Jaula y arco iris

Brian, en campaña

26/04/2019

Antes del comienzo de la campaña electoral y en el transcurso de esta he escuchado, en diversas ocasiones, como habituales votantes de izquierdas, incluso ex militantes de distintas organizaciones, se planteaban abiertamente la idea de no acudir a las urnas el próximo 28 de abril. Defendiendo una especie de abstención crítica contra la política y las instituciones; y, de paso, descargando su malestar por algún agravio con su partido de origen. Lo hacían al tiempo que, curiosamente, mostraban su alarma sobre la posibilidad de un Gobierno con presencia de la extrema derecha y el retroceso en libertades que ello supondría.

Como si los dos asuntos no estuviesen estrechamente vinculados y una abstención alta de personas progresistas facilitara -como en buena medida, aunque no única, ocurrió en las autonómicas de diciembre en Andalucía- el buen resultado de los racistas, xenófobos y misóginos, su acceso a los parlamentos de las comunidades autónomas o al Congreso de los Diputados, su influencia en las decisiones de los gobiernos. Y lo que no vale, como algunos hicieron en la comunidad andaluza, es quejarse amargamente y protestar en las calles al día siguiente del recuento de las papeletas. Por inútil y, asimismo, por escasamente democrático, por poco respetuoso con lo que los ciudadanos y ciudadanas decidieron.

Uno de los argumentos esgrimidos por los que se plantean la opción de no acudir a las urnas es que ninguna formación política les representa por completo, que ninguna satisface íntegramente sus aspiraciones, que ninguna asume la totalidad de sus ideas, que todas flaquean por algún área concreta. Asunto que nos llevaría, inevitablemente, a la construcción de partidos unipersonales que, esos sí, se adaptan perfectamente a nuestras virtudes y vicios, a nuestros anhelos y utopías.

Aunque, nada es perfecto, con el insuperable lastre de convertirse en muy poco útiles para transformar la realidad, de ayudar a mejora la vida de la mayoría y, especialmente, de las personas que atraviesan por mayores dificultades económicas y sociales. Solo para satisfacción personal, para alejarnos de cualquier tipo de dudas o contradicciones y contaminaciones.

Papelera

Esa tendencia a la fragmentación y a la disgregación resulta, por otra parte, algo bastante común en la cultura histórica de las izquierdas, protagonistas de tantas escisiones. Encantadas de poner por delante lo que les diferencia, por pequeño que sea, situándolo como línea roja a no traspasar, en lugar de buscar lugares de encuentro, por amplios que estos resulten. Como de forma brillante reflejara Monty Python en su genial escena de la película La vida de Brian, que estos días celebra su cuarenta aniversario, sobre las insalvables divergencias entre los distintos frentes populares de liberación.

«Uno de los argumentos esgrimidos por los que se plantean la opción de no acudir a las urnas es que ninguna formación política les representa por completo»

Ciertamente no es el panorama de hace cuatro décadas, en el comienzo de la democracia, cuando la izquierda, canaria y estatal, era una auténtica sopa de siglas -PSOE, PCE, PSP, PTE, PSA, OIC, ERC, PSAC, ORT, MCE, LCR, MIRAC-PUCC, OCE, PCC (p), etcétera- todas ellas cargadas de verdades y, por el contrario, la inmensa mayoría, salvo los socialistas, el PCE y algunos proyectos nacionalistas, muy ligeras de apoyo ciudadano.

La pluralidad es sin duda muy interesante y, de hecho, en el Congreso de los Diputados en la anterior legislatura había un amplio abanico de opciones políticas; algo que volverá a producirse en la que comenzará su tarea tras las elecciones del 28A. Aunque lo es bastante menos cuando la fragmentación, por egos personales o por purezas ideológicas, solo beneficia al conservadurismo y no ayuda lo más mínimo a mejorar la vida de la gente, que para eso deber servir la acción política.

Eso, que podría ser admisible, aunque lo dudo, en momentos en que nada se juega, resulta cuanto menos poco razonable en etapas, como la actual, de crecimiento de los populismos extremistas en todo el mundo. También en el Estado español. Populismos que ponen en cuestión los derechos laborales, cuestionan los servicios públicos y las pensiones, rechazan los avances conseguidos por las mujeres y no ocultan su racismo, homofobia y aporofobia.

Crítica

Hay momentos en la vida de los pueblos en los que no se puede mirar para otro lado, en los que no es justificable la pasividad o un infundado silencio. Lo expresaba bien Agustín Millares Sall en su poema No vale: «Te digo que no vale / meter el sueño azul bajo las sábanas, / pasar de largo, no saber nada, / hacer la vista gorda a lo que pasa, / guardar la sed de estrellas bajo llave».

Y estoy convencido de que este es uno de esos instantes en que no vale «esconder la cabeza bajo el ala, / decir no sabía, estoy al margen». Eso no implica dejar de ser siempre crítico con los programas y con las prácticas de todas las organizaciones políticas sin excepción. De exigirles más facilidades para la participación ciudadana, más transparencia, más cercanía y, especialmente, propuestas realizables a los problemas reales de la gente: el desempleo, los bajos salarios, la elevada pobreza, la crisis habitacional, la garantía del futuro sistema público de pensiones, las persistentes desigualdades entre mujeres y hombres o las deficiencias en la educación, la sanidad o la dependencia.

Así como más esfuerzos para cuidar este planeta tan agredido por la disparatada acción humana, por un desarrollo completamente depredador e insostenible. Necesitamos más presencia de las energías renovables. Mayor peso del transporte público en la movilidad. Más implicación en la lucha contra el cambio climático. Actuación adecuada con los residuos sólidos. Fin de los vertidos de aguas residuales sin tratar a nuestros mares, problema este último en el que nuestro Archipiélago destaca negativamente. Y una permanente defensa de Canarias y sus especificidades.

Opciones hay en el campo progresista con posibilidades de representar adecuadamente diversas sensibilidades. En nuestro caso, el canario, estatalistas y de obediencia exclusivamente canaria. Con elementos comunes en algunos asuntos y diferencias notables en otros. Quedarse en casa y maldecir no parece, en ningún caso, una apuesta muy acertada. Ni siquiera para los amigos y amigas de Brian.

Máxime cuando en el último escaño puede estar jugándose la entrada de la extrema derecha o la continuidad de la presencia de una formación progresista canaria.