Café para todos

Las espirales se van al cielo

13/03/2019
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Martín Chirino era mucho más que un artista. Su vida y obra lo convierten en uno de los intelectuales más importantes del panorama cultural de Canarias, que desde aquí forjó no solo sus afamadas espirales, sino que inspiró y situó a las islas en el mapa mundial. Tuve la fortuna de conocerlo personalmente, y hablar una tarde largo y tendido en el Paseo de Las Canteras, playa que lo vio crecer. En aquella conversación, Chirino me dio una lección magistral sobre vida, filosofía, arte e incluso muerte. Sus anécdotas en medio mundo daban buena muestra de lo bien que vivió su intensa vida.

Recuerdo que ese día le pregunté que si tenía alguna patria, por aquello de ser el canario universal, a lo que me respondió: «Mi patria es Ortega y Gasset». El trío que forjó junto a Millares y Padorno, una generación de oro que difícilmente se repita, pero que afortunadamente han dejado un legado para la eternidad.

En otra ocasión, una tertulia de radio me llevó a su domicilio, en el parque de San Telmo. Ese día Chirino estaba algo cansado, pero no fue motivo para que no recibiera con una sonrisa a los allí presentes, y alargáramos durante horas aquel encuentro. Tenía la virtud de ir a todos los sitios, a pesar de su edad. A Chirino te lo podías encontrar en un avión, en una inauguración y en una cena el mismo día. Un todoterreno que hasta el último día tenía proyectos, con el Castillo de la Luz y la Fundación de Arte y Pensamiento Martín Chirino como uno de sus grandes legados.

«Tuvo la fortuna de ser un artista reconocido en vida, algo de lo que no pueden presumir muchos»

En esa tertulia de radio, el genial creador aprovechó para darle un tirón de orejas a un representante del Cabildo allí presente. Le hablaba desde la posición de un artista reconocido en todo el mundo, y le exigía más medidas para fomentar el arte y la cultura en la islas. Tenía fuerzas para seguir luchando por su tierra, a la que volvía con cierta frecuencia desde que tenía oportunidad.

Me hubiera gustado compartir más ratos con él, porque las pocas veces que lo hice disfruté como si lo hiciera leyendo París era una fiesta de Hemingway, con tantas historias y tantos personajes a los que admiro. Tuvo la fortuna de ser un artista reconocido en vida, algo de lo que no pueden presumir muchos. Pero ahora es el momento de que las instituciones públicas sigan cuidando y haciendo crecer la herencia que nos deja. Que el Castillo de la Luz siga siendo el centro cultural que recree el pensamiento de Chirino, y que sea uno de los grandes reclamos turísticos de la isla.

Mientras, seguiré recopilando anécdotas con su sobrino, el querido Pepe Chirino, que mantendrá vivo su recuerdo para siempre.