Por si le interesa

¿Y a quién le sorprende lo del Supremo?

07/11/2018

Gaumet Florido

Estaba cantado. El Tribunal Supremo se ha puesto de lado de los bancos y ha mandado a hacer gárgaras a los clientes, es decir, a los ciudadanos de a pie. El dichoso impuesto de marras que grava las hipotecas lo tendremos que seguir pagando los que adquirimos la casa, por lo que el alto tribunal español mantiene la jurisprudencia que venía defendiendo hasta ahora y deja sin efecto el viraje que pudo producirse semanas atrás tras una sentencia que decía lo contrario, que obligaba a pagar a los bancos. ¿Acaso hay alguien que se sorprenda? ¿Quién se esperaba una decisión contraria al establishment económico que lleva las riendas de esta frágil democracia?

¿Quién se esperaba una decisión contraria al establishment económico que lleva las riendas de esta frágil democracia?

Por los bancos, lo que haga falta. Que hay que rescatarlos, se les rescata. Que hay que poner en tela de juicio la credibilidad y la independencia como institución del más alto tribunal español, pues se pone. Todo sea por la patria, al menos por la patria que entienden estos que copan la nomenclatura capitalista de este país, la patria del dinero. Pero, a decir verdad, esta decisión no hace sino refrendar una tendencia de unos años para acá en la que asistimos a un preocupante divorcio entre el pueblo y las instituciones que deben velar por sus intereses. Ha pasado ahora con el Supremo, pero llevamos años sufriéndolo con las políticas económicas de los gobiernos de turno (empezó Zapatero y le siguió Rajoy) y con los hombres de negro de la UE y su crueldad austericida.

Lo que importa, y los que deciden ahora la política de un país o de la UE, son las primas de riesgo, los mercados, el Club Bilderberg... Y de aquellos polvos vienen estos lodos. De esa falta de necesaria comunión entre el pueblo y los que lo representan bebe esa inquietante, y a veces, alarmante, huida hacia adelante, o hacia atrás, que suponen los populismos rupturistas que empiezan a campar por Europa, sobre todo los de ultraderecha. Juegan con el justificado cabreo de la gente y medran a costa de sus más bajos y escabrosos instintos para, no se equivoquen, sacar también tajada de la tarta que ahora no les dejan probar.

Los que de verdad crean en la democracia deben tomárselo en serio. Basta echar un vistazo a lo que pasó en el periodo de entreguerras en el siglo XX. Esto empieza a oler mal.