Bardinia

Venezuela, Clausewitz y Foucault

29/01/2019

Michel Foucault fue un filósofo del siglo XX que dijo que la política es la guerra continuada por otros medios, y sumaba a la misma idea el derecho, que desde las revoluciones emanadas de la Ilustración van más unidos que nunca, porque se supone que la política se ejerce para ordenar una sociedad a través de leyes. Su concepto jurídico-político fue una novedad relativa, porque Foucault solía tratar el poder en todas sus dimensiones (para él flaquezas), y su famosa frase sobre la política y repetida luego sobre el derecho es el espejo de la original del militar prusiano Carl von Clausewitz, cuando afirmó justamente lo contrario, que la guerra es la política continuada por otros medios.

Es lógico que Clausewitz quisiera así justificar las penurias de la guerra, puesto que fue un historiador y teórico militar que ha tenido gran influencia en todas las academias castrenses. Sabía que la brillantez y el espectáculo de los desfiles y los uniformes son la cortina que se muestra para disfrazar la guerra, que en la realidad es sufrimiento, crueldad, injusticia y muerte. Por el contrario, para Foucault el mero ejercicio del poder lleva en sí mismo una maldad intrínseca, porque la teoría de que se ejerce para cambiar la vida de los pueblos suele acabar en la obsesión por permanecer en él a toda costa, pues si cuesta mucho alcanzarlo, mucho más laborioso es conservarlo. Por ello, si ya el poder le parecía malo, que cualquier magistratura arrastre a una sociedad a las penurias de la guerra le parecía una abominación.

Si echamos un vistazo a los desastres que han ocasionado las guerras, basta solo pensar hasta donde habría llegado el progreso y el bienestar de todos los habitantes de este planeta si los gastos militares fuesen empleados en asuntos constructivos. Cuando vemos algunas cifras de la II Guerra Mundial dan escalofríos, aparte de la pérdida de vidas de millones de personas y de la justificación de crímenes de todo tipo, del que ninguna bandera es inocente. Pensemos en el valor económico de los más de cinco mil barcos mercantes hundidos en el Atlántico (y su carga) por submarinos alemanes, en los cuatrocientos mil aviones de combate construidos solo en Estados Unidos para esa guerra y que luego se convirtieron en chatarra, de lo que costaron las divisiones acorazadas rusas, aliadas o alemanas... Y la destrucción que estas máquinas ocasionaron. La guerra es la locura vestida de justificaciones patrióticas e ideológicas, y da vértigo pensar en los esfuerzos que se dilapidan actualmente para seguir manteniendo este o aquel poder, países pobres que carecen de los más elementales medios para que la población sobreviva y sin embargo mantienen ejércitos carísimos.

Me refiero a lo que está sucediendo en Venezuela, un tablero en el que se juegan millones de barriles de reservas petroleras

En estos días, estamos viviendo un episodio –otro más- que ejemplifica este debate. Me refiero a lo que está sucediendo en Venezuela, un tablero en el que se juegan millones de barriles de reservas petroleras con el lenguaje de que lo que se defiende es la democracia. Es obvio que a Estados Unidos y a la UE la democracia les importa poco, y ese argumento que emplean para justificar su injerencia en los asuntos de un estado como Venezuela no tiene su equivalente cuando se habla de países con estructuras medievales pero que han puesto sus reservas de hidrocarburos y su producción al servicio de las petroleras de Occidente. Maduro invoca la patria de Bolívar y otras rancias proclamas que rechinan porque carecen de significado real, pues la democracia que predica no ha dudado en anular los poderes del Congreso, en el que las urnas no le dieron mayoría. Por su parte, los opositores se erigen en salvadores de esa misma patria (palabra polisémica por lo que se ve), y Guaidó, el presidente del Congreso sin funciones, se autoproclama presidente provisional y reta a Maduro. Ambos alegan asideros jurídicos para descalificar al otro, pero no nos engañemos, solo se trata de barriles de petróleo.

«Estamos seguros de que los fabricantes de armas, alborozados, ya están imprimiendo los albaranes de entrega»

Luego vienen las potencias extranjeras con sus argumentos políticos y jurídicos cogidos con papel de fumar. Y no tienen problemas en meterse en un conflicto interno de un estado soberano. La UE manda lanzar un ultimátum a Maduro, la misma UE que asevera una y otra vez que lo de Cataluña es un asunto interno de España, como si España estuviese en Marte y no dentro de la UE. Las contradicciones son manifiestas, y Sánchez se deja utilizar como chico de los recados por aquellos de las relaciones históricas de España con Latinoamérica, que por lo visto sirve ahora pero es papel mojado cuando se quieren tender puentes y España es un cero a la izquierda. El histerismo de la derecha hispana es marca de la casa, habría que adivinar qué harían si estuviesen en La Moncloa. De Estados Unidos, en su papel de gendarme del mundo que nadie le ha pedido, ya da pereza hablar, y no pensemos que es un desvarío de la administración Trump, porque siempre es así, gobierne quien gobierne, en Vietnam, Chile, Panamá, Irak o Afganistán. Los presidentes mediáticos y apuestos al final son la misma cosa, y si no recuerden quién era el llamado “Líder del Mundo Libre” cuando la crisis de los misiles de Cuba en 1962 o, más recientemente, el simpático y cercano mesías que movía la caderas en la Casa Blanca cuando se generaron las guerras de Siria y Libia que crearon un caos cuyas consecuencias siguen llegando en embarcaciones infames a las playas europeas, y todavía hay quien cínicamente culpa a los migrantes de su desgracia.

Por ello, viendo qué sucede en y con Venezuela, me pregunto si en esta partida gana Foucault o Clausewitz, porque no sé si se proponen hacer una guerra como nueva política, o hacer política como otra forma de guerra. Estamos seguros de que los fabricantes de armas, alborozados, ya están imprimiendo los albaranes de entrega; también sabemos quién pagará esas facturas y quién pondrá los muertos.