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Allí la vi, en la fiesta de la canariedad…
Voces, palabras

Allí la vi, en la fiesta de la canariedad…

La canariedad, estimado lector, se había impuesto. Algunos jóvenes nacidos en las islas se esforzaban cuidadosamente en el «¡Arrrsa, canario!; ¡Chaacho, jíncate un tuno!»...

Nicolás Guerra Aguiar

Las Palmas de Gran Canaria

Viernes, 31 de mayo 2024, 23:00

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Parecía que las septembrinas mareas del Pino habían adelantado sus rebosos como cuando las amorosas convulsiones entre el sol y la luna empujan con roncas fuerzas a las aguas costeras y estas 'pegan' a subir. Tal simulaban algunos espacios capitalinos el mediodía del pasado jueves: multitudes humanas paseaban, cantaban y engullían queso de media flor y carajacas. Y con un «déjese dir» hacían la pella con caldo, hierbahuerto, un fisquito de sal gorda, dos ajos machacados y gofio 'El Galdense'. Era el mediodía del 30 de mayo, Día de Canarias.

La canariedad, estimado lector, se había impuesto. Algunos jóvenes nacidos en las islas se esforzaban cuidadosamente en el «¡Arrrsa, canario!; ¡Chaacho, jíncate un tuno!»... e incluso osaban sustituir sus ya muy cultas – cultísimas construcciones verbales y pronominales  («coméis, os») por otras ayer dominantes en Canarias y hoy vulgares, populares: «Comen, ustedes». (Favor que debemos, dicho sea de paso, a los ímprobos esfuerzos de la Consejería de Educación, tan interesada por nuestra variedad lingüística, ¡ditoseadiós!)

Allí me fijé en una mujer cuya presencia no entendía, no encajaba. Tal vez tenga sesenta y tantos, o quizás está a las puertas de los noventa, no lo sé. Pero los surcos distribuidos por su semblante desde las uniones con el cuello hasta la misma base de la ayer tersa frente dejan entrever alborotados pasos del tiempo. Y como si de titánicas contracciones se tratara, emergen de sus faros (ya apagados para ilusiones mundanas) monótonas miradas, frías y desapasionadas, dirigidas a la nada. ¿Acaso por azar o, tal vez, por agotamiento de su propia condición humana? Los ojos se encuevan, también desilusionados, cuando el corazón le palpita a la búsqueda de un trozo de vida.

Los movimientos de la boca intentan encontrar en el vacío la ya desaparecida dentadura y, a la vez, siembran semillas a lo largo y ancho del arado rostro. Solo mueve los labios para seguir el ritmo de una isa cuya letra conoce, sospecho. Pero ella sabe que pertenece más al mundo de ficción: en este anda errante y solitaria.

¿Musita? ¿Reza? ¿Masculla? ¿Compone palabras que pretende dejar a los demás y en las cuales abandona su fuerza de mujer ya disminuida por y para la vida? Se me escapa su intención. Pero estoy seguro de algo: ni tan siquiera ella es capaz de concretarlo, tal es la vacía huella de un pasado tan lejano como inaccesible.

Me llamó la atención la parsimonia de la mujer solitaria, su paso de cansino chuchango. Las zapatillas, raídas y comidas por sus propias deformaciones óseas, habían dejado hace decenas de años el negro empaque para adoptar un tono grisáceo, como los «montes de plomo» de Lorca o los «plomizos cerros» de Machado.

Hebras de nieve entre los labios parecen congelar las mustias palabras ininteligibles que la mujer dirige a quienes pasan a su lado mientras mueve una pequeña caja de cartón vacía de monedas... pero repleta de frustraciones y amarguras. No sé si pide para ella, para sus nietos o para quienes le exigen la cuota diaria en esa miserable explotación impuesta sobre algunos mayores. Pero es bien cierto: su lánguida mirada cae al suelo cuando el ciudadano de a pie ni tan siquiera le echa un vistazo, como si le afectase a su dignidad un simple «¡hola!»

El pantalón resulta muy ancho de cintura, largo; sobresale por los pies pues fue hecho para albergar constituciones de hombres más fornidos (¿marido, amante, ilusión?) Está a la vista: tenía ya gastadas hasta casi su final las rayas canelas que una vez lo recorrieron. Por supuesto, ni con amplias perspectivas o desprendidos miramientos podremos conseguir que combine con la camisa, color calabaza cuando esta ya lleva tiempo lejos de la tierra donde nació.

O a lo mejor es azul, pero con pretensiones de mutar el color y transformarse en lo que fuera necesario para una exquisita combinación cromática. A fin de cuentas la mujer debió de haber experimentado las naturales coqueterías de los quince, veinte años, cuando el amor de su vida la esperaba abajo, en la puerta de casa. Y quién sabe: pudo, incluso, hasta tener sensaciones y deseos.

Quizás hasta haya sido madre. Y tal vez de muchos hijos, pues su encorvada espalda parece domeñada no ya por deformaciones cervicales, dorsales o lumbares sino por curvaturas de quien empleó muchos años para amamantar, cuidar y asear a quienes hoy tal vez la postran en olvidos e indiferencias. Pero no aparenta resentimiento hacia los demás, muy al contrario: parece como si todos fueran invisibles cuando pasan a su lado.

La chaqueta fue hecha para la espalda de un varón mucho más ancho que el de los pantalones pues, a pesar de que lleve solapas de épocas pasadas, luce como una capa, como un tres cuartos, último modelo tiempos ya muy lejanos. ¿El color? No sabría decirlo. Ahora paralizaron mi mirada las viejas manos, hoy enquistados muñones. Acaban en pringados dedos, oscuros no ya por la suciedad que forma en ellos distintas capas petrificadas sino –y sobre todo- porque las venas resaltan con prepotente dominio, como en lujuriosa exhibición de sangre ya estancada y solidificada.

Pude haberle preguntado sobre el 30 de mayo, sobre el Día de Canarias, sobre la Comunidad. Podía haber llamado su atención para descubrir qué piensa una mujer como ella de nuestras satisfacciones y extrañas nacionalidades canarias. Quizás un arrorró o la parsimonia de una malagueña podrían sacar brillo a su tragedia. Tampoco lo sé.

Y cuando me están llenando el diario acontecer de cromáticas imágenes canarias y de músicas sabandeñas o gofionas, me planteo: ¿por qué aquella señora no vibra en día tan señalado para nuestra tierra? Tengo mis sospechas: quizás para ella el simple hecho de despertar cada mañana es, ha de ser, mucho más festivo que el 30 de mayo, Día de Canarias.

Ya ven: unos con tanto y, para otros, tan poco tan poco como si fuera nada lo que esperan. Estoy seguro de que no fue de las invitadas a tan solemnes festividades. La verdad sea dicha: su tristeza no hubiera pegado ante tanta canariedad.

(Nada relacionado con lo anterior, pero debo decirlo: en la sacrosanta casa de palabras serenas, inteligentes, argumentadas y razonadas -el Congreso de los Diputados- dos voces de dos señorías en dos sesiones casi hermanadas pisotearon la imprescindible máxima del respeto y la elegancia: «¡A la mierda todos!», susurró una; «¡Traidor, traidor!», gritó la otra. Dos padres de la patria inviolables «por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones», apunta el constitucional artículo 71.1. Pero, ¿realmente ejercían sus funciones?)

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