Catalunya y el conflicto político

Rafael Álvarez Gil
RAFAEL ÁLVAREZ GIL

Vi la entrevista al vicepresidente del Gobierno en el diario 'Ara', que le realizó la directora, el mismo día, el pasado lunes, la jornada previa a que las portadas de los periódicos dedicasen una parte de las mismas a describir o valorar sus declaraciones. Me temo que han pasado más de diez años de reverdecimiento del tema catalán y aún no se comparte diagnóstico. Y cuando no hay un diagnóstico común sobre lo que sucede, nunca habrá una solución o, como mínimo, un remedio factible. Ni nada que se le aproxime. Jamás. En Catalunya hay un conflicto político. Y lo es de calado e históricamente colea un mínimo de dos siglos. Y no se solucionará con la aplicación del 155, ni dejándolo el Gobierno en manos del Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional. Judicializarlo tan solo lo empeora. Y ahí está la justicia europea que ya ha dado varias advertencias a la española. Con todo, es tan evidente el conflicto político que no tendría que hacer falta que lo señalase Pablo Iglesias. Sin embargo, lo que cunde es la respuesta de la brigada Aranzadi y seguir con la retahíla de que los catalanes han sido manipulados por TV3 y la escuela pública. Rescaten el discurso de José Ortega y Gasset en el Parlamento de la Segunda República a cuenta de la aprobación del primer Estatuto de Autonomía. Hagan ese ejercicio de empatía. ¿Acaso creen que en Canarias tendríamos autogobierno desde la Transición si no hubiera sido, entre otras cosas, por la pujanza del pueblo vasco y catalán? Hubiésemos seguido con el centralismo que nos ha condenado a la incomprensión y penuria económica. La plurinacionalidad de España reconocida constitucionalmente no es fruto del azar ni un capricho sino un legado larvado tiempo atrás.

En Catalunya hay algo más de dos millones de soberanistas. Toda una realidad social. Y no se van a difuminar ni a diluir. Mañana seguirán estando presentes en la cotidianeidad e influyendo. Salvo que impere el dislate de fusilar al que no piensa igual como se jactaron los militares (con mando en plaza hasta hace relativamente poco) en el chat del grupo de WhatsApp.

Ahora vayamos a la afirmación de marras de Iglesias que desató la ola mediática: «No hay una situación de plena normalidad política y democrática en España cuando los líderes de los dos partidos que gobiernan Catalunya uno está en prisión y el otro, en Bruselas». Con Carles Puigdemont en Bélgica y Oriol Junqueras en la cárcel, más el resto, no se llegará a ningún desenlace razonable. El posible reproche penal (pendiente de la última palabra de la justicia europea) no zanjará el conflicto político en Catalunya y las relaciones con Madrid y el resto del Estado. El 1 de octubre de 2017 marcó un antes y un después. Los que sigan apostando por la represión y las porras, seguirán dándose de bruces contra el tablero catalán. A buen seguro, la cita de hoy y la composición parlamentaria que salga, será otro recordatorio del reto constitucional que demanda ser atendido.