El Hierro camina

Vicente Llorca Llinares
VICENTE LLORCA LLINARES

Los tambores, los pitos, las chácaras vuelven a sonar. Y al son de ellos un pueblo danza, camina, desafiando el cansancio, en un ir y volver infatigable, sin dejar de acercarse a su destino, poco a poco pero con constancia ferviente. Los herreños hacen una vez más realidad una de las manifestaciones festivas más hermosas y de mayor valor etnográfico de cuantas existen en Canarias.

Todo el que haya visto y disfrutado, porque es un disfrute sin parangón, la Bajada de la Virgen de los Reyes sabe que quedará marcado por ella. Todo un pueblo, todo un pueblo, repito, se pone a andar, por los caminos de siempre, de un lado a otro de la isla, repitiendo cada cuatro años un rito que conmueve y estremece, al mismo tiempo.

La isla más aislada, la más pequeña, la de las más grandes hambrunas, la de los destierros, de la que tuvieron que marchar, y aun lo hacen, decenas de miles de sus hijos para buscar el sustento en otras latitudes, en estos días se engrandece como pocas.

Un pequeño corso, que cobija a una pequeña virgen, bajo la atenta mirada y protección de los pastores, es portado a hombros mientras junto a la imagen los tocadores no cesan y danzan los bailarines sin importarles el polvo, las inclemencias, el agotamiento. Y entre loas, toques y ritmos que cambian, se cruzan rayas y pasa de unos a otros, siempre en comunión con la naturaleza, respetando las tradiciones, mostrando devoción al legado de los antepasados, haciendo palpable un pleno sentimiento de comunidad. Los herreños saben como pocos, y en estas fechas lo demuestran, que no hay pueblo pobre si sus habitantes saben ser ricos. La Bajada de la Virgen de los Reyes es una demostración casi insólita de riqueza comunitaria y fidelidad a las raíces en el globalizado mundo de hoy.

Solo una vez cada cuatro años la Virgen de los Reyes deja de mirar al inmenso Atlántico, allá a la lejana América, hacia la que está dirigida la ermita que la acoge, donde se cobijaron tantos herreños, y recorre por la arista la isla a la que vuelven en esta cita cuantos pueden. Isla de volcanes emergidos y submarinos, pinares legendarios, árboles que sacian la sed de los suyos, costa rebelde, mares bravíos y también calmosos, dehesa con sabinas desafiantes, sufridora de demasiados episodios de despoblamiento, su gente no ha dejado nunca de caminar pese al abandono al que tantas veces se le ha condenado por quienes desde fuera no han sabido ver ni entender lo que sucede más allá de sus orillas.

Allí en la séptima isla, como la llamamos, ejemplo demoledor y clarificador del doble aislamiento al que la hemos sometido, se está haciendo realidad, sosteniblemente, uno de los episodios colectivos más conmovedores y únicos, por lo que de implicación de todo un pueblo significa, que se pueda disfrutar.

Al margen de considerandos religiosos, el rito de la Bajada de la Virgen de los Reyes, además de un acontecimiento festivo sin comparación, es el espejo de un pueblo que el que lo ha visto no olvida y el que no ha tenido ese privilegio debiera intentar verlo al menos una vez en la vida porque permanece para siempre.