Por si le interesa

Ojalá todos fueran niños de Tailandia

11/07/2018

Gaumet Florido

Estuve estos días fuera de España, en un país amigo, europeo, pero de idioma ininteligible. Viví una semana desconectado de la actualidad, salvo cuando escuchaba de pasada la radio. Y entre palabra y palabra de alambicada pronunciación, siempre supe cuándo hablaban de Tailandia. Este nombre sí que se entendía. Y entonces suponía que en ese país acaparaba titulares el agónico rescate de los 12 chicos y el entrenador de un equipo de fútbol que llevaban atrapados dos semanas en una cueva inundada de ese estado.

La sensibilidad que despertó el cuerpito frágil de Aylan ahogado en una playa turca fue solo un espejismo

Por suerte, y salvo la triste muerte de un voluntario, sus familias, Tailandia y el mundo, que respiraron minuto a minuto esa tensión, se libraron de una tragedia y esta historia tuvo final feliz. Se implicó un equipo internacional de buzos llegados de otros países, de Gran Bretaña, Australia, Estados Unidos, China o Israel, que colaboraron de forma activa en la búsqueda. Y presidentes de Gobierno, desde Trump a Pedro Sánchez, se congratularon públicamente de la buena nueva. Hasta la FIFA les ha invitado a presenciar en directo la final del Mundial de Fútbol en Moscú. Este rescate fue un ejemplo de solidaridad internacional, entre otras cosas, porque los medios de comunicación les pusimos el foco.

Es entonces cuando no puedo evitar acordarme de otros tantos niños que el mundo sabe que lo pasan mal, como los cientos que han muerto ahogados en el Mediterráneo buscando un futuro mejor en Europa mientras esta, o mira para otro lado, o lo que es peor, directamente los desprecia; los que son vendidos como esclavos en África; los que son obligados a prostituirse para extranjeros indeseables e inhumanos, curiosamente, en ese mismo país donde se produjo el rescate, o los que son usados como soldados.

Es evidente que las casuísticas son muy distintas, enormemente más complejas, y que afectan a generaciones enteras de infantes de medio mundo, millones de niños, pero confieso que he envidiado la implicación internacional de la que gozó este episodio. Puede que ni siquiera lográramos solucionarlo, sin embargo, demostraríamos al menos que la humanidad es digna de llamarse como tal. La sensibilidad que despertó el cuerpito frágil de Aylan ahogado en una playa turca fue solo un espejismo.