Jaula y arco iris

Debate de altura

31/07/2019

Mientras que en el archipiélago nos enfrascamos en apasionadas, y en ocasiones muy acaloradas discusiones, sobre la mayor o menor proliferación de los carriles bicis en los entornos urbanos y la imprescindible restricción de la presencia del automóvil privado en determinadas zonas de nuestras ciudades. Mientras que, con más que evidente retraso, se empiezan a plantear políticas integrales de movilidad que apuntan hacia la sostenibilidad y la superación del actual y caótico modelo que ocasiona daños irreversibles a la salud de la gente. Mientras que, por fin, el Gobierno de Canarias sitúa entre sus prioridades políticas el combate decidido contra la Crisis Climática...

Mientras que por estas tierras se llegan a constituir plataformas contra nuevos modelos de movilidad, como sucedió en Las Palmas de Gran Canaria en el caso de la metroguagua (con una batalla judicial para intentar frenarla que concluyó en un rotundo fracaso, de lo que en su momento me alegré profundamente), y en las redes sociales se muestran sin pudor los hooligans, deportivos o no, del piche, del ruido, de la ocupación de espacio ciudadano por los coches y de la contaminación que, como Manuel Fraga en la transición, claman que la calle es suya... Y a los que habría que responderles con el poema de Agustín Millares: «La calle que tú me das,/no será tuya ni mía./Habrá de ser compartida/calle de todos será».

Mientras que en la capital del Reino las derechas apuestan por cargarse Madrid Central y España se arriesga a ser fuertemente multada por la Comisión Europea -que ha denunciado a España ante el Tribunal de Justicia de la UE por considerar que las autoridades españolas no están haciendo lo suficiente para garantizar a la población una buena calidad del aire que respiran en lugares como Madrid o Barcelona-, por sus auténticas frivolidades en esta sensible materia en la que nos jugamos la salud y la vida: la contaminación, en buena parte originada por el tráfico, genera 800.000 muertes prematuras en Europa, más de 10.000 en el Estado español.

Mientras seguimos manteniendo un sistema de movilidad insostenible, irracional, caro, contaminante, causante de un importante volumen de heridos y muertos por accidente (1.180 fallecidos solo en España en 2018, más de 1,2 millones en el mundo cada año), y permanentemente colapsado... Mientras que todo esto sucede, en otros lugares los debates comienzan a ser de mucha mayor altura. Y no solo por el hecho de que determinadas ciudades y estados europeos vayan por delante en el diseño de urbes más respirables, con menos presencia de coches, con más guaguas, tranvías y metros, con más espacios exclusivos para el disfrute de peatones y ciclistas. Ciudades mucho más amables y acogedoras, mucho más hechas a la medida de la gente que las habita o visita.

greta. Los debates son de tanta altura, también, porque empieza a cuestionarse el uso frecuente del avión al ser el medio de viajar más contaminante con diferencia. La joven activista contra el Cambio Climático (o Crisis Climática, como comienza ya a generalizarse en los medios y en los ámbitos políticos) Greta Thunberg lo ejemplificaba estos días al anunciar que se trasladaría a la próxima cumbre climática de las Naciones Unidas, que se celebrará en Nueva York, en barco. Y no lo hará en un crucero o en un carguero, sino en un superyate que se encuentra dotado «de paneles solares y turbinas submarinas para generar electricidad sin carbono», según recogían los medios de comunicación estos días.

Recientemente Thunberg había señalado que había dejado de viajar en avión por convicciones, por intentar ser consecuente con lo que piensa y viene defendiendo públicamente en torno a la necesidad de cambiar el actual modelo y proteger al medio ambiente reduciendo drásticamente los actuales niveles de emisiones contaminantes. Y en eso los aviones son verdaderos campeones, a pesar de las mejoras tecnológicas experimentadas en las últimas décadas.

La creciente conciencia sobre la Crisis Climática y los peligros reales que acechan al planeta hace que comiencen a cambiar determinados comportamientos. Y eso puede afectar a la aviación comercial tal como la conocemos. Uno de los países en los que se están produciendo cambios al respecto es Suecia, donde cada vez un mayor número de ciudadanos y ciudadanas renuncia a coger el avión, optando de manera preferente por moverse en tren. Y en donde han acuñado el término flygskam (vergüenza de volar) para definir ese creciente rechazo al uso del avión por razones medioambientales.

alternativa, el tren. Conozco cada vez más gente en España que en sus traslados entre Madrid y Barcelona o entre otras ciudades y comunidades han decidido, por conciencia ecológica, renunciar al uso del avión, sustituyéndolo por el tren. Que es, además, mucho más cómodo. El problema está en los precios de determinadas rutas y, especialmente, del costo de los billetes en la alta velocidad. Algo que también se está planteando en el debate abierto en los países nórdicos, exigiendo una notable reducción en el precio de los desplazamientos en tren para facilitar su masivo uso y reducir los traslados aéreos.

En una recomendable reflexión de Iván Suomi en el semanario crítico canario Tamaimos (Los privilegios de la industria aérea, en peligro. ¿Su problema o el nuestro? http://www.tamaimos.com/2019/07/26/los-privilegios-de-la-industria-aerea-en-peligro-su-problema-o-el-nuestro/) se destaca que «en Canarias parecemos vivir ajenos a todo este debate, hoy omnipresente. Se ve que para eso no somos Europa. En un futuro quizá no tan lejano nos podríamos ver en un escenario en el que volar no sólo sea mucho más caro, sino que esté sujeto a restricciones por motivos climáticos y medioambientales, pero en las islas todavía no parece preocupar el impacto que todo ello tendría en la vida de la gente. O en la industria turística.»

Está claro que en este asunto los que residimos en Canarias lo tenemos mucho más difícil. Que para movernos internamente entre las islas y, aún más, con el resto del mundo, se hace imprescindible el uso del avión. Y, además, ahora lo hacemos a precios muchos más baratos que en el pasado, lo que ha incrementado notablemente el número de desplazamientos los dos últimos años. No podemos olvidar, asimismo, que las aerolíneas traen a Canarias la inmensa mayoría de los turistas y que algunos estados europeos comienzan a establecer ecotasas al transporte aéreo. Razones, junto a la más que justificada preocupación medioambiental, por las que debemos estar muy atentos a este debate de altura que, en mayor o menor medida, más temprano que tarde, terminará por afectarnos.