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La familia real británica en 'The Crown'. / RC

Temporada 5 de 'The Crown': la familia disfuncional

En los episodios estrenados en Netflix no solo asistimos a los desastres matrimoniales de los hijos de Isabel II, sino también a la tirante relación entre la prensa y los Windsor

Rosa Palo
ROSA PALO

La quinta temporada de 'The Crown' no comienza y acaba en los muros del palacio de Buckingham, sino a bordo del yate 'Britannia', la residencia favorita de la reina. Y la obsolescencia y la decrepitud de ese barco majestuoso, que había sido botado por Isabel II al principio de su reinado, es la metáfora que utiliza Peter Morgan para mostrarnos, a lo largo de los nuevos 10 episodios de la serie, a una monarquía enmohecida que vive anclada en el pasado, que se resiste a abandonar sus privilegios, que no se adapta a unos tiempos cambiantes y por la que el pueblo británico empieza a sentir una cierta desafección.

Ese desfase temporal entre la corona y sus súbditos ya aparece en otros episodios de 'The Crown', pero nunca de una forma tan frontal como hasta ahora. Además, la producción se centra en otros aspectos de esta nuestra familia disfuncional favorita, la única capaz de ocultar su desestructuración bajo capas de armiño, joyas, boato y siglos de tradición: no solo asistimos a los desastres matrimoniales de los hijos de Isabel II (se divorcian Carlos, Andrés y Ana), a la debacle que ello supone para una institución que tiene al matrimonio como piedra angular o a la poca simpatía que sienten los británicos por el príncipe Carlos y la mucha que experimentan por Diana, sino también a la tirante relación entre la prensa y la familia real, que unas veces intenta aprovecharla en su beneficio y, otras, es implacablemente masacrada por los tabloides.

La tercera parte de 'The Crown', formada por esta quinta temporada y por la que será la sexta y última, ha sido objeto de diversas críticas: desde que cuenta hechos que no sucedieron en realidad (resulta extraño tener que explicarles a John Major y a Judi Dench, que se han manifestado abiertamente en contra de estos episodios, lo que es una ficción) hasta que Dominic West es muchísimo más guapo que Carlos de Inglaterra (y sí, claro que lo es), pasando por el hecho de que retrate a Lady Di como a una niñata caprichosa, vanidosa y de mohínes exasperantes. Pero, sobre todo, se le ha reprochado que narre los vaivenes amorosos de la familia real con un tono amarillista. Y cómo no hacerlo: esa casa fue, y sigue siendo, un culebrón, y todos los que teñimos canas recordamos las escandalosas portadas que los Windsor nos regalaron en los años 90.

Precisamente es nuestra memoria la que ha añadido una crítica más a esta temporada: los sucesos que cuenta son tan recientes que nos creemos con derecho a enmendarle la plana a Peter Morgan. Habrá que recordarlo una vez más: 'The Crown' es ficción. Y de la buena. Por eso al creador no le tiembla el pulso a la hora de dramatizar hechos que evocamos con claridad: se atreve con el 'tampaxgate', con los tejemanejes que se llevaba la princesa de Gales con Andrew Morton para convertir 'Diana. Su verdadera historia' en la biografía de una mártir y con la famosa entrevista que Diana concedió a la BBC un 5 de noviembre, justo el día en el que se rememora el fallido atentado de Guy Fawkes contra el Parlamento británico. Y no, no fue una fatal coincidencia. Es por ese motivo, por su capacidad para dinamitar la monarquía hasta sus cimientos, por el que los asuntos de cama de esta familia van más allá del morbo truculento y del entretenimiento popular. Y a quién no le va a gustar revivir todos esos momentos acurrucándose en el sofá y echándose una manta por encima. Aunque no sea de cashmere.