...y los gatos tocan el piano

Tanto por hacer

23/06/2018

Hace solo unas semanas, la primera encuesta sobre la Percepción Social de la Violencia Sexual elaborada por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género ponía números a una realidad palpaple. La sociedad española, pese a los cambios y avances sociales, sigue siendo profundamente machista y permisiva con la cultura de la violación. Hay una misoginia aprendida de la que ni siquiera las mujeres somos conscientes.

La sentencia de La Manada y ahora su puesta en libertad son señales de lo que aún queda por hacer. Como consecuencia, manifestaciones de «histéricas», según las ha calificado uno de los abogados defensores de los cinco condenados, han llenado de nuevo las calles en protesta por permitir que vuelvan a hacer vida normal tras solo dos años en la cárcel, cuando su pena es de nueve. El auto de libertad que, como la sentencia de la Audiencia Provincial, hay que aceptar, pero no es obligatorio respetar, vuelve a poner de manifiesto que la justicia española es ciega a cuestiones de género y de hecho obliga a la víctima a confinarse en Madrid mientras los condenados pueden moverse por todo el territorio nacional con libertad. Además, en vez de proteger, atribuye a las mujeres (porque ya conocen las caras de La Manada) la responsabilidad de salvarse de una posible agresión.

Uno de cada dos españoles culpa al alcohol de una violación y el 15% cree que si la víctima ha sido agredida mientras estaba borracha, ella tiene parte de culpa «por haber perdido el control». Estas actitudes conforman ese universo misógino en el que vivimos. Un universo en el que los cuerpos de las mujeres son «cosas» que pueden utilizarse a placer, en el que se rechaza el empoderamiento de las mujeres al tiempo que el persistente puritanismo social (esa falda demasiado corta, ese escote demasiado amplio, ese coqueteo que en realidad pide sexo...) las criminaliza.

«Un entorno social que acepta o incluso apoya la violencia sexual en alguna circunstancia, contribuye a crear un clima de tolerancia que facilita que los agresores mantengan su conducta y dificulta que las víctimas revelen la violencia sufrida», afirma el estudio de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. Esa tolerancia con la violencia es la que se percibe en el auto de libertad de La Manada. Unos agresores que, además, no han manifestado ningún arrepentimiento por sus actos y que incluso insisten en la idea de que como la víctima no decía que no, entonces quería decir que sí.