Daños materiales provocados por la invasión de Rusia a Ucrania. / EFE

A lo mejor ya es tarde

Gaumet Florido
GAUMET FLORIDO Las Palmas de Gran Canaria

Días atrás incurrí en el error de subestimar a Putin. No me terminé de creer sus amenazas y las atribuí a la típica bravuconada de un autócrata que solo busca darse golpes de pecho trufados de nacionalismo rancio ante sus súbditos. El problema, pienso ahora a toro pasado, es que nadie le vio venir de verdad. Estados Unidos se ha pasado un mes metiéndonos el miedo en el cuerpo, pero en el fondo, como el resto de Europa, estuvo años mirando para otro lado.

Putin no es solo un producto ruso. Es también el resultado de un neocapitalismo salvaje que no solo no le hace ascos a personajes de esta calaña, sino que muchas veces busca refugio en ellos. A Putin le sostiene una corte de oligarcas engordados por Occidente. La prueba de que Estados Unidos y Europa lo sabían es que ahora buscan castigarlo justo por ese flanco, en un intento, no sé si ya demasiado tardío, de asfixiarle.

Tengo la sensación de que el monstruo ya se nos ha ido de las manos. Ha devuelto los horrores de una guerra a la Europa que se desangró durante las dos grandes contiendas mundiales del siglo XX y ahora no hay quien se atreva a pararle los pies, no al menos desde el punto de vista militar. Un enfrentamiento directo entre Rusia y los países de la OTAN, con armamento nuclear de por medio, tendría consecuencias catastróficas para la humanidad. Es un coste inasumible, así que, por mucho que duela, tengo la sensación de que el mundo dejará caer a Ucrania.

Otra vez nos la han vuelto a colar, como cuando con Hitler. Se le fue dejando hacer hasta que nos fastidió la vida. Hacía tiempo que Putin enseñaba la patita, envenenando a opositores, invadiendo Georgia y ocupando Crimea. Ya entonces debieron haberle cortado las alas. Ahora ya no sé si vale de algo.