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Fractura social SAD

Martes, 3 de octubre 2017, 19:45

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Entre las virutas que al caer van erosionando el antiguo valor sociológico del fútbol destacan el intercambio de cromos, y cómo, en buena parte del discurso, las corbatas y los despachos han ido ocupando el espacio en los papeles que únicamente debía corresponder a los futbolistas y al balón.

Ahí queda la Unión Deportiva, antiguo vertebrador social de una isla que compaginaba su desarrollismo urbano con una generación de jugadores irrepetible. Una época que convirtió al representativo en ficha de identidad de toda una isla. Siempre con el amarillo y azul, sobre telajes rudimentarios, como única enseña y con la genética de su juego como verdadero acervo.

Por eso para muchos fue doloroso el aspaviento de la bandera en el pecho en el Camp Nou; una traición a la única esencia que debería vertebrar a la afición: el sentimiento de pertenencia a su equipo como única patria en día de partido.

Una afición que ya se siente muy distante de un club que ha sido incapaz, en casi tres lustros, de construir una masa social mayor que la que le acompañaba sobre el cemento del Insular en la mudanza a un estadio de cinco estrellas. Un seguidor que comprueba en su cartera la usura en los precios de las entradas que es moneda corriente en un fútbol cada vez más ¿profesional?, y menos apegado al arraigo. Porque en Barcelona Las Palmas salió a defender el orgullo patrio con tres argentinos, un brasileño, un uruguayo, un italiano y un marroquí.

Es posible que hoy todo debate pegado a las decisiones de un club de fútbol quede desarticulado por su razón social como sociedades anónimas, despojados los socios del derecho a voz y voto. Y en casos como el de la UD, por una inversión económica tan potente en el refuerzo de sus despachos y sus propios medios de comunicación como en la confección de su plantilla.

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