Borrar
Última hora Retenciones en la GC-1 por un accidente de tráfico entre una moto y un vehículo
wikimedia. org
Entre la violencia verbal y el interesado sosiego
Voces, palabras

Entre la violencia verbal y el interesado sosiego

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 5 de julio 2024, 23:08

Necesitas ser registrado para acceder a esta funcionalidad.

Opciones para compartir

Asistimos desde tiempos atrás, estimado lector, a grotescos espectáculos, pérdidas del control sobre el sistema nervioso, improperios, insultos y comportamientos barriobajeros en instituciones públicas por parte de algunas señorías. Cuando razón, mesura, prudencia y respeto se ven arrollados por sus correspondientes términos opuestos (sinrazón, imprudencia...), el grotesco espectáculo reduce a la nada a quienes se presentan como valedores de la democracia.

Antecedentes sobre planteamientos antagónicos haylos en todas las manifestaciones humanas, claro. Por ejemplo, en la literatura. Pero hay una particularidad: no se reflejan las contraposiciones o antítesis con burdas agresividades verbales entre grupos (románticos frente a ilustrados; novecentistas frente a noventayochistas, por ejemplo), aunque quizás sí individualidades con inteligentes ironías o juegos de palabras (entre Francisco de Quevedo y Góngora, por ejemplo).

Así, si el hombre romántico (finales del XVIII, mediados del XIX) se deja cautivar por sentimientos y pasiones y exige a la vez los derechos de la imaginación y la fantasía, no hace más que oponerse a quienes desde los comienzos del XVIII (ilustrados) reclamaban el poder de la Razón sobre todo lo relacionado con el saber. Pero fueron propuestas muy respetuosas por parte de los románticos, posteriores a los ilustrados.

Si aplicamos los anteriores elementos definitorios a la realidad canaria en su producción literaria, podremos también contrastar reflexiones y opiniones de dos ilustrados -el lanzaroteño Clavijo y Fajardo  ('Sobre la conveniencia de que las madres amamanten a sus hijos') y el realejero-grancanario Viera y Clavijo ('Sobre el nombre de Canaria'), cuyos juicios se estructuran en ordenados razonamientos, tal como corresponde al denominado texto argumentativo (tesis, cuerpo argumental, conclusión).

Por el contrario, el romántico Ventura Aguilar define la selva de Doramas como ya lo hiciera Cairasco de Figueroa en el siglo XVI, esto es, exquisita en elementos sensoriales (flores, colores, trinos), ahora recreo del pastor Meliteo, embelesado por lascivos ardores. (Por cierto, estimado lector: reitero loas, alabanzas y elogios a la Universidad de LPGC y el Servicio de Publicaciones y Difusión Científica por la publicación de Templo Militante de Bartolomé Cairasco de Figueroa, edición del profesor Henríquez Jiménez, quizás el investigador más documentado y riguroso sobre nuestro poeta, dramaturgo y músico, 1538 – 1610.)

Viene a cuento lo anterior pues, al margen de las producciones literarias, otras actividades humanas han evolucionado a lo largo de la historia, bien para definir al pueblo como único propietario del poder, bien para imponer la fuerza de la sinrazón y las armas con persecuciones, cárceles, asesinatos o desapariciones físicas.

Haciendo abstracción del segundo comportamiento -con el cual algunos coquetean sin recato alguno en muy peligrosos amoríos- podemos detenemos en una somera visión del primero. Es decir, el que establece en el poder a quienes, de manera libre y secreta, han elegido los ciudadanos, aunque a veces -se trata de las tan socorridas mayorías- aquellos sorprendan con extraños pactos como veremos.

Ya en el mundo clásico -con todos sus defectos e irregularidades- se impuso el poder del pueblo, es decir, el de los ciudadanos libres, quienes elegían a la asamblea popular. Los aspirantes ya no procedían de las buenas familias (dictadura aristocrática), pues habían de concurrir en ellos determinadas cualidades: exquisita oratoria, conocimientos de las leyes y del funcionamiento interno del Estado. Y, sobre todo, dos enunciados: solo se puede ser justo si sabemos qué es la justicia; y solo se puede obrar bien si sabemos, con antelación, qué es lo bueno.

Si trasladamos a nuestro momento la realidad definida en la Grecia clásica (siglo V a. C.), podemos establecer ciertas relaciones con lo señalado al comienzo, esto es, la oposición existente entre razón y apasionamiento, corrección y vulgaridad. Cuando alguien -desde la más profunda emoción- quiere participar de la actividad política porque hace suyas ya no solo las ideas clásicas expuestas sino las englobadas en el riguroso sentido de la construcción 'servicio al pueblo', ha de racionalizar con inmediatez sus posibilidades. Y tras un riguroso análisis descubrirá que, en estos momentos, las más de las veces lo menos interesante son las ideas, los conocimientos, las ilusiones definidas para el bien de la comunidad: lo importante no aparece ni por cordura, prudencia o discreción.

Y ese alguien se enfrenta, inexorablemente, a cuatro opciones. Primera: debe disponer de una poderosa maquinaria propagandística (dinero, mucho dinero). Segunda: a fin de conseguir apoyos económicos ha de dejar de lado -e incluso arrinconar- básicos enfoques morales e ideológicos los cuales, en principio, son incompatibles con el flexible pudor (lección aprendida tiempos atrás). Tercera: estará obligado a tocar a las puertas de algún partido político que lo incluya en sus listas. Con lo cual, obviamente, acatará sin reparo alguno su programa. O, como prudente opción, aplica la razón y se produce la retirada si los principios éticos están bien asentados.

Hoy, salvo mínimas excepciones (normalmente locales), el monopolio del poder está en manos de los partidos políticos. Las muy organizadas estructuras que los sustentan se basan, sobre todo, en la disponibilidad económica, que ni es cicatera ni condiciona campañas muy costosas cuando el fin es el poder en sí mismo. Pero las maneras de repartirlo, distribuirlo y acercarlo a las perentorias y más vitales necesidades de la ciudadanía pasan, muchas veces, a un segundo lugar... a pesar de las promesas realizadas antes y durante las campañas electorales.

Puede, en conclusión, hablarse en nuestra realidad política no de voluntades populares expresadas a través de amplias ofertas, sino de constreñidas posibilidades para los ciudadanos que solo pueden decidirse por aquellas muy poderosas organizaciones con implantación nacional (dos) o con las que explotan discutibles nacionalismos (una y media).

Y sucede a veces -momento actual, por ejemplo- que PSOE y PP solucionan en quince días una vergüenza mantenida durante cinco años: la renovación del Consejo General del Poder Judicial… para repartirse al cincuenta por ciento las plazas, como si los restantes partidos con representación parlamentaria no significaran, también, voluntades populares. (¡Ah, la imprescindible separación de poderes!)

Y esta vez, logrado el acuerdo, ambos partidos elevan a los cielos sus satisfacciones por el cumplimiento de un imperativo constitucional. (Por cierto: sin gritos, vociferaciones, agresivos ecos, groserías o acritudes, palabra tan elegante para significar lo mismo que las anteriores.) Es, simplemente, la dictadura de PSOE y PP cuando se trata de repartirse el poder, judicial en este caso. Eso sí: sin cárceles, secuestros o desapariciones. Un detalle por su parte. Un flaco servicio a la democracia. Y como esta es 'Sistema político en el cual la soberanía reside en el pueblo, que la ejerce directamente o por medio de representantes', ¿no es acaso el Congreso de los Diputados la representación del pueblo?

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios