Las claves del milagro de El Pino

16/05/2020

280 residentes y 325 trabajadores y solo cinco positivos. Es el balance de la incidencia de la Covid-19 en uno de los centros sociosanitarios públicos más grandes de la isla. ¿El secreto? El esfuerzo de la plantilla y el rigor en los protocolos

Unos 280 residentes, todos muy mayores, todos, población de riesgo, 325 trabajadores que entraban y salían, y solo cinco positivos, tres entre los residentes y dos entre los empleados. El balance hasta ahora de la incidencia de la Covid-19 en el centro sociosanitario El Pino, uno de los mayores de carácter público que hay en Gran Canaria, invita a pensar en un milagro. Algo ayuda el nombre, que alude a la patrona y que tanta devoción arrastra. Pero lo cierto es que detrás de este aparente milagro, apunta su director, Alejandro López, hay muchas horas de trabajo y de sacrificio, tanto personal como profesional, de los trabajadores, y hay una aplicación estricta y rigurosa de los protocolos sanitarios y de seguridad. En todo caso, aclara, el centro no baja la guardia. El virus sigue en la calle.

López no oculta que se vivieron días de «mucha angustia», sobre todo en las semanas-pico de la pandemia en España y en mitad de un clima de pánico desatado tras las numerosas muertes registradas en residencias de mayores de toda España. Es posible que en aquellos días los familiares llegasen a tener incluso la sensación de que la situación no estaba controlada, pero López subraya que internamente nunca se vivió así. En directa y permanente coordinación con el Instituto de Atención Social y Sociosanitaria (IASS) del Cabildo, organismo del que depende este inmenso complejo, El Pino se adaptó todo lo rápido que fue posible al nuevo escenario. Antes de que se decretase el estado de alarma, desde el 6 de marzo, ya se habían suspendido todas las actividades que supusieran aglomeración de personas y limitaron las visitas.

La empresa que gestiona este centro, ICOT, elaboró un plan de contingencia que detallaba las medidas. López, de memoria, enumera algunas. Los residentes fueron confinados en sus habitaciones, incluso hasta para comer, o como mucho, a sus pasillos de tránsito; se prohibió la movilidad del personal salvo casos imprescindibles; se sectorizaron las plantas 2,4,6 y 7, de tal manera que sus trabajadores solo podían desarrollar su jornada laboral en esa ala, y todos los técnicos (psicólogos, trabajadores sociales, fisioterapeutas, etc.) cesaron en sus funciones habituales. En la práctica, todos se readaptaron para lo que se les necesitara. Incluso a los usuarios con patologías de salud mental, a los que no se les puede limitar en exceso, se les brindó una zona de confinamiento más amplio, con acceso exclusivo a su propio patio.

Con todo y con eso, una de sus residentes enfermó y tuvo que ser hasta ingresada. Estuvo malita, pero se recuperó y ya vino de vuelta. A las otras dos que dieron positivo se les detectó en un cribado general. No tenían ni síntomas. Bastó con aislarlas del resto hasta que sanaron. Peor fue el trastorno que les supuso el contagio de la Covid-19 en dos trabajadoras. Una les obligó a tener en cuarentena a 47 empleados, y otro a 26. «Nos llegamos a ver en un momento determinado con 70 trabajadores menos». De verse con 20 enfermeros pasaron a 6 o 7. Pero salvaron la coyuntura. Contrataron personal y otros extendieron su jornada hasta las 12 horas. «La plantilla ha hecho un gran esfuerzo y se lo agradecemos».

Como es normal, un proceso así deviene en estrés psicológico, tanto para residentes como para trabajadores y familiares. Bien lo sabe Auxiliadora García, una de las cuatro psicólogas del centro. Experta además en psicología de emergencias y catástrofes, ha intervenido por problemas de ansiedad, miedo o angustia. Incluso ha tratado a los familiares y a los usuarios del centro de día, que también han sufrido por el cierre del servicio por la Covid-19. «La coyuntura nos ha obligado a hacer las sesiones por teléfono, no es lo mismo, pero funciona».

Por fortuna, lo peor ya ha pasado. Ahora andan metidos en la desescalada, tímida pero desescalada. Ya están llevando a los mayores por grupos al comedor, cada uno en una mesa y cuidando la distancia social de dos metros. Y se ha iniciado un programa de desescalada terapéutica. Analizan aquellos que hayan podido quedar con secuelas de movilidad, de nutrición y peso o con síndrome psicológico y les aplican un plan de recuperación individual. Las visitas aún deberán esperar.

«He pasado noches enteras sin dormir»

El director de El Pino admite que lo ha pasado mal. Y eso que asegura que el centro siempre contó con la ayuda del IASS y también de Sanidad del Gobierno canario. Apunta otra ventaja: en su equipo hay 6 médicos y 21 enfermeros que están muy encima de los mayores. Otras residencias no los tienen. Ahora ya están preparados para posibles nuevos casos. Han habilitado diez plazas en la quinta planta en una zona ya desinfectada y aislada para acoger a futuros positivos. Confía en no tener que usarla.

«Hacemos dos videollamadas a la semana para cada interno»

Juan Yánez Oliva, técnico en animación sociocultural, apunta el gran esfuerzo que se ha hecho para suplir las visitas con videollamadas. Tuvieron incluso hasta que dotarse de más recursos tecnológicos. «Ahora hacemos dos videollamadas a la semana con cada residente». Hay mayores, cuando las usan, que todavía preguntan qué hacen sus familiares en la tele. También les dan a leer cartas de voluntarios. Ahora buscan que se las manden vía audios.