Opinión

La crisis de Rajoy

26/05/2018

La justicia es lenta pero funciona razonablemente: se condena al PP que es, a fin de cuentas, el partido que sostiene al Gobierno de Mariano Rajoy. Es lo normal en términos de salud democrática, pero podría no serlo (con las siglas que se tercien) y, por lo tanto, tendríamos un problema aún mayor en el sistema político. En suma, el peso de la justicia debe recaer sin miramientos de poder.

Ahora bien, el problema político a partir de ahora es de notable envergadura. Lo suyo es que Rajoy dimitiese o, como mínimo, dijera que no va a repetir como candidato y que se abre la crisis sucesoria interna para relanzar a una organización que requiere medidas urgentes. Es verdad, lo segundo suena a poco a raíz de la categoría de la sentencia. Pero, siendo realistas, Rajoy tiende siempre a atrincherarse, ganar tiempo y así pensar (no sin razón en ocasiones) que la memoria de la opinión pública es olvidadiza. Resiste como prohombre conservador, no conoce precipitaciones ni impulsos pasionales.

Con todo, proliferan los casos de corrupción justo en aquellas regiones donde el PP dominaba electoralmente: Madrid y la zona del Mediterráneo. Escándalos que se han ido gestando con independencia de que fuese en la era de José María Aznar o con Rajoy, pues afecta estructuralmente al partido. Y no a cualquiera sino al que ha sostenido el bipartidismo (reedición del turnismo de Cánovas y Sagasta según Podemos) por el eje del centroderecha.

Es decir, la corrupción perjudica al que lo perpetra pero también daña, no seamos ilusos, al denominado sistema. Por eso se antoja imprescindible la autocrítica y las decisiones contundentes. Sin embargo, Rajoy no dimitirá. Y, por su parte, no es realista que resuelva adelantar las elecciones generales cuando precisamente el PP se acaba de garantizar culminar la legislatura amén de los Presupuestos Generales del Estado de 2018. La otra opción es la moción de censura que presenta el PSOE que difícilmente prosperará dada la aritmética parlamentaria actual. Todo es ciertamente paradójico. Tanto o más como resulta la elevada fragmentación de la Cámara que responde a un tiempo de cambio político todavía por definir. La única certeza es que, sentencias como esta, acelera los acontecimientos. Si en el cuartel general de Génova sostienen aún supuestas comparecencias públicas a través de una pantalla de plasma, costumbre de la casa, el declive de los populares persistirá. Y, de alguna forma, alimentará esa sensación política por la cual Ciudadanos asciende a costa de un PP, ya condenado, que se percibe incapaz de aportar sus esfuerzos al mantenimiento del espíritu alargado del 78. No estamos ante un problema que se ciñe solo a Rajoy sino a un frente político abierto que menoscaba, gradualmente, los cimientos del sistema de partidos.