Genio, talento y magisterio

Emilio González Déniz
EMILIO GONZÁLEZ DÉNIZ

La verdad es que resulta agotadora la actualidad, aunque sea dinámica, tal vez demasiado. A la hora de escribir un artículo tengo opciones que, finalmente, resultarán cansinas, como la victoria de la ultraderecha en Italia, la vulnerabilidad de nuestra condición insular que ha quedado otra vez reflejada en el temporal del pasado fin de semana, o volver sobre la vacunación de los ancianos que se inicia el 1 de octubre. Diría lo que en algunos casos llevo diciendo 2, 20 o 30 años, según los temas. Y como ya veo que, tanto mis palabras como las de otras voces que no han perdido la conexión con el mundo real, suenan en el desierto (cuando no crean problemas), voy a olvidarme de esos temas fundamentales pero que ya resultan agotadores, y me paso a comentar algunos aspectos sobre cómo calificamos a las figuras que sobresalen en nuestra sociedad, ayer y hoy.

Los psicólogos americanos, que se empeñan más en medir que en mediar, han generalizado la costumbre de calificar a las personas según su cociente intelectual, que tampoco es un valor fiable puesto que hay muchos tipos de inteligencia, pero en los dichosos test de inteligencia llegan a calificar a una persona como normal, superior y genio, aparte de las cifras intermedias (normal-alto, muy superior, casi genio) y las que determinan a las personas por debajo de lo que se considera media. Esto puede tener un cierto valor relativo, pero recientemente se ha descubierto que hasta ahora solo se medía un plano de la inteligencia. Los superdotados suelen tener tantos problemas escolares como los que sufren carencias, porque finalmente se convierten en inadaptados salvo que medie una intervención sabia de la familia y el colegio. Es tópica la frase del profesor que le dice a los padres de superdotado: «este niño va a ser un genio o un desgraciado». Y suele ser verdad, porque quien va a más revoluciones de lo que se considera normal acaba siendo un bicho raro.

Esto viene a cuento de lo fácil e impropiamente que se aplica el calificativo de genial a los creadores artísticos, pues se confunde el talento con el genio. Mozart era inteligente, tanto que en un test de inteligencia se le calificaría como genio, lo mismo que Leonardo da Vinci o Nicolás Copérnico. En su tiempo no se hacían test de inteligencia, pero es necesario ser un genio para hacer lo que ellos hicieron. No solo tenían una inteligencia superior, sino que, además, poseían un talento especial para la actividad que desarrollaron. En estos casos, había genio y talento, las dos cosas, porque solo con talento musical Mozart habría sido un buen compositor, como hay cientos, y si solo hubiera tenido genio habría hecho innovaciones técnicas impresionantes, pero no habría tenido eso que no se sabe qué es que lo pone por encima de la media de los compositores (talento artístico). Con Leonardo y Copérnico habría pasado lo mismo. Por eso, cuando se dilapida el adjetivo genial, hay que tener cuidado. Genios que, además, hayan tenido talento, ha habido muy pocos, es como encontrar una aguja en un pajar.

Por otra parte, de nada valen el genio y el talento si no van acompañados de una sólida formación. ¿Cuántos Lorca, Berlioz, Paulova, Curie, Kant, Bogart o Churchill ha habido en la historia del mundo que nunca llegaron a nada porque no tuvieron acceso a unos rudimentos formativos que les permitieran desarrollarse? Y cuántos, aun teniendo esa formación, no trabajaron lo suficiente para hacer algo estimable? Miles. Personas con talentos especiales hay por todas partes, pero no los desarrollan o no les da la gana desarrollarlos; genios, lo que se dice genios, dicen que dos o tres en cada siglo, y no siempre los que son considerados geniales. Un ejemplo claro de lo que digo es el director de cine Stanley Kubrick, al que por todas partes califican de genio, cuando lo cierto es que era un hombre con talento artístico, como hay miles, que trabajaba meticulosamente, lo cual es por otra parte un gran mérito. Genio es Mozart, que en plena moribundia componía al mismo tiempo su monumental Réquiem y La Flauta Mágica, aparte de obras menores, sin corregir y a lo que saliera. Un genio es prácticamente el que posee una varita mágica, y que yo sepa, ni Borges, ni Cela, ni Buñuel, ni casi nadie posee ese don casi sobrenatural.

Suelen llamar genio al artista que influye en sus contemporáneos y en sus sucesores, como Góngora, Beethoven, Valle-Inclán o John Ford. Y eso es precisamente lo contrario a un genio, porque lo genial es irrepetible ni siquiera de lejos, es único. ¿Quiénes siguieron el camino de Sófocles, Miguel Ángel o Cervantes? Nadie, es imposible. Por ello, calificar de magistral La Capilla Sixtina es inaceptable, porque no se puede aprender de ella, no ejerce magisterio, es única, y Miguel Angel es un genio, no un maestro. Maestros son Tolstoi, Dickens, Falla, Houston, Benet o García Márquez. En este siglo y el anterior, maestros hay muchos, talento a raudales, pero genios, de momento, no se ha manifestado ninguno. En el futuro se sabrá, pero si acaso andan cerca de la genialidad habrá que hablar de Picasso, Tesla o Einstein, o tal vez no, y los genios sean otros de los que aún se desconoce su dimensión. Desde luego, ningún señor de la guerra es genial, se repiten todos; ni siquiera un genio puede acabar con la crueldad humana, hay tanta que para eso sería necesario un dios. Y ya sabemos que estos solo existen en las mitologías.