneando en Sorrento, Malibú o las Fiji...

¿Esos?

Esos no saben lo que es caminar descalzo por las rocas mojadas de un lugar cuasivirgen y con cinco estrellas en relax y desconexión. Donde se respira familiaridad nivel dios. Donde una abuela se desgañita desde su ventana, para que su nieto salga del mar porque no ha hecho la digestión. Donde puedes estar horas apoyada en una barandilla, contemplando a pequeños jugando con las olas y a jovencitas luciendo palmito y tonteando con el chaval que le hace tilín. Y, sobre todo, donde todos te reciben con una sonrisa y te tratan como si fueras de la familia.

¿Esos? ¡Nah! Esos no conocen de lo bueno lo mejor.

Esos no conocen Tufia.

Y es que antes de llegar, la boca ya se te empieza a hacer agua, porque el camino anuncia aventura. Asfaltado y estrecho, discurre por un paisaje árido y seco, con algún atisbo de vegetación y tramos que te obligan a besar el arcén, porque viene un coche de frente y aprecias mucho tus retrovisores.

El parquin tampoco decepciona. La zona civilizada tiene pocas plazas. La grande es la auténtica, la de tierra y piedras, por la que avanzas a dos por hora y a saltos.

Lo dicho, la boca agua y salivando sin tino.

Y sólo es el entrante...

El primer plato lo sirven nada más bajar del coche: un bofetón de salvajismo y belleza paisajística aderezado con esa empatía natural de los habitantes de un lugar que huele a mar, que sabe a mar y en el que hasta el cemento de las fachadas parece exudar espuma.

Así son. Gentes sencillas, amables y abiertas, que ofrecen una sonrisa como antesala al «hola». De esas personas que te acogen sin preguntar. Porque sí. Porque les nace. De esas raras avis en peligro de extinción en un mundo de prisas, estreses y caraslargas.

El segundo plato, el más suculento, es la playa. Un paraíso de arena negra al que no cuesta acceder. Parece que la naturaleza y los vecinos han querido ponerlo fácil, porque todo es cuesta abajo. Primero una bajada vertiginosa y, después, unas escaleras no menos encrespadas, flanqueadas por casas del más puro estilo marinero.

Y tras el último escalón, un ‘vergel’ de rocas oscuras, arena negra y aguas cristalinas que van más allá de lo calificable.

La playa no llega a los cien metros de largo y, mires hacia donde mires, ves zonas de rocas y riscos vírgenes, en donde familias, grupos y parejas se tumban a tomar el sol y desde los que los jóvenes gozan lanzándose al agua en modo tarzán indómito.

Es lo que hay: al frente, un mar en calma salpicado de barquitas; a la derecha, riscos; a la izquierda, riscos; y bajos tus pies descalzos, arena negra, fina y esas olas suaves que llegan, te mojan y se retiran. No se puede pedir más. ¿O sí?

al golpito. La jornada ha empezado tranquila, con los vecinos del barrio tumbados al sol, con la cabeza casi tocando el muro y las olas bañándoles los pies. Hoy hay marea alta.

La mañana transcurre... lenta, sin contratiempos. Y mientras las horas se van, la gente llega. Amenaza con llenar la arena y lo hace. Pero da lo mismo. Caben, cada uno al lado de los suyos y todos con todos. En familia. Y si no hay hueco, se les hace. Aquí no surgen pleitos ni malos rollos. Como dice Jonathan: «Todos tienen derecho a disfrutar de esta maravilla».

Tampoco hay bares ni terrazas ni vendedores playeros de polos o mojitos. La cerveza, el refresco, las bolsas de papas y los manises, o los traes de casa o los tienes que comprar en el chiringuito abierto en un rincón.

Una cerveza, un euro.

¡Y bien tirada! Doy fe.

Más allá del kiosco, un paseo minúsculo, de alrededor de treinta metros de largo, con viviendas blancas a la izquierda y una barandilla de cemento también blanco a la derecha. Un camnio de apenas tres o cuatro metros de ancho. Suficientes para que pase la carretilla donde Iván lleva la barbacoa. Al fondo, junto a las escaleras que bajan a las rocas, le esperan los amigos. Ese asadero promete.

Justo debajo de esa barandilla, esperas ver más ricos, y efectivamente los hay, pero están semirehabilitados’ y convertidos en una acera estrecha, construida nadie sabe por quién, en algunas noches de calor, con un bombo y una mezcla de piedras de la playa, cemento y bicarbonato, «porque así se seca antes».

Pura artesanía, nivel experto.

Sólo un pequeño espacio recuerda a la ciudad. Se trata de un pedacito de esa acera artesanal, que se ha cubierto con baldosas de tintes urbanitas, de colores crema y burdeos, colocadas con cierto orden y poco concierto. Son resto de un palet que alguien abandonó en una finca y que, ¡oiga!, hay que aprovechar, porque la cosa está muy apretada.

Y ese puñetero reloj que sí marca las horas ordena dejar del paraíso. No sin pena... y con esfuerzo, porque la misma cuesta que te empuja a entrar, te lo pone difícil para salir.

Se diría que Tufia no quiere que la abandones.

Lástima no poder quedarse...

Se mire hacia donde se mire, los riscos enmarcan una playa que es una auténtica joya de la naturaleza. Un capricho, en el que sus habitantes salen de sus casas y les basta recorrer unos metros para poder disfrutar de los placeres de un océano en calma y de unas aguas cristalinas. Arena oscura, riscos escarpados pero transitables y una arquitectura muy similar a los pueblos de pescadores de toda la vida son los protagonista de un paisaje que enamora a todos cuantos tienen el privilegio de contemplarlo.

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