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Beatriz de York y Edoardo Mapelli salen de la capilla de Windsor, donde se dieron el sí el 17 de julio. R. C.
Novias sacadas de un cuento de verano

Novias sacadas de un cuento de verano

El aire retro se ha colado en dos bodas reales con un denominador común: compuestas, con novio y sin invitados

Domingo, 16 de agosto 2020

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¿Quién dice no a una buena fiesta en verano? ¿A quién no le gusta acicalarse, lucir un buen maquillaje sobre el bronceado y un vaporoso vestido estampado para acompañar a la novia en su gran día estival? Pues van dos de dos. Que ni una ni la otra. Dos princesitas que se han quedado compuestas, con novio y sin invitados. Una por deseo propio, otra por el dichoso coronavirus. El caso es que, así, imposible que alguien haga sombra a la protagonista del día. Aunque, para ser justos, si se hubiera presentado una legión nadie hubiera eclipsado a estas novias sacadas de cuento. Vintage. Del ayer.

Hace unos días se cumplió un año de la boda religiosa de Carlota Casiraghi, que acaba de estrenar los 34. A plena luz del día, pero con alevosía. Sin previo aviso. Como la de la princesa Beatriz de York hace apenas unas semanas. La joven princesa de Mónaco, icono de elegancia y belleza, tras haber maravillado en la ceremonia civil en un claro homenaje a su abuela Grace, dejó boquiabierto a más de uno con un diseño de Giambattista Valli que recordaba –era un calco, pero sin serlo– al vestido que lució su madre Carolina a finales de los setenta en su boda con Philippe Junot. Curioso homenajear a una madre cuando se casa con un hombre que no es tu padre.

De la ceremonia de la primogénita de Raniero y Grace fue testigo directo el mundo entero, quedó aquella boda archivada en la memoria de unos y en las hemerotecas de las redacciones del planeta. De la de Carlota con Dimitri Rassam solo se distribuyeron dos instantáneas. Suficientes para descubrir un vestido delicado y romántico, de aire vintage, con un falso escote de estilo Bardot adornado con una capa de tul con flores bordadas, volante en el pecho, mangas semitransparentes y una voluminosa falda con volantes bordados. Una novia de diez.

La princesa infinita

A Beatriz de York, nieta de la reina Isabel, le acompañó todo en su empañado gran día. Hasta un sol radiante. Pero el escándalo en el que está envuelto su padre, el príncipe Andrés, y las restricciones del coronavirus provocaron que fueran menos invitados que dedos tiene una mano. A Beatriz, quien encarna el símbolo del infinito (nació el 8 del 8 del 88), sí, ha llegado a los 32, le acompañó el vestido y las joyas que cualquier novia hubiera soñado. También su abuela, la longeva monarca que con gestos como el que hizo con su nieta demostró que no es tan fría, que deja a las claras quién es de la familia y quién una recién llegada.

Porque a Beatriz Isabel María le permitió coronarse con la misma tiara con la que Isabel de Inglaterra se desposó con el príncipe Felipe de Edimburgo, quien, todo hay que decirlo, a sus 99 años luce una planta imponente. En su boda con el italiano Edoardo Mapelli, que aporta un hijo al matrimonio, la hija de Sara Ferguson –una pena no saber qué atuendo eligió– sacó brillo a la tiara Fringe, con 47 barras de diamantes divididas por puntas de metal, la misma que Isabel II se colocó en su boda en 1947. Ysi podía parecer poco, se enfundó –con algún arreglo– un diseño que Norman Hartnell creó en los sesenta para la Reina de Inglaterra. El resultado salta a la vista. La duda es saber si este conjunto era su elección inicial o bien fue gestándose durante los duros meses de confinamiento.

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