Primera plana

La crisis (próxima) del PSOE

01/11/2019

La quiebra del modelo constitucional del 78, fruto de la imposibilidad de asegurar la alternancia en el poder a modo del turnismo (ahora más sofisticado) de la Primera Restauración, iba a darse estuviese Mariano Rajoy o Pedro Sánchez en La Moncloa. El horizonte electoral, jalonado por sus correspondientes legislaturas, era el que era y venía anticipado desde que en 2015, consumada la última mayoría absoluta del PP, el sistema electoral no ofreciera los réditos previstos para que la maquinaria institucional estuviese engrasada a favor del orden constitucional imperante y cimentado en sus orígenes en el principio de indisponibilidad de la monarquía en el pacto constitucional.

Por lo tanto, la decisión de Sánchez de forzar la repetición electoral ha acelerado la crisis constitucional. Su cálculo monclovita de pretender salir reforzado en escaños en una segunda cita con las urnas, de no darse, dejará al PSOE en un enclave muy delicado sujeto a una victoria pírrica que aventura desgastes aún mayores por venir.

La crisis del PSOE será al tiempo la crisis del sistema del 78. ¿Por qué? Precisamente porque el PSOE es (de los dos partidos dinásticos y sistémicos) el que se le presume que puede arreglar el desafío territorial, promover la reforma constitucional y liderar la izquierda. Pero no lo hará. Esa es la gran paradoja de cómo al mismo tiempo el PSOE es expectativa y frustración de la mayoría social de izquierdas que pervive alicaída o desconecta de los avatares políticos.

No es casualidad que en el programa electoral del PSOE se esfumara las referencias al federalismo y a la plurinacionalidad. Se borró justo eso, y no otras cosas, del documento con el que Ferraz encaró el 28A. Aquí se expresa perfectamente esa dualidad del centroizquierda al que el eje del debate territorial alimentado por Cataluña y el resurgimiento de las derechas mesetarias (Ciudadanos y Vox) divide internamente al socialismo. Esa desaparición en el texto no lo hubiese logrado el jacobinismo en el esplendor de Alfonso Guerra.

Para expresarlo gráficamente: si la derecha se desenvuelve mejor en el campo dialéctico de qué es España, la seguridad y la gestión de la economía; la izquierda, por su parte, lo hace en los derechos sociales y en la igualdad. Pero actualmente las primeras coordenadas son las que están marcando la campaña electoral. Es decir, si no hubiera sido por el alma catalanista, el único territorio donde el socialismo asume la variante nacionalista como propia, el PSOE habría renunciado al mensaje federal y a la vaga referencia plurinacional. Conclusión: hay miedo en Ferraz porque no saben cómo contentar a su propio electorado al que el asunto territorial lo diezma en función de si estamos en Andalucía o Extremadura, pongamos por caso, o en las denominadas nacionalidades históricas que la Constitución de 1978 asumió como una realidad predeterminada (disposición transitoria segunda).

Con el repertorio de encuestas en la mano, claramente enfrentadas al diagnóstico general de José Félix Tezanos emitido desde el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), Sánchez ganará el 10N pero de una manera en la que necesitará de varios socios potenciales para ejercer la gobernabilidad. Y se topará, otra vez, con el mismo dilema que asaltó al PSOE tras el 28A de tener que decantarse por Podemos o Ciudadanos. Aunque todo apunta que la suma con Ciudadanos por sí misma tampoco será suficiente. Las maniobras del sanchismo han precipitado los acontecimientos y acelerado el declive de la razonable estabilidad política que experimentamos en España (1977-2015). Si bien en la primera legislatura de Rajoy ya era, en cierta medida, ficticia porque había desaparecido la alternativa supletoria y predispuesta del PSOE como se constató en los comicios europeos de 2014 con la irrupción de las catalogadas formaciones emergentes en el ámbito estatal.

