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Imagen promocional de la serie. / RC

'La liga de los hombres extraordinarios': el crepúsculo de los dioses

El documental de Movistar habla de un tiempo en el que los presidentes de los clubes eran más ultras que los propios ultras

Rosa Palo
ROSA PALO

Si los 80 fueron nuestros, los 90 fueron de ellos. De Lendoiro, Lopera, Gaspart, Caneda y del Nido, presidentes del Deportivo de la Coruña, Betis, Barça, Compostela y Sevilla, respectivamente. Todos hombres (muy hombres) y, en cuanto que gozaron de una popularidad inusitada, extraordinarios. Incluso hay alguno extra-ordinario. Por chabacano, digo. Como los tiempos que vivieron.

Aquellos años fueron muy pedestres, sí. Pero no viene mal volver la vista atrás para ver cómo hemos cambiado. Y por eso, por ir más allá de lo meramente deportivo y abarcar la sociedad de una época, el documental 'La liga de los hombres extraordinarios' (disponible en Movistar) es perfectamente disfrutable tanto por un futbolero de pro como por una lega en la materia, que servidora entiende de fútbol lo mismo que de química orgánica. Mira, igual que Teresa Rivero, que llegó a presidir el Rayo Vallecano sin saber lo que era un fuera de juego.

'La liga de los hombres extraordinarios' es obra de Producciones del Barrio (con Jordi Évole a la cabeza) y Producciones del K.O., una extensión de la estupenda editorial Libros de K.O. que en tiene en su catálogo 'Hooligans ilustrados', colección que reúne las miradas futboleras de autores como Manuel Jabois, Quique Peinado o Lucía Taboada. Los tres intervienen en la serie junto a Mónica Marchante, José Ramón de la Morena, Olga Viza, Alfredo Relaño y otros especialistas en el tema, además de antiguos entrenadores y ex futbolistas. Pero los verdaderos protagonistas son los cinco hombres del título (y qué título tan bien elegido) y las historias que cuentan mirando a cámara, sentados en el centro de salones de dorados y caobas y ocupando todo el espacio con palabras que retratan un país que se construyó sobre unos cimientos de cartón piedra.

Ahí están ellos: Lendoiro y su pelazo, Caneda y su retranca gallega, Lopera y sus estampas de santos, un Gaspart transmutado en Mr. Burns y un José María del Nido que es definido acertadamente por el abogado deportivo Sabino López como un «Jesús Gil estudiao». Porque Jesús Gil, el hombre más extra-ordinario de todos, está presente a lo largo y ancho de la narración: peleándose con Caneda, llamando negros a los jugadores del Ajax, justificando la corrupción propia y ajena o metido en un jacuzzi rodeado de pimpollos. Y esas apariciones de Gil son el reflejo perfecto de los diferentes temas que, en cinco capítulos, aborda el documental: la cobertura mediática, el machismo, el racismo, los escándalos financieros y la violencia dentro y fuera del campo. Hablamos de un tiempo en el que los presidentes de los clubes eran más ultras que los propios ultras, en el que las mujeres no podían acceder a los palcos y eran consideradas un mero objeto (es imposible recordar sin sonrojarse aquellas contraportadas del As o el 'Goles son amores' de Manolo Escobar) y en el que algunos dirigentes se vieron inmersos en escándalos financieros por hacer de su club un sayo.

Para ilustrar estas cuestiones, 'La liga de los hombres extraordinarios' cuenta con un importante archivo documental de testimonios de los protagonistas, no solo de los que se ponen frente a la cámara, sino también de Ramón Mendoza, Teresa Rivero o Josep Lluís Núñez. Y esas declaraciones se intercalan con imágenes a ritmo de canciones noventeras magníficamente elegidas.

La serie se ve con una media sonrisa, entre la estupefacción y la nostalgia. Igual que cuando te topas con una foto en la que tienes veinte años. ¿Así fuimos? Sí. Fuimos un país esperpéntico en el que Teresa Rivero amenazaba con el bolso a los jugadores, en el que Lopera colocaba su busto detrás del asiento de José María del Nido o les regalaba a los futbolistas del Betis cheques regalo de El Corte Inglés ('petisús' los llamaba), en el que Lorenzo Sanz declaraba persona non grata a Joan Gaspart y en el que los dos periodistas deportivos más importantes del momento se insultaban micrófono mediante.

Pero también fuimos un país en el que los hombres ordinarios lloraban y sufrían por sus colores, tanto como los hombres extraordinarios que presidían aquellos clubes, unos tipos volcánicos capaces de decir lo primero que se les pasaba por la cabeza, de agredirse verbalmente (y hasta físicamente) y de montar espectáculos que alegraban las noches de radio. Hoy, el fútbol está en otras manos. Más suaves y con la manicura hecha. Pero menos sandungueras.