Por si le interesa

Hagan el favor, hagan caso al pregonero

04/09/2019

Gaumet Florido

Porque me pilló lejos, si no habría aplaudido con las mismísimas orejas al pregonero de las fiestas del Pino de este año. «Creo sinceramente que el día que desaparezcan las sillas de protocolo que se instalan en la plaza, que no dejan ver bien a los que están detrás y que permiten este trasiego interesado, le haremos un favor a la romería-ofrenda». Amén. Fue una de las reflexiones-propuesta que hizo este año el verseador y licenciado en Filología Hispánica Yeray Rodríguez sobre cómo repensar la romería-ofrenda de cada 7 de septiembre.

Y dijo más. Deslizó una educada y serena crítica a «las autoridades y demás familia que hacen un viaje circular, entre carreta y carreta, como no queriendo dejar de salir en las cámaras que apuntan a la plaza y a las que, por desgracia, se les suele dar más importancia de la que tienen». Salva de sus certeros dardos a los alcaldes y concejales que lideran la comitiva de sus pueblos, al primer edil anfitrión, al de Teror, y al presidente del Cabildo, pero señala con claridad meridiana al «desfile paralelo de saludos, intereses y de eso que se ha dado en llamar postureo que no ayuda a que los más pequeños, y diría también que los más grandes, entiendan qué estamos haciendo». Cuánta razón, amigo Yeray.

Denle un respiro de postureo y protocolo al acto más popular de las fiestas del Pino

Sin embargo, yo iría algo más allá. A mí me parece que tampoco es necesario tanto protocolo de alcaldes, alcalde anfitrión y presidente del Cabildo. Yo no los salvo. ¿Para qué y por qué? ¿Tiene algún sentido? Y lo digo desde el más absoluto respeto a lo que representan, lejos del carrusel de demagogia barata desde el que de un tiempo a esta parte se desprecia a todo el que se dedique a la política. Su presencia, rígida e invariable, al frente de cada carreta, acartona la romería. La hace lenta. Y le quita sabor a pueblo. Porque van vestidos con ropa tradicional, de lo contrario, parecería que van en línea de batalla, a pelear al frente, como formando un muro de egos que, aunque sin quererlo, hacen sombra a sus convecinos. Les tapan.

Si fue así como Néstor Álamo ideó la romería, que no lo sé, ya va siendo hora de renovarla. ¿Acaso no se justifica casi 70 años después? Aquella Gran Canaria poco se parece a esta. Y si a ese desfile de variedades en el que se convierte la llegada al templo de cada municipio se le suma el cóctel de disimulados, y a veces no tanto, codazos, empujones y pisadas con las que tanto cargo público se busca su cuota de protagonismo, entonces montamos la parte del guion que le faltaba a Berlanga para obsequiarnos con una de sus ácidas sátiras fílmicas. Hagan el favor, háganle caso al pregonero. Denle un respiro de postureo y protocolo al acto más popular de las fiestas del Pino. Quién sabe. A lo mejor les reporta más votos. (A ver si al menos así pican...).