OPINIÓN

¿El día del amor?

14/02/2018
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Si ayer alguien no me lo dice, ni me acuerdo que hoy es San Valentín. Una jornada, a estas alturas, pensada para la satisfacción de los grandes almacenes. Concentrar el supuesto amor a esto no tiene ningún sentido. Pero conviene percatarnos de ese falso romance muy de película que poco tiene que ver con la realidad y que ha provocado errores en los que muchos en algún instante nos hemos identificado. Porque una cosa es ser audaz y valiente y otra bien diferente destapar tus intenciones al comienzo de la interacción. Entonces se acabaron los posibles. Digo esto porque quién no estuvo una vez con una persona con la que creía que podía compartir mucho, destapó sus cartas con una ingenuidad que mecía entre la nobleza y lo absurdo para enseguida echar a perder la mitad de las opciones. ¿Vas a reclamarle a Hollywood los daños y perjuicios por la influencia de sus ilusos guiones que en la experiencia de la calle te hicieron perder enormes oportunidades? Insisto, un gesto muy de película o de aquellos poemas de Bécquer en el colegio que con ese primer palo inmediato aprendes de lo lindo y percibes que la partida en verdad va por otros derroteros.

«Nos vamos conociendo en el camino. Somos sociales y deseamos amar. Puede ser una pareja, un amante o un asunto pasajero».

Nos vamos conociendo en el camino. Somos sociales y deseamos amar. Puede ser una pareja, un amante o un asunto pasajero. Hay mercado para todo en función de cada uno. Y hay un punto de misterio o sorpresa cuando interactuamos. Puede haber personas que consideramos interesantes y que después, de repente, se destapen con actitudes inapropiadas. O al revés, relaciones potenciales que, por prejuicios que no supimos sacudirnos en un primer periodo, no tuvimos el acierto de tratar mejor.

Eso sí, si algo ha hecho un enorme daño ha sido esa teoría popular de la media naranja. Un alegato por el cual estamos incompletos y únicamente alcanzaremos la felicidad a través de una conexión con la supuesta otra media. Esto es calamitoso. Y se constata en particular en aquellos que no saben estar solos. Porque parte de una idea de necesidad, de dependencia y, en supuestos extremos (o no tanto), de sumisión. Nadie necesita a nadie para albergar el sentirse bien. Sirva San Valentín y el resto del año para empezar queriéndose a uno mismo. Solo así, y si se tercia, podemos aportar a los demás y que estos hagan lo propio con nosotros. Ya sea en la pareja, en la condición de amante o de rollo esporádico. Pero, sobre todo, no derrochemos energías en interacciones estancadas. Amemos y disfrutemos de la vida. Seamos naranjas enteras. Estamos para sumar. No para perder el tiempo.