Jaula y arco iris

Nicaragua, Nicaragüita

18/07/2018

Este 19 de julio de 2018 los hombres y mujeres de Nicaragua no sé si podrán celebrar que ese día, pero del año 1979, el próximo año se cumplirán cuatro décadas, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) ponía fin a la oprobiosa y sanguinaria dictadura de Somoza. La misma dictadura que unos pocos años antes se había quedado con el grueso de la ayuda internacional que llegó al país tras el terremoto que asoló su capital, Managua, en 1972. La misma que con él y con su padre, así como con gobiernos títeres a su servicio, venía dirigiendo de forma autoritaria y violenta al país desde los años treinta del siglo XX.

El fin del somocismo, con Jimmy Carter en la presidencia estadounidense, fue un hecho político que tuvo una enorme repercusión internacional, al que siguieron años de agresión militar por parte de Estados Unidos, ya en la era Reagan, que dañaron la economía del país, obligaron a un sobre esfuerzo armamentístico y causaron miles de víctimas mortales. Que se sumaban a las casi 50.000 que supuso el enfrentamiento final con la dictadura somocista, la mayoría asesinados por la Guardia Nacional del régimen de Anastasio Somoza.

Los sandinistas despertaron en aquellos momentos muchas simpatías en la izquierda internacional, por acabar con una de las sagas más crueles de dictadores latinoamericanos, y por su heroica resistencia frente a la Contra, financiada y armada por Estados Unidos. Diría, también, por la tendencia de parte de las izquierdas de necesitar referentes y modelos que abrazar, una posición cuasi religiosa, casi siempre acrítica, que nunca lleva a buen puerto. Como sucedió con la justificación o el apoyo a sistemas profundamente antidemocráticos y nada salvables, como el de la Unión Soviética y sus satélites. Lo que llevó, como señala Eugenio del Río, a justificar dictaduras e incluso «ignorar las informaciones sobre los abusos, arbitrariedades y crímenes cometidos bajo la dictadura estalinista».

También, es cierto, los sandinistas concitaron el rechazo de cierta izquierda ortodoxa a la que esa mezcla de cristianos y marxistas les parecía fuera de los auténticos y estrictos dogmas revolucionarios. Incluso en el interior del país. Si no recuerdo mal cuando fueron derrotados en las urnas por Violeta Chamorro, en 1990, el Partido Comunista de Nicaragua formaba parte de la alianza de mayoría conservadora (la Unión Nacional Opositora, UNO) que llevó al poder a la periodista e integrantes de una de las familias más poderosas de Nicaragua, primera mujer en presidir un país en América Latina.

«Daniel Ortega retornó a la Presidencia del país tras las elecciones celebradas en 2007. Formando una especie de tándem con su esposa, Rosario Murillo, ahora vicepresidenta de la República»

Prebendas. Tras su paso por el poder, entre el 79 y el 90, se descubrió que, lejos del comportamiento democrático, revolucionario y decente, muchos dirigentes del FSLN se habían acomodado y obtenido todo tipo de prebendas. Que pusieron por delante su enriquecimiento personal al bienestar de la mayoría en una nación tremendamente empobrecida. Muchos de los fundadores del FSLN abandonaron entonces la organización en medio de fuertes críticas a sus modos y maneras, considerando que sus líderes habían traicionado el espíritu que dio origen al Frente. Algunos siguieron en la actividad política en distintas formaciones de escaso peso social y electoral.

Daniel Ortega fue uno de los integrantes del Frente Sandinista en la lucha contra la dictadura somocista. Y llegaría a ser presidente durante unos once años, hasta su derrota en las urnas frente a Chamorro, en un país agotado por la prolongada guerra que desangraba a buena parte de su juventud. Un amigo que residió en Nicaragua a finales de los ochenta y comienzo de los noventa me contó hace unos años que en el mitin central de aquellos comicios fue masivo el apoyo a Ortega y el FSLN, en relación a la opositora UNO, pero que muchas de las personas que asistieron al mismo con las camisetas y gorros sandinistas luego dieron su apoyo en las urnas a doña Violeta, con la esperanza de que se acabara el conflicto armado.

Daniel Ortega retornó a la Presidencia del país tras las elecciones celebradas en 2007. Formando una especie de tándem con su esposa, Rosario Murillo, ahora vicepresidenta de la República. Estableciendo alianzas con sectores conservadores, como la poderosa Iglesia nicaragüense del cardenal Obando, quien fuera su principal enemigo durante décadas. Así como con los grandes dirigentes empresariales de una nación presa de la economía sumergida y de la pobreza.

el monarca ortega. El analista Iosu Perales, politólogo especialista en Relaciones Internacionales y en Cooperación al Desarrollo, autor de varios libros, entre ellos Los buenos años: Nicaragua en la memoria (2005), publicó hace un año un interesante artículo en la revista Galde titulado Nicaragua: Ortega, monarca de una República. En él afirma lo siguiente: «Para llegar a controlar todo el poder Ortega, incluida la policía y el ejército, tuvo que deshacerse de muchos dirigentes del Frente Sandinista, otrora en el poder. De los nueve comandantes que formaron la Dirección Nacional del FSLN, tomaron distancia de sus políticas y liderazgo, su hermano Humberto Ortega, Víctor Tirado, Henry Ruiz, Jaime Wheelock y Luis Carrión. Quedaron con él Bayardo Arce y Tomás Borge, ambos muy implicados en negocios algunos de ellos turbios».

Muchos de los más destacados impulsores del FSLN, de sus figuras públicas más relevantes, han abandonado el Frente y hoy son oposición a Ortega. Caso de Sergio Ramírez, premio Cervantes, y que fuera vicepresidente en el primer Gobierno de Ortega, quien ha afirmado recientemente que nos encontramos ante «el despertar de un país anestesiado que salió a las calles a reclamar sus derechos, la chispa fue la reforma de la ley de seguridad social». Por su parte, el poeta, sacerdote y exministro de Cultura, Ernesto Cardenal, asegura que ya no reclama diálogo sino «un nuevo Gobierno nacional, una República democrática». Lo mismo que anhela Gioconda Belli cuando señala que tras el dolor «tiene que aparecer la esperanza».

El cantautor Carlos Mejía Godoy, embajador en los ochenta-noventa de la revolución sandinista, parafraseando a Milanés, afirma que en su tierra «la vida no vale nada. Me siento inerme en este país. Nos arrinconan y nos matan». Es el autor de un verdadero himno, Nicaragua, Nicaragüita, que celebraba la caída del régimen de Somoza y que finalizaba señalando «pero ahora que ya sos libre, Nicaragüita, yo te quiero mucho más». Ahora Godoy, junto a Cardenal, Ramírez o Belli, desea poder cantarla por la derrota de otro dictador nacido de sus propias filas.