Papiroflexia

Muchos errores y Barranco Seco

20/06/2019

Algunos pirómanos han prometido quemar el abono. Con razón. Otros han amenazado con no volver al Gran Canaria. Lógico. Muchos perdieron la fe hace tiempo. Temporadas. Otros ya no creen en el himno, tiraron la bufanda o escondieron la camiseta en el fondo del cajón. Ya no quedan ídolos en color, las leyendas son del pasado. La UD se ha desteñido con las decepciones, ha perdido romanticismo con el fracaso por rutina. Ya no es de Primera, realidad que nos ha costado digerir en una temporada que casi cuesta la Segunda. Trituradora de entrenadores, sin modelo ni referentes reconocibles en el campo, la Unión Deportiva se ha ido deshaciendo desde que alcanzó la élite al no saber gestionar el éxito y los piropos fugaces. Renunció a su pasado como un nuevo rico que compra obras de arte sin criterio, y terminó dilapidando su fortuna tan rápido como perdió su condición entre las estrellas.

Empujado por las prisas, exigencias de otra época y una historia de casi 7 décadas que ya no volverá, el escudo de todos ha perdido a golpe de talonario y una larga lista de decisiones nefastas, su identidad, valores y solera tras padecer mal de altura entre la nobleza. El máximo responsable del fracaso volvió a presentarse el lunes ante todos para asumir culpas e intentar renovar la ilusión. Lo tiene muy difícil esta vez. Ajusticiado por las masas y los micros, al presidente no le quedó otro remedio que variar el discurso y disimular ambiciones ante la obligada política de ahorro que se exige. También tocaba hacer una autocrítica que se quedó a medias y se repartió entre muchos apellidos.

«Obligará a desempolvar fórmulas del pasado y recurrir a la base, más por necesidad que por convicción...»

Asumiendo los reproches con el ceño fruncido, el discurso de la permanencia no es creíble, pero es el que toca. Por los ajustes financieros, obligados, y la prudencia que faltó en las últimas temporadas. Porque la afición no desertó solo por las derrotas, también por los desaires y la falta de compromiso en el campo. Nadie apuesta para perder, es la coartada de una directiva que no ha sabido gestionar la abundancia. Que ha acumulado errores con la chequera repleta de ceros mientras se perdía crédito en la clasificación y en la grada de un Gran Canaria al que le han salido telarañas en todos los rincones. Pero es precisamente la precariedad la que puede devolver la esperanza por contradictorio que suene. Porque obligará a desempolvar fórmulas del pasado, más por necesidad que por convicción. Recurrir a la cantera en tiempos de miseria ha sido una estrategia tan forzada como rentable en los últimos tiempos. Porque, además, lo único positivo de una acumulación de desaciertos será la inauguración de una nueva ciudad deportiva.