José Ibarrola

De la granja a la ruina

Agricultores y ganaderos son los primeros interesados en contribuir con la defensa del medioambiente y la lucha contra el cambio climático

JUAN IGNACIO ZOIDO Eurodiputado del PP y portavoz de Agricultura del Grupo Popular Europeo en el Parlamento Europeo

De la granja a la mesa. Con este nombre bautizó la Comisión Europea a la estrategia con la que pretende mejorar la sostenibilidad medioambiental del sector agroalimentario europeo. Un objetivo ciertamente loable, que compartimos plenamente desde el Partido Popular. Sin embargo, la clave no reside en el qué, sino en el cómo. El camino marcado por el texto de la estrategia para conseguirlo se olvida de la granja, se olvida de la mesa, y puede condenar al conjunto del sector agroalimentario europeo a la ruina, algo que el PP no va a tolerar.

La estrategia establece una serie de restricciones al uso de pesticidas, fertilizantes, antibióticos y, en definitiva, a las herramientas con las que cuentan los agricultores para producir sus alimentos de manera segura y suficiente para garantizar el abastecimiento. El problema con estas restricciones es que no se han basado en evidencias científicas ni un detallado estudio de impacto, sino meramente en prejuicios ideológicos.

Tanto es así que el vicepresidente socialista Frans Timmermans, el principal impulsor de esta estrategia, trató de ocultar un estudio realizado por la propia Comisión Europea, que alertaba de las graves consecuencias que tendría la implementación de esta estrategia. En concreto, el estudio pronosticaba un descenso de hasta el 15% en la producción de muchos sectores agrícolas, con el consiguiente descenso de ingresos para los agricultores y sus familias, una importante caída de las exportaciones, y un aumento de en torno al 10% de los precios de los alimentos.

Si atendemos a la producción de alimentos, cualquier reducción resulta preocupante. Vivimos en un planeta con 7.000 millones de habitantes, sumido en una gran explosión demográfica, que hará que lleguemos, según estimaciones de Naciones Unidas, a cerca de 10.000 millones de habitantes para 2050. Un mundo con cada vez más bocas que alimentar, en el que el hambre todavía sigue siendo un problema sin resolver, no puede permitirse perder capacidad de producir alimentos. El productivo sector agroalimentario europeo es y debe seguir siendo parte de la solución a este problema.

En la misma línea, no podemos olvidar que la Unión Europea es la mayor potencia exportadora de alimentos del mundo. Nuestros productos agroalimentarios, desde el aceite de oliva andaluz al queso parmesano, son símbolo de calidad en las mesas de todo el planeta. Esta demanda internacional supone una gran fuente de crecimiento económico y de empleo que no podemos desaprovechar. En el caso de España, esto es todavía más importante. Un 19% del total de las exportaciones de nuestro país son productos agroalimentarios, una de las cifras más elevadas de toda la UE. La industria agroalimentaria española lidera nuestras exportaciones, por lo que deberíamos ayudarle a seguir ampliando sus horizontes en nuevos mercados, no imponerle trabas.

Tampoco es de justicia que demos la espalda a los agricultores y ganaderos europeos, aquellos que en los tiempos más duros de la pandemia no dudaron en seguir al pie del cañón, trabajando en sus explotaciones para garantizar el abastecimiento de todos los supermercados y de todos los hogares. Lo mínimo que podemos hacer ahora es escuchar sus reivindicaciones. Y lo que están pidiendo en estos momentos es un ritmo más realista para los objetivos que marca la estrategia. Agricultores y ganaderos son los primeros interesados en contribuir en la defensa del medioambiente y la lucha contra el cambio climático. Pero también son los que mejor saben cómo se pueden alcanzar los objetivos de la manera más eficiente.

Sin embargo, no es una cuestión que afecte únicamente a agricultores y ganaderos; los consumidores europeos resultarán también gravemente perjudicados por la inflación del precio de los alimentos. Una inflación que se suma a la escalada de los precios de los combustibles, la electricidad o el alquiler, y que está elevando el coste de la cesta de la compra a niveles récord.

Según reconocía la propia Comisión Europea antes de la pandemia, más de 30 millones de europeos no pueden permitirse adquirir alimentos de calidad a diario. Si esto era antes de la pandemia, todo hace indicar que con la crisis económica que atravesamos y el esperado aumento de los precios, serán muchos más millones de europeos los que no puedan permitirse comprar alimentos de calidad.

La Unión Europea no puede permitirse producir alimentos únicamente para unos pocos, sino que debe ser capaz de proveer alimentos de calidad a precios razonables para todos los europeos. Con este objetivo nació la Política Agrícola Común y con ese objetivo se agruparon los países europeos después de la Segunda Guerra Mundial en busca de una prosperidad común. Jamás olvidemos, por tanto, de dónde venimos. Jamás olvidemos que una agricultura productiva fue uno de los pilares fundacionales de la Unión Europea y deberá seguir siéndolo en la Unión Europea del futuro.