«¿No tuvieron esto previsto en La Moncloa cuando Sánchez se dejó llevar por sus consejeros áulicos? No, porque es un análisis político de una realidad concreta»

Insisto, con los sondeos que se están publicando, enfrentados globalmente al CIS de Tezanos, estamos abocados a una ingobernabilidad enquistada cuya reacción retardada será una gran coalición a la alemana o, para ser más exactos, a una abstención técnica del PP a favor del PSOE (entonces Pablo Casado le devolverá el favor que Sánchez no quiso hacerle a Rajoy en 2016) en el que enseguida se comprobará que el margen de maniobra desde La Moncloa será mínimo a la vez que el Ejecutivo se quemará políticamente a marchas forzadas.

En resumen: esta crisis del PSOE (que estará atrapado) será también la del sistema del 78. Por eso se otea una coalición, más o menos perceptible y orquestada, por los que fueron los agentes del bipartidismo. Con este desenlace, la primera consecuencia es que la alternativa política pasaría a Podemos y Vox, lo que influiría en que Casado se mantuviera a un lado y así facilitar la sesión de investidura y puede que la aprobación del Presupuesto General del Estado por solo un año. Pero la problemática persistirá o se recrudecerá si Podemos y Vox se disputan el estandarte material de la real y efectiva oposición parlamentaria.

¿No tuvieron esto previsto en La Moncloa cuando Sánchez se dejó llevar por sus consejeros áulicos? No, porque es un análisis político de una realidad concreta. En verano las encuestas motivaban lo que ha hecho Sánchez. Pero era una fotografía fija y cuantitativa que necesariamente no casa con los elementos cualitativos que explican el desarrollo, auge y colapso de cualquier tablero político. Para manejar una realidad integradora tienes que unir lo que arroja la demoscopia con el contexto sociopolítico que determina, con suerte, el lenguaje y las tensiones entre la estructura y superestructura en una comprensión marxista o de mero marxismo analítico esgrimido como herramienta de interpretación social. Pensar que la respuesta en Cataluña a la sentencia del procés iba a ser acotada es no comprender la velocidad de los cambios que vive el país desde que estallara la Gran Recesión de 2008 y, en última instancia, la transformación por completo del sistema de partidos que está fijado por tres siglas a izquierda (PSOE, Podemos y Más País) y derecha (PP, Ciudadanos y Vox).

Lo mejor que podría sucederle al PSOE es que su victoria, que de momento tiene asegurada, le permita con la calculadora en ristre renovar el escenario que deparó el 28A, aun con el riesgo que entraña tener que retratarte. Sin embargo, salvo a juicio de Tezanos, el PSOE y Ciudadanos no sumarán y, por otro lado, si se decantase Sánchez por Podemos tendrá que negociar asimismo con el PNV y ERC.

A nadie se le escapa que esta última opción es la que abriría, de una vez, la reforma constitucional para encarar el debate territorial y así dar, si acaso, encaje a Cataluña. No lo hará el PSOE por la sencilla razón de que entonces esta semana no hubiese eliminado las referencias al federalismo y a la plurinacionalidad. Si el PSOE escoge mantenerse en el férreo bloque sistémico junto a PP y Ciudadanos, no habrá forma de oxigenar el orden constitucional que conocimos y que ya da claras señales de agotamiento. Por eso, de cumplirse los pronósticos demoscópicos, Sánchez se verá inmerso en una ratonera y la crisis del PSOE será la del sistema del 78. Y si el PSOE se sacrifica en aras de conservar la Segunda Restauración, a su izquierda le competirán el espacio electoral.

Si los poderes fácticos, el bipartidismo de antaño y la Casa Real sostienen que la tormenta política es pasajera y que el mundo de ayer, el anterior a 2008, volverá sin más, me temo que se equivocarán. A la fatiga material de la Constitución (deslegitimación social de la poscrisis y pulso de ruptura territorial más descontento de los nacionalismos periféricos que se sienten amenazados) solo se le puede contrarrestar con un ciclo protoconstituyente originado voluntariamente. Pero eso implicaría, apurando el argumento, un harakiri similar al que, en su momento, protagonizaron las Cortes franquistas. Y el rey peligraría.