Ultramar

Hierro, fascinante

22/06/2019

Ángel Parra, que fuera uno de los máximos representantes de lo que se llamó nueva canción chilena, retrataba con mordaz ironía en una de sus canciones la oferta televisiva. Lo hizo hace tiempo, pero su crítica sigue valiendo para gran parte de lo que se programa todavía en una lista interminable de canales. Y es que, como canta la polka, aun hoy, «con la tele me dan ganas/ de comprar rifles y bombas,/ de asesinar a un anciano/ y nadar en Coca Cola./ Qué apasionante en la tele/ con sus vídeos de amor,/ prostitutas que se salvan/ al casar con un señor,/ treinta años mayor que ellas/ y millonario, el bribón».

«El valor de una serie que cautiva sin claudicar a la uniformización y no traiciona la idiosincracia herreña»

Así andamos, engullendo un sinfín de propuestas alienantes. Por fortuna, alguna vez llega algo gratificante. Y en este boom, o burbuja, al entender de algunos, de las series, con fenómenos como Juegos de Tronos, que hasta congresos con sesudas ponencias ha protagonizado, o la más reciente de Chernobyl, enseñando a los más imberbes el desmadre nuclear y la endeblez y mentiras del imperio soviético, irrumpe Hierro, una creación, lejos de la pretenciosidad y alarde de medios de las anteriores pero que rezuma exquisitez, y buen hacer, convirtiendo a una parte nuestra en protagonista, con un derroche de respeto a su paisaje, tradiciones, idiosincracia..., que conmueve y logra que entremos en comunión con la séptima isla, y a la que vale la pena entregarse para abstraerse de este vodevil de pactos, repactos y contrapactos en el que estamos inmersos.

Hierro, protagonizada por Candela Peña y Darío Grandinetti, con un amplio elenco de actores, casi todos canarios, bajo la dirección de Jorge Coira, son ocho capítulos, que pueden verse en Movistar, en los que se cuenta la historia de una recién llegada, desterrada, como le ocurriera a tantos otros políticos y militares en tiempos no tan lejanos, que ha de desentrañar un crimen. Si se quiere, algo poco novedoso en el mercado de la ficción televisiva, pero que lo hace con un ritmo creciente, que atrapa, y en los que, sobremanera, destaca su conexión con el lugar, explotando la imponente carga visual de esa tierra de volcanes emergidos y submarinos, pinares legendarios, árboles que sacian la sed de sus gentes, de costas rebeldes en las que las pardelas se hacen oír, mares bravíos y también calmos, con dehesa de sabinas desafiantes, demasiado sufridora, pero que nunca ha dejado de caminar a pesar del doble aislamiento al que siempre se le ha condenado.

Hierro construye una trama universal que cautiva, sin claudicar a la uniformización y a la despersonalización que tanto abundan en las propuestas de ahora. No traiciona ni al lugar ni a sus gentes, habla como nosotros, recoge con fidelidad el sentimiento de comunidad que anida en los herreños, al tiempo que proyecta al mundo esa joya de la naturaleza que es la isla del meridiano. Un buen hacer en el más amplio sentido de la palabra: profesional y personal.