Expertos atribuyen el desorden de la cueva a rebuscas de hace un siglo

09/11/2019

Instituciones como El Museo Canario pagaban entre finales del siglo XIX y principios del XX a quien le entregara cráneos o huesos largos hallados en enterramientos prehispánicos. O bien organizaban campañas con enriscadores

La que posiblemente sea la mayor cueva funeraria aborigen de Gran Canaria puede albergar restos óseos de más de 70 individuos, pero la imagen que luce hoy en día, con los huesos desordenados y revueltos, dentro y fuera de la cavidad, poco tiene que ver con la forma en que los hallaron los primeros que llegaron hasta ella, cuando aún no había sido manipulada. Sin embargo, y al contrario de lo que a priori podría pensarse, los expertos defienden la hipótesis de que este estado actual no obedece a alteraciones recientes, por lo que, en principio, no creen que haya sido víctima de expolio, tal y como se entiende hoy en día, sino que lo que se ve en las últimas fotos publicadas es el resultado de las rebuscas que se organizaban en los yacimientos entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, hasta los años 30 en que cambió la ley. Así lo sostiene, entre otros, el arqueólogo Xavier Velasco, del Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo.

La tierra mezclada con huesos era un bien codiciado como abono natural para los cultivos

Los historiadores consultados explican que en aquella etapa se hicieron varias campañas arqueológicas en busca de restos humanos prehispánicos, la mayoría organizadas por el propio Museo Canario. Pero entonces también era práctica habitual que se pagara a los vecinos que les trajeran estos materiales. No se abonaba por todos. Los que se cotizaban eran los cráneos y los huesos largos, de ahí que en las cuevas sepulcrales que ya han sido alteradas lo menos que hay son precisamente ese tipo de restos. Estos incentivos alentaban la manipulación de estos enterramientos.

Un ejemplo es esta última cueva sobre la que El Legado ha puesto el foco estos días. Está repleta de huesos, pero a simple vista solo hay tres cráneos. Julio Cuenca, que fue director conservador de El Museo Canario entre 1982 y 1998 y que ahora ejerce de director científico del proyecto Risco Caído y los espacios sagrados de montaña de Gran Canaria, señala que en aquel paso del siglo XIX al XX se hacían campañas para las que se contrataba a enriscadores (así se les llamaba) que vivían en el entorno de los yacimientos y que ayudaban a retirar los cuerpos, mortajas y momias más interesantes, por lo que hoy es difícil dar con una cueva que no haya sido manipulada, por muy inaccesible que sea.

Velasco apunta además otros tres factores: la forma de enterramiento en sí (solo se depositaban los cuerpos, por lo que con el tiempo los huesos se dispersaban), la acción de aves de cierto tamaño y una práctica constatada, al menos hasta el siglo XIX, de agricultores del entorno de estas cuevas que subían hasta ellas para extraer tierra mezclada con huesos que luego usaban como abono natural para sus cultivos.

Cuenca ve «descontrol» con los yacimientos

Julio Cuenca, que fue director conservador de El Museo Canario entre 1982 y 1998, aprovecha el interés desatado por las fotos publicadas por el grupo El Legado, formado por entusiastas de la arqueología, para advertir de los riesgos de difundir con pelos y señales la ubicación de los yacimientos arqueológicos. Aunque de entrada subraya el respeto con la que han tratado a esta cueva funeraria los integrantes de El Legado, también deja claro que no siempre es así. «Puede que un enclave de este tipo lo visiten 1.000 personas y no pase nada, pero basta que solo 3 o 2 sean unos desalmados para que el daño que puedan causarle sea irreversible».

Se pregunta Cuenca quién controla esto. «Nadie, pero porque no hay medios, no es culpa de un gobierno concreto, es que no hay recursos para garantizarles la protección». Ante una constatación así, dice que lo razonable es evitar difundir en exceso dónde están los yacimientos, al menos aquellos que no cuentan con las medidas necesarias para evitar su destrucción o deterioro. «Por eso me he cansado de alertar del peligro que supuso que se editara una guía del patrimonio arqueológico, que, además, se sigue reeditando, donde te dicen cómo puedes llegar a yacimientos muy frágiles que, sin embargo, están completamente desprotegidos», advierte Cuenca.

Pone ejemplos. Cita las Cuevas de la Audiencia, en Agüimes. «He visto fotos con 40 personas allí dentro; una locura». Es partidario de poner en uso y hacer visitables los enclaves prehispánicos, pero siempre que antes se haya garantizado su protección.

Sobre esta última cueva funeraria apunta que él mismo formó parte del equipo que redactó un plan especial de conservación y restauración de la zona en la que se halla y en el que se hizo un completo estudio arqueológico del espacio. Sin embargo, lamenta, nunca se aprobó.