El detective privado Rómulo Aitken contrata a Sergio Chamy para una misión muy delicada.

Un agente secreto del Imserso

'El agente topo', la única producción española presente este año en los Oscar, es un documental 'sui generis' que rezuma ternura y amor por nuestros mayores

Oskar Belategui
OSKAR BELATEGUI

George Smiley acostumbraba a limpiarse las gafas con el forro de la corbata. Es un gesto que identifican los lectores del espía creado por John Le Carré y que dotaba de vulnerabilidad a un personaje que en el cine adoptó los rasgos de, entre otros, Alec Guinness y Gary Oldman. Sergio, el protagonista de 'El agente topo', tiene problemas con su iPhone. Le cuesta grabar mensajes de voz y enviar wasaps. Claro que Sergio tiene 83 años y no está familiarizado con las nuevas tecnologías. Como Smiley, Sergio es pacífico y astuto. Cornudo no, porque es viudo. A Sergio le van las emociones fuertes, por eso se presentó a un anuncio en la prensa que pedía gente mayor, muy mayor, para infiltrarse en una residencia de ancianos y comprobar el trato a una de las internas. Si hubiera leído 'El espía que surgió del frío', Sergio estaría de acuerdo con esta frase: «El trabajo de espionaje tiene una sola ley moral: se justifica por los resultados».

Vídeo. Tráiler de 'El agente topo'.

'El agente topo', en los cines desde este viernes, culmina el carrerón que empezó en Sundance y San Sebastián con la nominación al Oscar al mejor documental. Documental, sí, o al menos eso defiende su directora, la chilena Maite Alberdi, que quería llevar al género elementos tan poco característicos de lo que entendemos por documental como son un detective privado y una residencia de ancianos. La única producción española presente este año en los Oscar (en coproducción con Chile, Estados Unidos, Alemania y Holanda) parece ficción, pero Sergio se llama en realidad Sergio Chamy Rodríguez, tiene 87 años, trabajó como comerciante hasta que su negocio quebró y nunca se había puesto delante de una cámara. El investigador que le contrata, Rómulo Aitken, es un expolicía que proporcionó a Alberdi la idea de meter un topo en la residencia. Al 'casting' con el que arranca el filme se presentaron 56 jubilados que fueron entrevistados por Aitken hasta seleccionar a Sergio, más cerca de Anacleto que de James Bond.

Maite Alberdi grabó cerca de 300 horas en el geriátrico. Los internos, no hay que decirlo, se interpretan a sí mismos. A semejanza del detective, la directora esperó y esperó a tener pruebas partiendo de la observación de los demás sin delatarse como espía. Pero pronto comprendemos que la trama no tiene demasiada importancia en 'El agente topo' frente a la experiencia de su protagonista y al retrato de un microcosmos que no suele aparecer en el cine y que, por desgracia, ha vivido un infierno en este año de pandemia.

La comedia de espías deja paso al drama tierno. Al humor que generan las actividades secretas de Sergio armado con unas gafas-cámara le sucede la humanidad (real) del anciano, que acaba haciendo la vida más fácil a sus compañeros. Sergio entiende que el verdadero maltrato en la residencia es la soledad de los viejitos, a los que apenas visitan sus familiares. Y hasta se convierte en un galán deseado y coqueto que tiene que quitarse de encima a las pretendientes. A estas alturas, el espectador hace tiempo que ha dejado de preguntarse cómo han logrado pasar desapercibidas las cámaras de la directora en el día a día de la residencia.

Una imagen de 'El agente topo'.

Maite Alberdi ya demostró en 2014 su minuciosidad en otra tragicomedia entrañable, 'La Once', para la que filmó durante cinco años a su abuela y el grupo de amigas con las que se juntaba una vez al mes ¡los últimos 65 años! para tomar el té. Otro documental de observación con truco, que revelaba su habilidad para bascular entre el humor y el drama sin caer en el sentimentalismo. Mirar y escuchar. Ya lo decía Le Carré en 'El topo': «Hay momentos que se componen de demasiadas cosas para que puedan ser vividos en el momento en que ocurren».