«Aquí se viene antes»

Debería Albares mirarse en el espejo de González Laya

Francisco Suárez Álamo
FRANCISCO SUÁREZ ÁLAMO

El diputado Aitor Esteban, portavoz del Partido Nacionalista Vasco en el Congreso de los Diputados, es posiblemente de lo mejorcito en esa asamblea. No solo por la dialéctica, que también, sino por su capacidad de maniobrar, pues demostró cómo su partido fue capaz de mantenerse al lado de Mariano Rajoy hasta el instante en que llegaron a la conclusión que la suma del otro bando era posible y les interesaba más, con lo que dejaron solo al presidente popular. A partir de ahí comenzó el cambio que llevó a Pedro Sánchez a La Moncloa.

La intervención de Aitor Esteban el pasado miércoles en el Congreso, en la comparecencia del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, fue contundente. En las formas, manteniendo, eso sí, el respeto, que es marca de la casa en Esteban, y en el fondo. Se resume en la frase que encabeza este artículo y que creo que expone mejor que ninguna otra el principal fallo de Pedro Sánchez en su estrategia con Marruecos: no haber explicado lo que iba a hacer, con qué motivos, con qué objetivo y, sobre todo, con qué apoyos.

La carta de Sánchez al rey de Marruecos puede estar llena de buenas intenciones. Es más, estoy convencido de que es así. Como también lo estoy de que Sánchez maneja información clave, e igualmente quiero pensar que hay una estrategia fijada, como también estoy convencido de que Marruecos es un aliado estratégico, que nos gustará más o menos en sus formas internas -eso es lo que se llama soberanía y funciona en todas las direcciones- pero con el que hay convivir. Pero todo eso cae por su propio peso cuando tenemos en cuenta que la carta la firma en calidad del presidente del Gobierno de España, de un Gobierno que no sabía en su conjunto que esa carta se redactaba y se mandaba -así lo han demostrado Yolanda Díaz y el resto de representantes de Podemos-, y que tampoco contaba con el aval del Parlamento. Y esto es clave porque España es una monarquía parlamentaria, donde las decisiones de Estado deben contar con el aval de los representantes de la soberanía nacional. Es más, si la carta la hubiese firmado Felipe VI pues igual el debate sería otro, pero, como señaló Esteban, en un asunto de calado exterior, se va antes al Congreso. Y si la excusa es que hay secretos de Estado que no se pueden contar en público, pues para eso hay una comisión parlamentaria que digiere los secretos.

Debería tener cuidado Albares y mirarse en el espejo de González Laya. Ella también ejecutó en secreto una operación de Estado y le costó el cargo.