Parece que se ha quedado buena tarde

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ Las Palmas de Gran Canaria

El mundo está tan complicado, las pieles están tan finas y a la vez los cuchillos tan afilados, que casi mejor callarse porque, aunque opines lo mismo que alguien sobre un asunto, te pueden crucificar porque una de las palabras de tu discurso le ha parecido a alguien que es homófona, sexista, xenófoba o simplemente al nombrar dos ejemplos de algo has colocado uno antes que el otro y ahí se choca con la diversidad de criterios, porque se puede pensar que el más importante debe ser el primero, o, por el contrario, que debe ser el último y el otro va antes, de telonero. Por lo tanto, aunque uno vea disparates gigantescos o dé datos comprobados sobre algo, que no convengan al otro, lo mejor es hablar del tiempo, y eso con cuidado, porque nunca se sabe si los calores de este otoño alguien los achaca al cambio climático o a ciclos, porque en no sé qué año por lo visto también hizo calor.

Uno opina sobre lo que cree conocer, pero nunca acabamos de saberlo todo sobre nada. Diciendo o rebatiendo se van formando opiniones que pueden desembocar en ideas provechosas. Así fue siempre (salvo en sociedades tiránicas), pero, por lo visto, hasta aquí hemos llegado. De modo que, hoy, pensando que estamos a un mes del sorteo de lotería de Navidad, tampoco hablaré de él porque, aunque no es debatible que sea el 22 de diciembre (es un dato), tienes muchas posibilidades de que te corran a gorrazos, bajo la argumentación de es una incautación del fisco en los bolsillos de la ciudadanía, porque jugar con el azar es de supersticiosos, pues lo que vale es el fruto del trabajo de cada persona, o yo qué sé con qué pueden salir. Atrincherado en que no quiero entrar en ese juego, he decidido que voy a tomarme una cerveza, yo solo, en una terraza, mientras veo pasar a la gente.

Pido una cerveza fresquita para contrarrestar el sofoco del camino, y «algo para acompañar»; dejo la elección en manos de la camarera, porque no sé si es defensora de los anacardos, opositora acérrima de las papas fritas de bolsa, teórica de las propiedades de las nueces, y a saber qué relación apacible o tormentosa habrá tenido con los pistachos, las aceitunas o las almendras. Pues que escoja ella y así no hay posibilidad de encontronazo. Se va la camarera a buscar la comanda y yo me relajo viendo pasar a parejas de compras, otras con bebé en un carrito, caballeros hablando a gritos por el móvil, señora paseando un perro de pedigrí rarísimo, y mujeres solas, pero sin fijar la vista para que no haya malentendidos.

Llega la camarera con la cerveza, tomo un sorbo y detecto que está tan fría y apetecible como esperaba. Se ha olvidado del acompañamiento y vuelve a buscarlo. Aparecen en ese intervalo dos conocidos, que se dan por invitados a la mesa y se sientan. Mi gozo en un pozo. Vuelve la camarera con una bolsa de papas fritas (yo me lo busqué), y mis conocidos piden sendas cervezas y aplauden mi elección de la marca que yo tenía casi intacta. Piden frutos secos variados para picar, mientras estrenan sin compasión mi paquete de papas. Cuando, unos minutos más tarde llega su pedido, entiendo que mi propósito se ha truncado; uno de ellos se muestra muy molesto porque por lo visto las

nueces le producen no sé que malestar, y menos mal que en el popurrí no hay pipas de girasol, lo que sin duda desataría una oda a la valentía ucraniana, una crítica severa a Putin, un cabreo por el papel de Europa, lo bien que le está viniendo a Biden en su reflotamiento de la OTAN o un mitin poniendo a caldo a Zelenski, que todo puede ser.

Aunque no soy aficionado a la tauromaquia, tengo que hacer uso una y otra vez del capote para desviar conversaciones que llevan directamente al barrizal: que mira tú qué ley hizo la ministra esa (se expresa como si la ministra de Igualdad se hubiera levantado un fin de semana aburrida, y se puso a redactar una ley en una libreta, se la llevó el lunes al ministerio y ya está hecha la ley, ella solita). El otro no lo desmiente, pero alega que la ley es buena pero que, según su cuñado que es un lince, los jueces están haciendo lawfare (¡toma ya!). Y capotear tanto agota.

El momento crítico llega cuando me aconsejan que el artículo que yo debería escribir tendría ser sobre lo que hablaban (dos artículos claro, y contradictorios), y es cuando digo que mejor hablábamos de fútbol, y ahí arruino definitivamente la tarde, porque sale lo del Mundial de Catar, los cantantes que iban a cantar, pero no fueron, los estadios llenos a la fuerza, como una representación teatral retransmitida al mundo. No opino sobre nada, y cuando digo aquello de «pues parece que se ha quedado buena tarde», se quejan de que hace viento y se van sin pagar. Pido la cuenta y me voy a casa. Me encierro en la cocina, desconecto el móvil y me sirvo una cerveza helada, porque la de la terraza perdió el frío, ocupado en hablar sin decir. Se me ha despertado el reptil individualista, pero les juro que en legítima defensa. Ha costado, pero al final sí que ha quedado buena tarde. Solo.